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EDICIÓN | Abril 2016

Su majestad... la silla

Historia de un básico

Tienen dos o cuatro patas, dependiendo del modelo. Las hay de madera, de acero inoxidable, de fierro forjado, de plástico. Son ancestrales y visten una sala de reuniones, un living, una oficina. Son definitivamente mucho más que un mobiliario. Aquí, un recorrido por la historia de la silla

Por Carolina Vodanovic G. fotografía Andrea Barceló A.

Sentarse es algo tan natural que uno pensaría que la primera silla se remonta a la época de Adán y Eva. El registro histórico nos dice que en tiempos de los egipcios, los griegos y los romanos se introdujo el concepto de silla, normalmente confeccionada en madera de ébano, mármol o marfil, pero que llegada la Edad Media el asunto se desatendió.

El hedonismo del imperio romano, con la imagen del César recostado en una tumbona, dio paso a un medioevo en el cual sólo los caballeros y monarcas tenían el derecho: “de ahí viene el anglicismo de chairman, que es alguien con derecho a silla, ya que el resto de los cortesanos se sentaban como podían, en bancos o taburetes”, explica Gonzalo Navarro, arquitecto PUC, con diploma de Estudios Avanzados de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (ETSAB-UPC).

Fue en ese entonces que comenzaron a introducirse los cojines, pues los taburetes resultaban incómodos. Las sillas de los monarcas eran erguidas y les permitían estar en posición solemne, pero de confort también había poco. Fue recién en el siglo XVII que los ebanistas tuvieron la brillante idea de fijar el cojín a la silla y con ello resolver parte del problema.

Las sillas llegaron a su esplendor en la Francia de la Ilustración (siglo XVIII) y en eso las mujeres tuvieron gran influencia. Fue ahí que el diseño de la silla dio un salto estrepitoso y se empezó a hablar de ergonomía. La ebanistería se elevó entonces a calidad de Bellas Artes y desde la ciencia se comenzó a estudiar el ángulo indicado del respaldo que permitiera sujetar la zona lumbar con almohadillas infladas para compensar el peso del cuerpo.

“Las posturas fueron entonces más relajadas y los nobles empezaron a echarse en la silla, a cruzar piernas. Dejó de ser una tortura sentarse y poco a poco la silla empezó a masificarse”, cuenta Navarro. Agrega que fue en las Cortes de Versalles donde se inventó el juego de las sillas musicales, pues dado que había miles de cortesanos y escaseaban las sillas, era una buena forma de repartírselas.

En el siglo de las luces se llegó entonces a una silla mucho más cómoda y reaparecieron los sillones y las tumbonas, también conocidas como chaise- longue. Pero no fue hasta la modernidad, que esta se volvió un hito del diseño contemporáneo, gracias a la propuesta hecha por el arquitecto suizo Le Corbusier y su famosa silla LC 4, “una verdadera máquina del descanso”, según describió y que hoy produce la firma italiana Cassina.

“En la modernidad hubo un pensamiento muy positivista en cuanto la máquina iba a ahorrar mucho tiempo al hombre y le iba a dejar espacio para el ocio. Ahí vuelve entonces la idea hedonista y muchos arquitectos famosos empiezan a diseñar una silla donde se adopta una forma más precisa de contacto del cuerpo humano con la superficie de soporte. Empieza a haber además un apego más estético hacia la silla... La chaise-longue es un objeto más bien decorativo y su gran problema es que, por ser tan exacta en términos del cuerpo humano –así como las butacas de los autos–, permite estar en una sola posición y las restantes son súper incómodas”, explica Navarro.

Desde el interiorismo, Francisco Camiroaga dice: “soy un admirador del trabajo de Le Corbusier y aunque su propuesta me parece cómoda en primera instancia, en segunda ya no tanto; creo además que han abusado de su diseño y no me parecen relevantes sus adaptaciones”.

Pero hubo otros que se aventuraron. El arquitecto y diseñador industrial alemán Ludwig Mies Van Der Rohe, director de la escuela Bauhaus entre 1930 y 1933, también propuso una chaise-longue en cuya forma resalta la linealidad y el diseño limpio. Sin embargo, la silla más conocida de Mies no es precisamente esta, sino que la renombrada silla Barcelona (modelo MR90). Un mobiliario fabricado originalmente en acero inoxidable pulido, con el asiento y el respaldo confeccionado en cuero de piel de cerdo, basado en un prototipo romano denominado sella curulis.

“A mi entender, la silla Barcelona es de las más mal hechas; el fierro está curvado de la peor manera posible y el canto está orientado de la forma que peor trabaja la estructura del fierro. Sin embargo, esta silla ganó valor gracias a su diseñador, Ludwig Mies van der Rohe, pero ese valor tampoco fue inmediato. Aquí pasó lo mismo que con el tango, en un principio este no se popularizó en Buenos Aires, sino que fueron los marineros quienes lo llevaron a París, y allá, tras adoptarlo la elite y legitimarlo, regresó a Argentina”, dice Navarro.

Fue a mediados del siglo XIX que un ebanista alemán, Michael Thonet, dio un gran salto creativo, al diseñar una de las sillas más vendidas de la historia (cincuenta millones de ejemplares entre 1860 y 1930), que además redujo al mínimo la cantidad de piezas en su confección: ocho piezas y diez tornillos. Además realizó todo el trabajo de curvado de la madera a vapor, bajo la teoría de que las varillas frescas pueden ser dobladas, mientras que si están secas se rompen.

Si de sillas en voladizo se trata, no podemos dejar de mencionar la propuesta hecha por el alumno y luego profesor de la Bauhaus, Marcel Breuer, cuya idea se basó en el concepto de “sentarse en el aire”, ya que no tiene patas traseras y el peso del cuerpo se aguanta en las dos anteriores y su prolongación horizontal. Años después Alvar Aalto, arquitecto finlandés, convirtió esta silla, la fabricó en madera de haya curvada y hoy es mundialmente conocidas gracias a la firma Ikea que la comercializa.

Breuer también es el creador de la famosa silla Wassily, que no sólo se hizo de acero, sino que descompuso la silla, la despojó de su envoltorio y dejó solamente el cuero necesario para sostener la estructura y el cuerpo.“La modernidad buscó otros materiales y la madera fue perdiendo presencia en la silla. A partir de ahí se fueron incorporando un montón de nuevas tecnologías y nacieron sillas muy simpáticas como la famosa pera, silla Sacco, un diseño italiano de la década de los sesenta, rellena con pelotitas de polietileno que te permitía adoptar la posición que quisieras”, recuerda Navarro.

LA MIRADA NACIONAL

Mientras que en Europa y Estados Unidos, a fines de los setenta, cobraban importancia los materiales sintéticos, como la goma espuma o el polipropileno, en Chile el arquitecto Cristián Valdés marcaba un hito con una silla inspirada en la estructura de una raqueta de tenis. La famosa silla A, se complementaba con una línea de mobiliario con un estilo en común: estructura de madera laminada, cuñas de madera de ulmo, chasis metálico y una funda de cuero.

“El diseño en Chile ha sido muy tímido y poco desarrollado. Creo que después de la silla playera, de lona plegable, Valdés la rompió con esta silla y su mobiliario, y lo hemos visto y disfrutado desde el año 1977 en muchos espacios de nuestras casas, oficinas y muchos otros ambientes”, dice Francisco Camiroaga.

Leo Carreño, destacado arquitecto nacional, quien lleva casi dos década diseñando mobiliario, particularmente sillas, coincide con Camiroaga y asegura que Valdés “ha sido un ícono del diseño chileno y su propuesta de  los años setenta, en madera laminada, no sólo es bonita, sino además funciona y es de buena calidad. Su diseño tiene mucho de la silla nórdica, de la danesa de los años cincuenta, también de la californiana y ese tema metálico como un chasis de auto”.

Titulado de la Universidad Católica, Carreño hizo un posgrado en Italia, donde cursó ramos de diseño industrial e interiorismo. De vuelta en Chile y con ganas de ser independiente empezó a vender sus diseños, “me encontré con la hija de la dueña de la tienda Sur Diseño y me invitó a vender el modelo “boomerang”. Ahí se empezó a hacer conocida esta silla y empecé a hacer diseños especiales para distintas casas”.

Amante de las maderas nobles, del cuero natural y del acero inoxidable, tiene especial cuidado en que sus muebles envejezcan bien, “los padres heredan a sus hijos, además de educación y alguna propiedad, sólo los muebles buenos, los que han sido fabricados con materiales nobles, esos que duran cien años. Por eso no me gusta diseñar cosas desechables, porque se transforman en basura”.

Tras exponer en la última versión de la Bienal de Arquitectura, constató que la propuesta nacional cada día es mejor. “En los noventa no existía tanta importación y pude hacer muchísimas sillas para restaurantes. Ahora es más difícil y tanta competencia a uno lo obliga a hacer diseños más exclusivos que al final resultan más caros”.

Con una propuesta “verde”, lleva tiempo investigando y reciclando piezas de barricas de vino y duelas (tablas con que se forman las paredes de un barril), cuyas curvas naturales coinciden con la de los respaldos y que se han vuelto protagonistas en sus diseños. “Chile es un gran productor de vino y la madera de la barrica es de alta calidad: es roble francés, tiene un tinte maravilloso y muy noble, mucho mejor que la madera laminada. Se trata de un tema ecológico y va a pasar un tiempo hasta que la gente comprenda el potencial de esta madera y les comience a gustar”.

 

"Los padres heredan a sus hijos, además de educación y alguna propiedad, sólo los muebles buenos, de materiales nobles, esos que duran cien años. Por eso no me gusta diseñar cosas desechables, porque se transforman en basura”, Leo Carreño.

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