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EDICIÓN | Abril 2016

El campeón de la extirpación

Floreal Recabarren Rojas
El campeón de la extirpación

Confesaron a más de quince mil indígenas. A muchos los castigaron y quemaron sus dioses. Con una inocencia primitiva confesaron que “gracias a la evangelización nos han sacado de la servidumbre y esclavitud del demonio que nos tenía ciegos”.

Para comprender esta crónica es necesario aclarar el término “extirpar”. Según el Diccionario de la Real Academia, se trata de “acabar del todo con algo de modo que cese de existir”.

Hace cerca de cuatrocientos años (entre 1620 y 1652), en el hermoso paraje de los contrafuertes andinos de Atacama, un sacerdote aragonés, Francisco de Otal, asumió dos misiones: terminar con la idolatría de los indígenas y hacerse de fortuna. Era hijo de una familia de nobles, Juan de Otal y Juana Casiñere. Después de vagabundear por territorios americanos, sentó sus reales en Atacama en el año 1620, dónde permaneció por espacio de treinta y dos años.

Dos años después de su arribo, fue designado Visitador de Atacama la Alta (San Pedro) y la Baja (Chiu-Chiu) y una Provisión Real de la defensa de los indios que dejaba en libertad para “servir a quién quieran”. Francisco ganaba, entonces, seiscientos pesos, suma que, según él, no alcanzaba para su sustento. Recordó a sus signatarios que él hablaba kunza y quechua, lo que le daba más valor a su trabajo. La autoridad le entregó seis indios para que pescaran para él y así aumentar sus ingresos. Esta fue la base de su fortuna. Nombró en Cobija un cura para administrar los sacramentos. Francisco concurría con el pago del salario.

LAS CAMPAÑAS DE EXTIRPACION

En 1635, descubrió que en una casa de Calama tres indios viejos realizaban ceremonias de idolatría. Advirtió a la población indígena que si en tres días no se confesaban, los haría quemar: confesados masivamente, les quemó sus ídolos en la plaza pública.

En 1638 se trasladó a Cobija. En el puerto entró en conflicto con el cacique gobernador, Pedro Liquitay, a quien quitó el derecho a cobrar tributos, de cometer irregularidades y de ejercer el oficio de sacerdote mayor de la idolatría. Para salvarse, el indígena huyó de Cobija. Lo condenaron a muerte por rebeldía Posteriormente, en 1641, recibió el título de Vicario y Juez de la idolatría. Con el apoyo del sacerdote doctor José Caro de Mundaca, descubrieron las cavernas donde los indios practicaban su religión y guardaban sus ídolos.

Confesaron a más de quince mil indígenas. A muchos los castigaron y quemaron sus dioses. Con una inocencia primitiva confesaron que “gracias a la evangelización nos han sacado de la servidumbre y esclavitud del demonio que nos tenía ciegos”.

Otal inició una organización comercial para exportar productos regionales e importar bienes que traían de Europa y vendía en el sur de Bolivia y norte argentino. El cura Juan Caballero de Carte y Cardona, Alguacil Mayor de Santo Oficio, lo representaba en las comprar y las ventas, la cobranza y pleitos en Cobija, Potosí y La Plata. Nuevamente, la primitiva inocencia de los caciques les hacía declarar que “Otal no había querido aumentar su caudal, sino enriquecer a los indios… paupérrimos sustentábanse sólo con algarrobo, sin comer carne (ahora) tienen mulas, puercos y ovejas…”.

 

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