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EDICIÓN | Abril 2016

Habitar de modo sustentable

Por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián.
Habitar de modo sustentable

Eterno problema de la metrópoli moderna, la vivienda popular digna y habitable, puso a prueba las mentes de los urbanistas a comienzos del siglo XX. Inspirada por el llamado a las conciencias que hizo la Iglesia denunciando las condiciones de penuria de los grupos trabajadores, en pleno barrio Bellavista se erigió la población León XIII.

La migración desde el campo a la ciudad se hizo de manera abrupta y masiva. Quedaban pocos años para recibir al siglo XX y el pequeño y elegante Santiago no pudo alojar adecuadamente a sus nuevos habitantes, que se instalaron donde pudieron; en la periferia, con varias familias ocupando una misma casona, sin servicios ni higiene, sin vínculos ni solidaridad. La capital era la tierra de las oportunidades, con sus nacientes fábricas o como paso obligado hacia los yacimientos mineros del norte. El país gozaba de bonanza económica y cultural. Se imitaba a París y se buscaban elegantes calzadas, paseos y jardines.

Los políticos estaban más bien en eso al tiempo que cuajaba un grupo obrero urbano con más rabia que prosperidad. La publicación de la carta encíclica Rerum Novarum del papa León XIII inauguró la doctrina social de la Iglesia católica, al tiempo que puso de relieve la dolorosa situación de los trabajadores.

El abogado y político de la época, Melchor Concha y Toro, ideó una solución para familias católicas, vale decir, las que “viven del trabajo de sus brazos” y para tal fin donó cien mil pesos de la época. Una casa costaba entre seis mil y siete mil, según recopilaron las autoras Hilda López y María Inés Arribas en su investigación Población León XIII. Pasado y Presente.

Para el emplazamiento se eligió un sector rural y de gran belleza paisajística: el actual barrio Bellavista. La idea del filántropo era entregar a familias católicas las casas primero en arriendo y premiar la constancia al cabo de diez o dieciséis años con el título de propiedad de las mismas. Su viuda, Emiliana Subercaseaux, y luego los aportes de Manuel José Irarrázaval y Eduardo Marín permitieron continuar la empresa tras su muerte.

No solo con viviendas se pensaba iluminar la gris condición popular. La solución debía apuntar a la persona en su complejidad de necesidades. Así que para la formación intelectual y espiritual se instalaron un colegio parroquial y un templo, y para la solidaridad y esparcimiento, gracias a la organización de los propios vecinos, la Sociedad de Socorros Mutuos proveyó deporte, lectura, coro y baile. Para tales propósitos de destinó el fondo del predio en dirección al cerro, donde se ubicó el Paseo Irarrázaval, en que había una gruta de la Virgen, se hacían fiestas y se jugaba a la pelota. Hoy ese patio no existe, pues se abrió a hacia el poniente lo que hoy es Antonia López de Bello. A un costado se encontraba la residencia del Arzobispo Mariano Casanova, quien diariamente cruzaba hacia el sur un puente que hoy lo recuerda. Allí también se emplazó el convento de religiosas que funciona en la actualidad como Centro Cultural Montecarmelo.

En 1894 se entregaron las primeras casas, la mayoría de fachada continua, puerta con mampara y ventanas protegidas por barrotes, todas ellas alegradas con antejardines con frutales y flores que mantuvieron la sensación de placidez y belleza rural. Fueron ciento sesenta y cuatro en total. Numerosas familias se sucedieron por generaciones, conocidos la mayoría, frecuentando los mismos colegios, el mismo santuario. Pero el paso del tiempo, la moda y la bohemia terminaron con las lindas casas como oficinas, talleres, bares o discotecas. Los propios vecinos evitaron que se arrasara con el modo de vida que conocieron por generaciones y pidieron preservar la primera población chilena de viviendas sociales. Eso le valió la denominación de zona típica al conjunto, en tanto que reconoce como monumento histórico la Iglesia Epifanía del Señor, de la que fue párroco el cardenal José María Caro.

 

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