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EDICIÓN | Abril 2016

La mejor elección

Bárbara Soto, directora ejecutiva de Yo Elijo
La mejor elección

Estudió periodismo, pero a poco andar se dio cuenta de que lo suyo era educar, pero no educar a cualquiera, sino que rescatar a los más vulnerables de su destino y convertirlos en profesionales. Dirige el primer afterschool de Chile, donde prepara cientos de jóvenes para entrar a la universidad. Y no sólo todos lo logran, sino que ninguno de ellos abandona la carrera antes de terminar. ¿El secreto? Puro amor.

Por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló A.

Tiene pinta de modelo, es dulce y trata a todos sus alumnos de ‘usted’. Al verla parece una joven profesional más, que corre para cumplir con sus múltiples tareas. Pero basta observarla un rato para darse cuenta de que Barbara Soto es mucho más.

Al momento de la entrevista coordinaba matrículas en las universidades para decenas de jóvenes. Sabe que los propios papás no se preocupan y que si ella no está encima del proceso, muchos de “sus niños” se quedarán fuera de la educación superior. Y eso no puede pasar. No después de tres años trabajando con ellos todos los días, tres horas diarias. No después de conocer los nombres, realidades y necesidades de cada uno. No después de recibir de ellos emotivos mensajes de agradecimiento por haberles cambiado la vida. No después de haberlos sacado de la cárcel, de haber intercedido con sus familias y de haberlos acompañado a vender los domingos a la feria.

La vida de Bárbara podría ser el guión de una película. De esas que incluyen momentos límites, colegios olvidados por la sociedad, pandillas de jóvenes delincuentes y una joven y entusiasta profesora que les cambia la vida a todos. Porque su vida ha sido exactamente así.

Nacida en Valparaíso, muy chica se trasladó a vivir a Iquique porque su papá era marino. La historia dice que cuando su padre descubrió que sus dos hijos eran inteligentes decidió emprender y abandonar la carrera en la Armada.

Partió haciendo mantención de piscinas y creció hasta transformarse en una empresa constructora. Mientras eso pasaba, sus dos niños estudiaban en La Academia, un colegio de excelencia de Iquique, particular subvencionado y al que iban desde el hijo del barrendero hasta el del médico más importante de la ciudad. “Haber estudiado ahí fue muy importante para mí, aprendí de trabajo en equipo, de habilidades sociales, de competencia. Todos somos súper líderes y todos entramos a estudiar lo que queríamos”.

Siempre soñó con ser periodista, así que la decisión y el buen puntaje le hicieron fácil la elección: Periodismo en la Universidad Católica. A los veintiún años entró a hacer la práctica en SQP y durante su último año en la universidad le ofrecieron hacerse cargo de la página web de La Red. “En esa época yo pololeaba con un periodista del programa Intrusos y fue a él a quien le llegó un día un correo de Enseña Chile invitándolo a postular para trabajar como profesor. El no lo pescó pero yo sí, no sé muy bien por qué. Fui pasando etapas y finalmente quedé seleccionada”.

Recuerda que ese verano fue como un reality, pues los seleccionados se pasaron todo ese tiempo encerrados en una especie de internado para entrenarse, donde estudian, planifican y casi no duermen. Al final, le asignaron un establecimiento en Peñalolén, el Colegio Valle Hermoso, y la jefatura del segundo medio. Ahí es donde la película llega a su clímax: “Llegué a un curso que había tenido cuatro profesoras jefes, con una sala rayada, todos los alumnos parados gritando sin pescarme… al mes esos niños eran mi familia”.

A las pocas semanas, Bárbara ya había inventado campeonatos de fútbol, básquetbol y vóleibol, su curso tenía las mejores notas y la mejor asistencia del colegio y todo se coronó cuando obtuvieron el mejor Simce de la comuna. “No los pudimos parar y se transformaron en la primera generación de ese colegio en entrar a la universidad”.

¿Cuál fue la clave para ganarte a esos niños?
Lo primero, es que el día que puse un pie en esa sala de clases me di cuenta de que había nacido para ser profesora. Hubo una conexión tremenda. Y la clave, aunque suene romántico y rosado, es, por lejos, el amor. Nosotros adoramos a nuestros niños, sabemos quiénes son, cómo se llaman, tenemos la obligación de ser sus amigos en Facebook. Si hay una fiesta o un paseo, estamos todos ahí, lo mismo si tienen un problema. Somos sus confidentes, sus amigos, sus rehabilitadores y sus psicólogos.

Te encontraste con un contexto social muy complejo, ¿cómo fue tu propio proceso?
Al principio, se me caía el pelo a mechones. Imagínate que yo tenía veintitrés años y partía a buscarlos a la cárcel en la mitad de la noche. Le pintaron el auto, le rayaron los libros de notas. Pasaba las noches planificando sus clases y se quedaba dormida manejando, dejó de ver a sus amigos y se obsesionó por sacar adelante a esos niños, a tal punto que los fines de semana los acompañaba a vender a la feria y en las noches compraba pizzas para carretear con ellos.

¿De qué vivías?
Ganaba el sueldo de un profe, muy bajo. Y me gastaba la mitad de la plata en bencina y la otra mitad en comprarles zapatos a los niños. Mi papá quería que yo viajara por el mundo, así que decidió que él iba a imaginar que yo estaba haciendo eso e iba a mantener mi casa mientras durara ese ‘viaje’. Y así fue.

“Cuando terminé los primeros dos años en ese colegio y con los resultados del Simce en la mano, la municipalidad me pidió que siguiera. Entonces armamos un preuniversitario que se llamaba PSA (Peñalolén sale adelante). Eran mis propios niños que estaban en cuarto medio, así que todos entraron a estudiar. Pero uno de ellos entró a la Católica y se echó todos los ramos… entonces me di cuenta de que el programa no servía si no consideraba lo que pasaba con ellos después. Entré a estudiar pedagogía en las noches y me gané una beca para irme a Estados Unidos. Allí estuve en Nueva Orleans, conociendo los colegios se rearmaron después de Katrina, y en Nueva York, donde fui la sombra de los mejores directores de las KidsSchool”.

YO ELIJO

“Me cuestioné mucho si los niños estaban viviendo mi sueño o el de ellos. Por eso nació Yo Elijo, que es como una escuela de talentos en que le dimos prioridad al tiempo fuera del colegio, porque descubrimos que ese espacio es el que marca la brecha educacional entre un niño de bajos recursos y uno privilegiado, porque mientras uno viaja, lee o conversa con sus papás, el otro cuida a sus hermanos chicos, consume drogas o pasa el día en la calle pateando piedras”.

Inspirada en un programa creado por la mujer de Steve Jobs dio vida al primer After School de Chile, el único que acoge a los alumnos desde segundo medio y nos los suelta hasta que salen de la universidad y que se sustenta en el concepto de la Escuela de la Felicidad, en que los niños lo pasan bien aprendiendo y realizando actividades electivas complementarias.

¿Cómo funciona Yo Elijo?
Nació con corazón de fundación, pero en un momento me cansé de pedir plata y decidí que el emprendimiento social es el futuro y lo convertí en empresa. Nuestro primer impulso fue Peñalolén, que nos compró el servicio, y después Start Up Chile, que nos entregó veinte millones. Nuestra estructura se financia básicamente a través de las municipalidades, que nos entregan el setenta por ciento, y de organismos como Belén Educa, con quienes hacemos algunos programas, por ejemplo, en La Pintana.

Hoy, Bárbara trabaja con cincuenta y dos personas, entre profesores y ayudantes. Los alumnos van a clases de lunes a viernes, de seis a nueve de la noche y tienen a su cargo a unos doscientos niños. Y aunque en teoría tienen un máximo de matrículas disponibles, hasta ahora no se le ha negado el cupo a nadie. El único requisito es que sean de colegios municipales.

¿El modelo es exportable a colegios privados si alguno quiere comprarlo?
Es exportable, pero no es nuestro foco. Nosotros no sabemos cómo lidiar con las necesidades de un niño con una vida diferente. Y no es porque nos guste el rigor, sino que a mis niños uno los ve, los abraza y… listo, entraron a la universidad.

ESTAR BIEN PARA HACER BIEN

“También trabajamos en la cárcel, donde tenemos una escuela de la felicidad con varios talleres. El primer día que pisé ese lugar no pude dormir pensando que tenía que ayudar a esa gente y demostrarle al mundo que es posible cambiar. Y hay luces de esperanza… y otras cosas que te desarman, como un chico que jugaba rugby todos los días y al que le pegaron un palo en la cabeza y lo dejaron en coma”.

¿Cómo haces para lidiar con eso y no sentarte a llorar en tu cama?
Me siento a llorar en mi cama, aunque me he hecho más resiliente con el tiempo. Es que no sólo los preparamos para la PSU, sino que nos dedicamos mucho tiempo a cada uno para ayudarlos a elegir la mejor universidad, para conocer todas las becas que existen. Hasta hoy siempre lo hemos logrado.

¿Les haces seguimiento a todos?
Generamos mucha autonomía, ellos saben que nos tienen que llamar si necesitan ayuda. Pero también lo hacen para agradecernos, para decirnos que les cambiamos la vida, cuando en realidad son ellos los que nos cambiaron a nosotros.

No te has casado ni tienes hijos, ¿crees que te has pospuesto por Yo Elijo?
Cuando estaba a punto de cumplir treinta me di cuenta y entré un poco en crisis. Yo siempre he querido casarme y desde los cinco años que ando con el vestido de novia en la cartera… pero las cosas pasan por algo, y el mismo día de mi cumpleaños conocí a mi pololo actual. Él es un fan de Yo Elijo y participa en todo conmigo. Por primera vez siento que no puedo seguir postergando mi vida por ayudar a otros y que es necesario equilibrar las cosas, porque mientras yo esté bien voy a lograr que mis alumnos lo estén. Además, tengo un equipo maravilloso, encontré a las personas perfectas y puedo descansar en ellos. Ya no duermo cuatro horas sino que cinco… y a veces es porque voy al cine o a bailar con mis amigos.

 

"Por primera vez siento que no puedo seguir postergando mi vida por ayudar a otros y que es necesario equilibrar las cosas, porque mientras yo esté bien voy a lograr que mis alumnos lo estén. Además, tengo un equipo maravilloso, encontré a las personas perfectas y puedo descansar en ellos”.

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