A sus cuarenta y tres años, Claudia se declara una agradecida de la vida. Después de la dolorosa pérdida de dos hijos biológicos que nacieron con síndrome de Gaucher, enfermedad metabólica que tanto ella como su marido transmiten, decidieron no tener más hijos biológicos y convertirse en padres adoptivos. Una ilusión que les dio la fuerza necesaria para seguir adelante y entender que a pesar de las penas, las pérdidas y los dolores, la vida finalmente siempre se ilumina.
Por Bernardita Watkins V. / fotografía Margarita Landeta.R
Claudia Barría tenía veinticinco años cuando conoció a su marido, Eduardo Heinsohn. Ingeniero agrónomo, trabajaba en una empresa de semillas en Santiago y él, ocho años mayor que ella, era distribuidor de esa empresa en Curicó.Se pusieron a pololear y a los seis meses, le propuso matrimonio: “Él me hace reír, me hace feliz. Además es bueno, generoso, tiene muchas cualidades, pero lo que más me gusta, es que es simpático, liviano”. Se casaron, en octubre de 1999, y se embarazó en septiembre.Para ambos, fue una noticia maravillosa. El embarazo avanzó sin problemas: “Mi guagua era niñita, la Jacinta. Empecé con contracciones un miércoles y me fui a Santiago. Ella nació a las 11 de la mañana del jueves 24 de mayo... venía súper mal... estaba enferma”.
¿Hubo alguna alerta durante el embarazo?
Nada... su cuerpo estaba lleno de manchitas y para todos fue una sorpresa. La bautizamos rápidamente. Empezó una pesadilla... uno quiere despertar, pero eso no pasa. En un primer momento se pensó que era una infección, un virus... Le hicieron muchos exámenes. Vivió treinta y cinco días en la clínica, en una incubadora. Se alimentaba con mi leche... era igual a Eduardo. Nunca supimos lo que tuvo... se empezó a hinchar y se supuso que era una enfermedad infecciosa. Había una doctora que insistía en que era una enfermedad metabólica. Su muerte fue tremenda... un dolor muy grande... Todo fue muy doloroso, pero si tuviera que volver a vivirlo, lo haría.
“Autorizamos una autopista, queríamos saber qué estaba pasando. Al mes de la partida de Jacinta nos entregaron los resultados y en ella nos informaron que se trataba de una enfermedad hereditaria, pero que no era genética. De hecho, una genetista nos dijo que la posibilidad de que la enfermedad se repitiera era bajísima... y sin planificarlo quedé embarazada... era hombre, Eduardito”.
¿Cómo viviste este segundo embarazo?
Muy feliz aunque con mucho miedo... todos dicen “no les puede volver a pasar” y claro, yo todos los días me decía lo mismo... pero estaba súper asustada... sólo Dios sabe... la vida cambia en un segundo, a mí ya me había cambiado todo en el momento en que nació la Jacinta. Fue inevitable vivir este embarazo más asustada... sólo escuchaba que no iba a pasar nada, que cómo tan mala suerte, pero, ¿por qué no?
¿Cómo fue el parto de Eduardito?
También nació en mayo y con la misma enfermedad. No venía manchado, estaba mucho mejor, pero tenía el hígado y el bazo inflamado… él se parecía más a mí. Después de la muerte de Jacinta empezamos a ir a una siquiatra especialista en pérdida de hijos. Ella nos ayudó mucho, estuvo en el parto y pidió que me pasaran a mi hijo y lo tuve en mi pecho un rato largo, eso fue muy especial.
¿Qué pasó contigo en ese momento?
Me derrumbé, no podía más... no quise ver a nadie... pedí que me dejaran más tiempo en la clínica para no alejarme de él. Empezaron los exámenes y llegó hasta nosotros un doctor especialista en leucemia de niños, la enfermedad se iba a tratar como una leucemia e íbamos a buscar por el mundo médula de cordón umbilical compatible. Todos en la familia se hicieron el examen y no encontrábamos donante, finalmente se encontró en Japón y pudimos trasplantarlo. Después de eso, mi hijo estaba muy mal, lo trasplantaron un sábado y el lunes estaba conectado a un respirador... murió el martes. Fue una muerte bonita, todos nos despedimos de él.
¿Cómo te enfrentaste a esa realidad?
Te cuestionas tantas cosas... Si fuiste tan malo en la vida, si cometiste tantos errores, ¿de verdad tienes que pagarlos así? Por otro lado, agradezco que a él lo disfrutamos más... con la Jacinta fue todo con más susto... miedo de tocarla, de enfermarla más.
¿De dónde sacaste la fuerza para seguir adelante?
Rezamos mucho. Después de Eduardito nos fuimos bien a pique. Me dio depresión... Sin embargo, Dios te quita por un lado y te da por otro. Nos fuimos a vivir con mis suegros y de alguna manera tenía el deber de levantarme, de lo contrario habría estado en cama todo el día. Fuimos muy apoyados y regaloneados por ellos. También recibimos mucho apoyo de nuestros amigos y familia. Llegó un momento en que tuve que ir a terapia a Santiago... Si me preguntas de dónde saqué la fuerza, creo que uno sobrevive. Es un dolor muy desgarrador, me costaba caminar, sentía que me habían sacado un pedazo... pero si Dios quería que estuviésemos acá, era por algo. En ese momento sólo sentía rabia, pena y sufrimiento... me preguntaba por qué a mí... pensaba que si lloraba mucho me los iban a devolver, te vuelves un poco loco. Piensas que esa pena nunca va pasar.
¿Cómo empiezas a sanar ese dolor?
Poco a poco empiezas a ver la vida de otra forma. Por alguna razón, la mecánica de la vida te lleva a valorar cosas que no son importantes... Lo único que yo hubiese querido era haberlos criado... y no estaban... tus sueños se frustran, te sientes muy mal. Mi terapia me ayudó, mi siquiatra atendía a otras mujeres y empiezas a conocer la realidad de otras personas y a darte cuenta de que no eres el centro del universo. A algunas las violan, a otras las abusan, a otras las dejan con cuatro hijos... De verdad son historias muy potentes... y te das cuenta de que hay personas con sufrimientos tan grandes o más grandes que el tuyo.
¿Cómo lo lograste?
Con fe. Lo único que le pedía a Dios era que me iluminara porque tenía que seguir... quería entender por qué y para qué. Como pareja estábamos mal y nos empezamos a reconstruir y a limpiar en el momento en que comenzamos a pensar en la posibilidad de adoptar. Yo sentía que ya tenía el amor de madre... necesitaba entregárselo a mi hijo. Fue mi hijo Pedro quien nos empezó a sanar. La posibilidad de adoptar fue una tremenda ilusión.
¿Cómo fue ese camino?
Fue un recorrido largo de dos años que vivimos paso a paso con mucha ilusión. Exámenes sociológicos, terapias, reuniones, etc. Cuesta aceptar que otros seres humanos califiquen si estás apto, calificado o preparado para ser padre... uno alega harto, pero sirve y es entretenido también.
¿Recuerdas como fue el día en que Pedro llegó a sus vidas?
El llamado fue un martes en la mañana, yo estaba en Talca trabajando. Eduardo me llamaba y me llamaba, cuando le contesté me dijo “Gordita... no me vas a creer... llegó nuestra guagua”. Yo estaba en shock, me vine llorando todo el camino y me di cuenta de que no había preguntado qué sexo tenía. Él tampoco había preguntado... Fue un 10 de noviembre y lo fuimos a buscar a Puerto Montt.
¿Qué hablaron en el camino?
Nada... sólo queríamos llegar y estar con nuestro hijo.
¿Cómo fue el primer encuentro?
Llegamos al hogar muy nerviosos. Te advierten que existe la posibilidad de que no haya apego, que no lo aceptes. Para mí eso era imposible. Al tomarlo todo fue mágico, nos dejaron solos con él... y con Eduardo lloramos juntos, nos abrazamos, por fin nuestro sueño se hacía realidad. Ahí estaba él… mi guagua… tenía seis meses, también había nacido en mayo. Pedrito se parece mucho a Eduardo… el encuentro fue tan bueno que nos dejaron llevarnos a Pedrito ese mismo día y al día siguiente nos autorizaron regresar a Curicó.
¿Cómo han planteado a Pedro el tema de la adopción?
Hicimos un álbum con toda su historia, su bienvenida, queremos que sepa que siempre fue una guagua muy deseada y querida. Yo no lo he visto con él, pero hace poco tiempo me dijo que lo vio y que se emocionó mucho. Por otro lado, desde chiquitito le leemos un cuento sobre la adopción, el creció sabiendo que es adoptado, así como una niña usa aros porque es mujer, es así de simple, no es tema. Probablemente en la adolescencia lo sea. Pero él nos agradece por haberlo elegido y por ser los mejores papás del mundo, sus conflictos son los de cualquier niño de su edad.
¿Qué significa Pedro para ti?
Pedro nos vino a cambiar la vida, me sana y me hace tremendamente feliz. Él tiene una mamá biológica, pero yo soy su mamá de la vida. Y mi historia... es de sentimientos muy encontrados... porque si no fuese esta, probablemente Pedro no estaría en nuestras vidas. Agradezco profundamente a su mamá biológica que haya tenido el valor de darlo en adopción. Agradezco ese acto de generosidad.
¿Qué le dirías a una mamá que se enfrenta a la muerte de un hijo?
Que tenga fe, que crea, que Dios te ilumina la vida y que uno no vino a este mundo para sufrir todo el tiempo. Lo más importante es la actitud. No todo es negro o blanco. Obviamente en la vida pasan cosas buenas y malas, felices y tristes, pero es la vida... si fuese plana, quizás no la gozaríamos tanto. Debemos tener paciencia y centrarnos en los detalles. Uno puede salir adelante y dejar atrás el dolor. La pena, las faltas, los sufrimientos nos van a acompañar toda la vida, pero hay cosas mucho más lindas y por algo uno sigue acá.
¿Qué te ayudo a ti?
El valor de la amistad, la familia y del trabajo. Y sin duda la maternidad. Hay diferentes caminos para la maternidad. No sé qué pasaría conmig si algo le pasara a Pedro, la maternidad es luz de vida.
"Poco a poco empiezas a ver la vida de otra forma. Por alguna razón la mecánica de la vida te lleva a valorar cosas que no son importantes…”.