Lejos lo más lindo de este viaje, fue poder compartir esta experiencia con mi señora e hijos durante un mes y entregarles la tremenda experiencia que fue para mí recorrer todos esos lugares hace veintitrés años, solo, y con una mochila llena de sueños, que más tarde se cumplieron al formar esta maravillosa familia.
Para los que no saben, realicé mis estudios gastronómicos en Chile y en Europa. Mi primera parada fue en Madrid. Una ciudad muy llamativa turística y gastronómicamente. Lo mejor: las tapas, el jamón ibérico o serrano y una infaltable tortilla de papas a la española. Mi siguiente parada fue Barcelona y el inconfundible sector de La Rambla, un clásico que gira entorno a los bares, pubs, restaurants.
Luego partí a Londres, un lugar que destaca por la amabilidad y caballerosidad de las personas, y las típicas tabernas londinenses, que aunque no destacan mucho por su gastronomía, el ambiente que se forma es increíble. No importa si son las diez de la mañana o de la noche. Siempre va a haber gente disfrutando una muy buena cerveza negra y comiendo un cordero con papas al horno.
París es todo lo contrario: poca amabilidad pero excelente gastronomía. Si vas caminando por la calle y tienes hambre, en cualquier parte puedes comprar una buena baguette. Y no solo eso, también destacan sus quesos. Incluso en los supermercados hay una sección con gran variedad y, como siempre, acompañada de excelentes vinos.
Venecia fue mi primera parada en Italia. Una ciudad muy particular, llena de canales y calles angostas en las que apenas pueden caminar dos personas en direcciones opuestas. Pero esto no impide que la gastronomía no se desarrolle, con ricas pizzas de masa excelente y unas pastas no tan buenas.
Florencia está en medio de la Toscana. Lo mejor es parar en el pueblo de San Giminango a comerse una sabrosa ensalada con vegetales de la zona, mirando el valle lleno de viñedos y remotos pueblos que se ven a lo lejos.
En Roma, lleno de lugares extraordinarios, lo que no puede faltar es comer un buen antipasto con prosciutto, un mozzarella de búfala y una pizza a la piedra en horno a leña (cosa que en Santiago no está permitido).
Lo mejor de todo esto fue que hice exactamente el mismo recorrido con mi familia, y se puede ver que todos estos lugares siguen con su identidad y atracciones que hacen que estén llenas de turistas.
Pero como siempre, uno extraña cosas de su país, como la amabilidad del chileno, el pan calentito con mantequilla en la mesa o unas sopaipillas con pebre antes de que llegue la comida. Después de dar todo este recorrido uno se da cuenta de que Chile es un país único e inigualable con todos nuestros puntos a favor y en contra.
Lejos lo más lindo de este viaje, fue poder compartir esta experiencia con mi señora e hijos durante un mes y entregarles la tremenda experiencia que fue para mí recorrer todos esos lugares hace veintitrés años, solo, y con una mochila llena de sueños, que más tarde se cumplieron al formar esta maravillosa familia. Les comparto una receta ideal para lo que se viene: el invierno.
OSOBUCO AL JAMÓN SERRANO:
2 kilos osobuco en porciones de 200 gramos
2 litros vino tinto
1 litro agua
100 gramos de jamón serrano
1/2 kilo de callampas
4 tomates
Laurel, sal y pimienta a gusto
En una olla grande agregar todos los productos dejando la carne siempre abajo. Tapar y una vez que comienza a hervir tomar el tiempo por dos horas a fuego lento. Retirar la carne y triturar el jugo para luego servir sobre el trozo de osobuco.
Acompañar con papas al horno.
A disfrutar y un gran saludo a todos.