El amor madre e hija es una de las emociones más puras en los seres humanos. Esa incondicionalidad y devoción muchas veces permite que una y otra se mimeticen y logren una simbiosis increíble. Para graficarlo, elegimos una historia que nació en torno a la Compañía de Teatro Pedro de la Barra de la Universidad de Antofagasta. Una pequeña niña admiraba a su actriz favorita, su madre, con el sueño de un día seguir sus pasos.
Por Soledad Meléndez R. fotografía Andrea Barceló A.
Cuando se miran, sus ojos grandes se llenan de amor y orgullo mutuo. Sus sonrisas parecen más luminosas cuando están juntas y es que, simplemente, se adoran. Teresa Ramos y Paola Lattus, ambas actrices, son madre e hija, integrantes de una de las familias artísticas más queridas y connotadas de Antofagasta.
Todo partió en la década de los sesenta, cuando una joven delgada de larga cabellera oscura estudiaba biología química en la Universidad de Antofagasta. En aquellos años era la Universidad de Chile, donde se formó un nuevo grupo teatral, que gracias a su mística y pasión pasó a ser, años después, una compañía profesional, asesorada por Pedro de la Barra, quien inspiró el nombre de la legendaria agrupación artística.
En esos años, Teresa decidió cambiar las fórmulas químicas por el escenario y gracias al teatro conoció al actor Ángel Lattus, su compañero de vida, con quien comparte su gran pasión desde 1974.
SER MADRE
En esta entrevista a dos voces, Teresa comienza el relato, recordando cómo fue criar entre ensayos y proyectos, combinando el rol de maestra, mentora y, por supuesto, madre.
“No pude tener hijos en mi primer matrimonio, así que cuando decidimos formar una familia con Ángel, me hice un tratamiento. Cuatro años después, supe que estaba embarazada de Daniel”.
¿Cómo fue esa noticia?
Fue una sorpresa, no sabía que estaba embarazada y me di cuenta recién a los tres meses, después de haber estado en gira con una obra que requería de mucho esfuerzo físico. Daniel nació y apenas nueve meses después, nuevamente estaba embarazada, esta vez de Paola, así tuvimos la parejita casi de un día para otro.
¿Cómo describe la experiencia de la maternidad?
Casi no tengo palabras porque la maternidad era algo que deseaba, pero que no esperaba. En un momentopensé que jamás sucedería. Recuerdo que el año setenta y dos participé en Yerma, que trata sobre la dificultad para ser madre. Esa obra marcó un hito muy importante en mi vida porque la viví de manera muy intensa, pues en ese momento estaba pasando por la crisis de no poder tener hijos. Entonces ese personaje me salía del alma.
¿Cómo congeniaba su rol de madre con el de actriz?
Siempre estuvimos muy cerca de Daniel y Paola. Con el tiempo se fueron adaptando a nuestro ritmo de vida que era estar todo el día ensayando. Cuando eran pequeños los llevábamos al teatro y era prácticamente su segunda casa. Nos acompañaban a las giras y siempre los íbamos a dejar y a buscar al colegio, algo que se conservó durante toda la etapa escolar.
“Debo agradecer que nunca estuvimos solos en este proceso, vivíamos con mi tía que era como mi mamá. Ella me ayudaba a cuidar a los niños, al igual que mi hermana Elsie, la madrina de los niños. Elsa, mi mamá biológica, también nos apoyaba. Siempre he sido una mujer muy agradecida de la familia que Dios me dio, no solamente de mi esposo y mis hijos, sino que también de mis hermanas, de una tía como la que tuve que me apoyó en todo y de mi hermana Elsie que siempre está conmigo”.
¿Qué siente al ver el fruto de su esfuerzo como madre y artista?
Uno se preocupa porque es muy difícil vivir del teatro. Con Ángel hemos sido unos privilegiados porque hemos trabajado en la universidad desde el año 1965, lo que nos permite tener una jubilación digna. Pudimos educar a nuestros hijos y ofrecerles todas las oportunidades para que hicieran su vida y pudieran realizarse como personas, gracias a una tranquilidad que no suelen tener los actores u otros artistas.
¿Y eso se refleja hoy en el camino que han podido desarrollar sus hijos?
Daniel se fue hace más de dos años a Santiago con el afán de trabajar en su profesión de médico, pero también de hacer teatro y música que es lo que a él le gusta. Paola lleva varios años en esa misma ciudad y, afortunadamente, ha podido dedicarse solamente a la actuación, sin tener que trabajar en algo paralelo. Durante todo este tiempo ha logrado postular a proyectos en cine, en teatro y televisión. Eso es muy importante para la realización de cada uno de nosotros, por eso doy gracias a la vida por darnos tantas oportunidades de hacer tantas cosas y seguir haciéndolas hasta el día de hoy.
“También agradezco que como familia nos hemos mantenido siempre unidos, a pesar de que ellos están lejos, porque aunque no nos podemos ver a menudo, con Daniel y Paola hablamos todos los días”.
SER HIJA
Entre ensayos y regaloneos, Paola creció viendo el talento de su madre en escena y con el tiempo quiso vivir esta gran pasión heredada. Como muchos jóvenes artistas, hacer una carrera profesional en el teatro exigía ir estudiar a Santiago, lo que implicó el sacrificio de alejarse de su familia. La separación fue un episodio que ambas describen como muy complejo, pero que en ese momento era la única opción si Paola quería continuar el camino que su madre le mostró desde niña.
¿Cómo viviste la separación?
Esa es una historia larga, me costó mucho separarme de ellos. En resumen, fueron dos años de lucha interna por la pena que me daba estar lejos. Un día mi mamá me dijo “tienes un cupo para dar la prueba de admisión en la escuela de Fernando González ¿te vas o te quedas?”. Al contestar esa pregunta entendí que para lograr mis metas, tenía que tomar decisiones, aunque dolieran.
¿Cómo logras mantener el vínculo con tus padres pese a la distancia?
Hablamos mucho, cuando puedo voy a Antofagasta, a estar con ellos o a trabajar, nos vemos mucho y estamos muy conectados siempre.
¿Cómo describes la relación con tu madre?
La relación con mi madre ha crecido y mutado con el tiempo. Hoy puedo decir que ella, además de ser mi fortaleza y mi amiga, es mi maestra. Siempre he querido ser como ella, tenemos muchas cosas que nos unen, tenemos el mismo pelo y la misma altura. En el teatro le copiaba los gestos, a veces era consciente y otras no. Pero cuando llegué donde Fernando González, lo primero que me dijo fue: “Ya existe una Teresa Ramos”, y ahí comprendí que debía encontrar y trabajar por mi propio desarrollo.
¿Qué te entregó como maestra?
Mi madre me dio todas las bases de la actuación. Siempre tiene consejos sabios, que me orientan y me ayudan. La vida de mi mamá como actriz es admirable, sus andanzas por Francia, Estados Unidos y Londres son maravillosas. La primera vez que fui a Londres y estuve en el Hyde Park, pensé en mi madre y le sacaba fotos a las casas para enviárselas a ella y decir, “mira, mami, estoy en el mismo lugar que tú”. Ella es lo más grande de mi vida.
¿Qué recuerdos tienes de cuándo veías actuar a tu madre?
El primero, que era la mejor actriz del mundo. Recuerdo que no quería que le tocaran papeles en que la mataran o se enamorara de otro que no fuera mi papá. Y la más bella imagen que tengo fue cuando una vez la estaba mirando cantar y vi como una luz dorada la rodeaba. Siempre que veo a mi madre siento puro amor. Haber crecido entre las tablas nos regaló momentos hermosos y otros de melancolía, ser hijos de artistas no es fácil.
¿Soñabas a esa edad con actuar?
Siempre.
¿Cómo visualizas la maternidad dentro de tu proyecto de vida?
Creo que sería una mamá puro amor. Haría que conocieran el mar y lo amaran, que amaran el desierto. Criaría con amor, responsabilidad y libertad.
"En 1972 participé en Yerma, que trata sobre la dificultad para ser madre. Esa obra marcó un hito muy importante en mi vida, la viví de manera muy intensa, pues en ese momento estaba en crisis, porque no podía tener hijos. Entonces ese personaje me salía del alma”, Teresa Ramos