Así reciben a sus fieles clientes, quienes han encontrado en este encantador bar-restaurante una segunda casa. Fundado hace más de ochenta años, se han convertido en lugar de encuentro de los viñamarinos y punto obligado para quienes visitan la ciudad. Gracias a su buena atención, preparaciones típicas caseras y una decoración que, sin quererlo, parece más bien un museo lleno de historias y recuerdos.
Por María Inés Manzo C. / fotografía Teresa Lamas G.
Apocos pasos de Avenida Libertad, específicamente en 8 Norte, esquina 1 Poniente, se encuentra el famoso bar-restaurant La Flor de Chile. Para quienes lo conocen, el solo mencionarlo trae a la mente exquisitas preparaciones que ya no se ven en muchos lugares, como codornices escabechadas, riñones al jerez, lengua nogada, callos a la española, entre una larga lista de especialidades. Por años uno de sus clásicos platillos fue el conejo, que invitaba a sus comensales con un divertido letrero en su puerta. Todo en un entorno muy entretenido de amigos y “parroquianos”, como se hacen llamar los fieles y clásicos clientes; pero a la vez acogedor y familiar que ha logrado encantar a generación tras generación desde que abrió sus puertas.
Aquí nos recibe Víctor Vera Urtubia, conocido por todos como “don Tito”, dueño de La Flor de Chile, quien con sus ochenta años aún trabaja, pero hoy con el apoyo de sus hijos Cristián y Francisco, parte de la tercera generación y a cargo de la administración. La historia de esta empresa familiar nos lleva a 1930, cuando Viña del Mar era una ciudad totalmente distinta. “Aunque muchos creen que mi padre era español, él era chileno y llegó a vivir acá a los veintiocho años. Su primer negocio fue una carnicería en esta misma calle, pero se encontraba en la otra esquina. Estuvo ahí alrededor de tres años… todavía no había nacido yo, hasta que se casó con mi mamá en 1935 y se cambiaron a este local. En esa época Viña del Mar era industrial, había muchas fábricas y grandes empresas como Coia, Ula, Induslever o Muelle Población Vergara”, recuerda.
Es así como nos muestra algunos recuerdos de esos años como un viejo molinillo que le trae a la memoria cuando su padre —quien llevaba su mismo nombre—, inauguró el almacén La Flor de Chile. “Cuando esto aún no era restaurante mi papá abría a las cinco de la mañana y atendía a todos los trabajadores que pasaban de las industrias a comprar el pan y todo para el desayuno. Como en esa época no había café instantáneo se usaba el molinillo y yo lo olía desde primera hora, porque este era un negocio muy chiquito y nuestra casa se encontraba atrás. Después yo fui creciendo y ayudando a mi papá. Desde los seis años ya trabajaba con él y me encantaba”, agrega emocionado.
RINCONES CON HISTORIA
De a poco el almacén se fue transformando, junto a las empresas que comenzaron a cerrar y a cambiar la costumbre de los clientes. “Alrededor de 1952 ya era fuente de soda y cuando me quedé a cargo con mi mamá en 1958 —tras la muerte de mi papá unos años antes— decidimos agregarle una rotisería. Seguíamos vendiendo algunos productos de almacén y pollo asado que era lo más pedido. Tenía unas tres mesitas, donde los clientes se servían, ahí mismo, un cuarto de pollo con papas fritas, nos iba muy bien”.
Pero el cambio de rubro a restaurante fue varios años después, alrededor de 1982, por una mala situación económica que también estaba viviendo gran parte del país. “Se instaló muy cerca de nosotros el supermercado Las Brisas y las ventas nos bajaron más de la mitad, llegó un momento en que el negocio ya no se sostenía y lo puse en venta a un millón de pesos, pero nadie quiso comprarlo ¡menos mal! (ríe). Tuve que rematar unas patentes y me costó una propiedad. Fue en ese momento que me decidí, gracias al consejo de un amigo, a vender platos caseros chilenos y españoles, bien preparados que no se podían encontrar en otros lados como callitos, conejos, riñones, etc. La gente empezó a llegar sola por la comida, le gustaba ese sabor casero que nos caracteriza hasta hoy”.
Desde entonces se comenzó a generar un clima de camadería con los clientes quienes encontraron en este restaurante un lugar ideal para comer, beber y compartir sus experiencias. “Nosotros le damos mucha importancia a la clientela, por eso los llamamos los ‘parroquianos’. Un parroquiano que se siente aquí con un vaso de vino será atendido igual de bien que otro que venga a comer muchos platos. Tengo muchos fieles clientes, pero, lamentablemente, desde nuestros inicios han fallecido varios de los primeros entusiastas”.
Es por esta razón que unas de las celebraciones más típicas de la Flor de Chile se dejó de festejar. El tradicional “Los que pasaron agosto” en las que participaron por más de veinticinco años amigos, familiares y clientes. Para la fecha todos se reunían alrededor de una cena, donde se repartían diplomas chistosos, se cantaba y bebía buen vino. De aquella época dorada, solo quedan los recuerdos en las murallas donde podemos ver entretenidos collages con fotos de las reuniones. Junto a ellos abundan colecciones de estampillas, de cigarros antiguos; ilustraciones, carteles de películas, cuadros de época, recortes de diario, banderines, fotografías de la familia Vera y en especial del dueño cuando era pequeño o con sus padres en la entrada del antiguo almacén. Lo que en conjunto genera un clima muy especial.
Otro de los espacios que llaman la atención es el estante con la colección de carritos de bomberos de don Tito, ya que él junto a su hijo Cristián pertenecen a la Cuarta Compañía de Viña del Mar. “En el año sesenta, cuando la Cuarta estaba en San Martín, me entusiasmé en participar porque me sentía un poco vacío y tenía ganas de hacer algo por la gente… y qué mejor que ser bombero, sin cobrar nada. Ya llevo cincuenta y cinco años, aunque ahora solo soy parte del directorio, porque con mis ochenta años no me dejan ir a los incendios (ríe)”.
LA MEJOR PICADA
Si bien don Tito no sabe con seguridad por qué su padre llamó al lugar La Flor de Chile, sospecha que fue en honor a su abuelo nortino, cuando este trabajaba en la famosa salitrera denominada de ese mismo modo. El nombre, hasta la fecha, sigue siendo un referente de gastronomía chileno-española que invita desde la entrada a encantarse con sus preparaciones. No por nada fueron galardonados con el premio Guía Culinary como Mejor Picada de la Quinta Región (2011), con el premio a la mejor picada de la Quinta Región Costa y Mejor Cartel de Picada 2013, organizado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA).
Su fama es tal, que nunca han necesitado publicidad, ya que el público ha llegado solo por el boca a boca y las buenas recomendaciones. No es extraño ver los sábados, a la hora de almuerzo o en la noche, a los clientes tomándose un pisco sour o fumando en la entrada, mientras corre la lista de espera. O los domingos pasar por 8 Norte y ver sus puertas cerradas, ya que solo atienden de lunes a sábado para que el personal pueda descansar. El grupo lo conforman alrededor de treinta y dos personas, entre garzones, coperos y cocina, que trabajan en dos turnos hasta la una de la mañana, quienes destacan por su buena atención y cordialidad.
En los últimos años han buscado mantener la tradición, pero ajustándose a los requerimientos de los nuevos tiempos. Es por eso que gracias a un Capital Semilla, pudieron reestructurar toda la cocina e implementar hornos de última generación y más tarde inaugurar un nuevo comedor. Con ello lograron acreditarse como un negocio que cumpliera con el Acuerdo de Producción Limpia (APL) para empresas gastronómicas y hoteleras.
En cuanto a sus platos, hay para todos los gustos desde sabrosos pescados de río como la trucha, merluza austral, reineta, carne mechada, lomo a lo pobre, codornices escabechadas, riñones al jerez, plateada, callos a la española, escalopa, arrollado, sándwiches, platos naturistas y variados postres desde el mote con huesillo a la panna cotta. Pero sin duda uno de los más pedidos es la famosa chorrillana con carne mechada, que nació hace más de quince años y sigue siendo un éxito junto a la deliciosa tortilla La Flor de Chile. “La tortilla española original no lleva carne, y además se sirve fría como picadillo, pero esta versión la hacemos caliente con papa, huevo, jamón, chorizo, pimentón morrón y cebolla. Está hecha a la chilena y es bien contundente El secreto de su sabor es que se prepara al horno, la tortilla se hincha y queda más inflada, porque no va al sartén. A los clientes les encanta y todos los días sale más de una”.
Su completa barra también se hace presente con una amplia variedad de vinos cabernet sauvignon, carmenere, merlot, syrah, malbec; cervezas, tragos y cocteles nacionales desde combinados a sus aclamados pisco sours que han sido parte de más de alguna celebración.
Sin duda, La Flor de Chile en estos años se ha convertido en más que un bar y restaurante y así lo hace notar la familia Vera. “Sentimos que La Flor de Chile es mucho más que una picada, es parte de nuestra historia. Aquí se casó mi padre y mi hijo mayor; y desde que abrimos sus puertas es un punto de encuentro de los viñamarinos. Acogemos a nuestros clientes como uno más, para que coman bien y se diviertan. Muchos me dicen que se sienten como en casa y esperamos que siga siendo así. Tratamos de hacer las cosas bien y no bajar la calidad de lo que sabemos hacer mejor”, concluye don Tito.
“Sentimos que La Flor de Chile es mucho más que una picada, es parte de nuestra historia. Aquí se casó mi padre y mi hijo mayor; y desde que abrimos sus puertas es un punto de encuentro de los viñamarinos. Acogemos a nuestros clientes como uno más, para que coman bien y se diviertan”.