A los diecisiete años, el actor Felipe Orellana sufrió un accidente —un piquero fatal en un río— que redujo drásticamente su movilidad. Sus piernas quedaron inservibles, la musculatura de sus brazos también se vio afectada, y sus manos responden apenas. La gravedad de sus lesiones y consecuencias no lo han amilanado, y así emprendió un viaje recorriendo Chile desde el extremo sur hasta la frontera norte a través de lo que él llama su “tricicleta”, en rigor, una silla de ruedas adaptada a un mecanismo con asistencia eléctrica que le permite desplazarse por carreteras y caminos moviendo sus extremidades superiores. En cada episodio recorre parajes bellísimos e interactúa con lugareños que subrayan una vez más, en una tradición que se remonta a un clásico como Al sur del mundo (1982), la magnificencia de nuestro territorio y su diversidad humana.
En el papel, Diarios de tricicleta es una gran ventana para mostrar las dificultades que debe enfrentar una persona con movilidad reducida, y a la vez un ejemplo de voluntad y temple. Pero también es un espacio que no se define por completo, finalmente difuso por sus amplias aspiraciones. Su trama resulta lenta, y entre la cámara y la posterior edición, el protagonismo de su conductor se torna insistente. Hay más primeros planos de los necesarios, y la cansina voz en off de Felipe con un guión sin mucha chispa, tampoco colabora en la agilidad requerida para una apuesta que invita a recorrer el país sin importar la condición física. Dejar en claro que un tetrapléjico solo requiere ganas para disfrutar la vida con la mayor normalidad posible, necesita otro piso que Diarios de tricicleta queda debiendo.