Estudió diseño de vestuario en Santiago, pero los cuatro años de carrera no fueron suficientes para esta mujer, quien no dudó en hacer las maletas y partir a especializarse a Madrid, España. Se fue por un tiempo, y terminó quedándose doce años. Estuvo en nueve fashions weeks, trabajó con los mejores diseñadores del mundo; hoy, ya de vuelta, tiene su propia tienda en su ciudad natal: Rancagua.
Por María José Pescador D. / fotografía Danny Bolívar U.
Como “busquilla” y viajera se autodefine Carolina (35), a quien siempre le gustó todo lo que tuviera que ver con la afición manual: la pintura, escultura, y la fabricación de accesorios. Quiso estudiar Bellas Artes, pero finalmente se decidió por el diseño de vestuario, carrera que siguió en el Duoc de Santiago. “Me gustaba vestirme diferente, y buscar prendas en lugares distintos, nunca fui a las típicas tiendas de centros comerciales, prefería ir a la feria de las pulgas…”.
¿De dónde crees que viene tu lado artístico?
La verdad no lo sé. Soy la artista de la familia, tengo una hermana y un hermano mayor y ninguno se dedica a nada que tenga que ver con arte, y mis papás tampoco. Es algo innato en mí.
DOCE AÑOS DE MODA
Durante el ultimo año de carrera, abrió una tienda junto a una amiga, en el centro de Rancagua: “Giros”. Ahí tenían ropa de autor para mujeres de hasta treinta y cinco años. “Fue una súper experiencia porque éramos muy chicas y aprendimos varias cosas, además de que logramos una excelente clientela”.
La tienda duró un año, hasta que terminó su carrera. Una vez que obtuvo el título se dio cuenta de que aún tenía mucho por aprender dentro del rubro. Así que con el apoyo de sus padres, hizo las maletas y partió a Madrid con tres objetivos claros: perfeccionarse, viajar y juntar dinero para volver a Rancagua a abrir otra tienda. “Me encanta impregnarme de las diferentes culturas, un diseñador va creando de acuerdo con lo que ha visto. He viajado mucho por Sudamérica, conozco todo Chile y cuando estuve en España aproveché de recorrer gran parte de Europa”.
En Madrid, el hermano de su cuñado fue quien la recibió en una primera instancia. Buscó trabajo como garzona, juntó dinero y luego de tres meses entró a estudiar a una escuela privada de moda que estaba en Móstoles, municipio en las afuera de Madrid en donde vivía. “Estaba cerca de mi trabajo y me gustó porque era una academia de esas antiguas, en donde aprendí mucho sobre patronaje y costura. Soy bien busquilla, súper metódica y cuando me propongo cosas las hago. La idea siempre fue trabajar y estudiar a la vez para mantenerme. Este lugar me permitía buscar mis propios horarios y compatibilizarlos con los estudios”.
Luego de un año se matriculó en la Escuela Superior de Moda y Empresas, que estaba en pleno centro de Madrid, a cuarenta minutos en tren de Móstoles. Allí estudiaba de ocho a dos de la tarde para luego trabajar de cuatro a doce de la noche; un sacrificio que pronto tendría sus beneficios.
La gracia de esta nueva escuela es que “era muy profesional, muy conocida. Los profesores eran excelentes. Y aquí profundicé más las técnicas del moldaje. Esta rama del diseño tiene muchas aristas, es muy complejo porque es una gama muy amplia, cada prenda tiene un patrón distinto que hay que conocer. Uno no se puede equivocar”.
NUEVE FASHIONS WEEKS
Después se matriculó en el Centro de diseño de Móstoles en donde realizó tres cursos: de visual merchandising –escaparatista–, moldaje industrial y diseño de moda digital (para aprender a diseñar a través del computador). Tres años estuvo en esta academia para luego trasladarse a vivir en Madrid, donde dejó los estudios por un par de años mientras trabajaba en la tienda de moda Caramel. Fue en esta misma época –año 2012– que conoció a quien fuera su pareja, también chileno, y actual padre de su hijo Aitor que hoy tiene tres años.
Carolina volvió a los estudios cuando Caramel tuvo que cerrar sus puertas debido a la crisis. Entró a la escuela de diseño y moda de la Universidad Politécnica de Madrid, donde se especializó en complementos –accesorios como bolsos, cinturones, monederos, billeteras–, y maquinista de confección industrial. Aquí estuvo otros tres años, y fue el lugar en donde conoció a la diseñadora española Veva Medem, con quien luego trabajó en su taller.
¿La mejor experiencia?
Haber trabajado tras bambalinas en nueve fashions weeks de Madrid, que se hacen dos veces al año. Cuando estaba en el Centro de Diseño de Móstoles nos llevaban a trabajar en estos desfiles que realmente eran una locura.
¿A quiénes conociste?
A modelos top como Jon Kortajarena, Wilner Paltrow, y diseñadores como Adolfo Domínguez y Ágata Ruiz de la Prada.
¿Cuál era tu tarea?
Éramos un equipo de seis mujeres que teníamos que vestir a las modelos, desde los zapatos, el sombrero, hasta los aros…
¿Anécdotas de algún desfile?
Las modelos llegaban atrás del escenario muertas de cansancio con los pies muy adoloridos, algunas incluso sangrando porque tenían que caminar con tremendos tacones, hay que buscar crema, parches, y hay segundos para cambiarlas, todo tiene que ser extremadamente rápido, y pasan cosas como que los zapatos que tenía que ponerle a alguna modelo no eran de su número, o se rompía el cierre del vestido y había que usar aguja e hilo. Algunas modelos se caían en la pasarela y llegaban con todas las rodillas peladas y rasguñadas… es realmente muy estresante, pero como experiencia, la más enriquecedora.
¿El diseñador con el que trabajaste que más te gustó?
Ana Locking, es un encanto de persona además que sus diseños me encantan, son muy geométricos y minimalistas. Ella siempre agradecida de todas nosotras. En cambio hay otros diseñadores que son súper pesados, ni te saludan…También me gusta mucho Amaya Arzuaga, Carlos Diez también; él es un poco extravagante.
¿Había algún tipo de exigencia?
Dependiendo del diseñador a veces tenías que sacarte los anillos y pulseras, dejar el teléfono lejos y te exigían no hablar.
¿Cuál fue el curso más difícil dentro de todo lo que estudiaste?
De todas maneras el de complementos y dentro de eso el de peletería. Horrible trabajar con pieles de animales, fue lo peor que me pasó. Se me revolvía el estómago cuando llegaban las pieles de nutrias, las de los zorros… Pero tenía que aprenderlo, no podía abandonar ese curso, porque entonces no aprobaría el ramo. Es un oficio súper antiguo, pero yo jamás trabajaría colecciones personales con pieles naturales.
VOLVER A LAS RAÍCES
Una vez que Aitor nació y pudo viajar a Chile, en febrero del 2013, Carolina decidió volver. La aventura que en un principio sería por un tiempo, se alargó a doce años plagados de experiencias. Pero la necesidad de estar con su familia, de que su padres vieran al pequeño, y dedicarse de lleno a su hijo, hicieron que la vida en Europa se acabara, y el sueño de la tienda propia empezara: hace dos años y medio, Carolina abrió la tienda “No me olvides Madrid”, ubicada en la calle Bombero Villalobos 529, de Rancagua.
¿Cómo fue el aterrizaje en Rancagua?
A pesar de que se supone debió haber sido fuerte, yo estoy muy feliz. Creo que ya era tiempo de volver, hice todo lo que quise en cuanto a estudios en España y viajé por toda Europa.
¿En qué minuto nace la tienda?
A los seis meses, cuando mi hijo ya estaba un poquito más grande, postulé a un capital semilla y lo gané, entonces empecé con la tienda. Estoy feliz porque cada vez tengo más clientas, hay un buen nicho de mujeres a quienes les gusta la ropa tanto hecha a medida, como la que expongo.
¿Qué se puede encontrar en la tienda?
Desde vestidos de novia, alta costura, hasta ropa de calle.
¿Cómo definirías tu diseño?
Me gusta tener una prenda vanguardista, que sea diferente, con un toque distinto, y que sea femenina. Que conserve una estética, con buenas telas y cortes asimétricos.
¿Telas con las que te gusta trabajar?
Me gusta harto el brillo, el lurex, la piel sintética, el algodón, lycras, y lanas, dependiendo de la temporada.
¿Cuál es la tendencia de moda que viene para la temporada?
Se vienen los vestidos de lanilla con cortes, la piel, y los colores en gama de grises, amarillos, terracota, azul marino, rojos.
¿La diferencia entre una española y una chilena?
La española es muy producida, siempre en tacones, se maquillan, se sacan mucho partido. Eso es lo que le falta a la chilena, somos más al lote, aunque la mentalidad ha ido cambiando, pues cada vez están más osadas y quieren verse diferentes.
¿Un diseñador nacional?
Rodrigo Valenzuela me gusta mucho.
¿Qué le falta al diseño chileno?
Siento que el diseño en Chile es más de lo mismo, está un poco estancado, los mismos cortes, algunos diseñadores varían las telas, pero siguen haciendo lo mismos diseños, en los mismos coloridos, la misma estética... Aunque cada vez hay mejores diseñadores en Santiago.
¿El sueño?
Tener una tienda más grande, otras sucursales, e industrializarme.
"Se vienen los vestidos de lanilla con cortes, la piel, y los colores en gamade grises, amarillos, terracota, azul marino, rojos”.