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EDICIÓN | Abril 2016

Bendita pluma

María Eliana Duran escritora
Bendita pluma

Reconocida, premiada y valorada en esta fértil y prodigiosa tierra de poetas, María Eliana llegó desde Ancud, en la década del sesenta, para enaltecer con sus versos la esencia del mundo rural, de su gente y sus paisajes. A sus noventa años “confiesa que ha vivido” con el amor y la libertad de la poesía, con el dolor y el sufrimiento de irreparables pérdidas, con la templanza, fe y sabiduría de un largo camino recorrido.

Por Verónica Ramos B. / Fotografía Patricio Salfate T.

Entre elogios y aplausos, lanzó en la reciente Feria del Libro de La Serena su último libro Memorial campesino. Son cincuenta y nueve poemas que nos transportan a la esencia de nuestra tierra y a ese mundo rústico, campestre y rutinario que, solo María Eliana, con su pluma experimentada, sensible y talentosa, logra dar vida en sus versos.

Sentada en el living de su casa, mientras comenta lo emotivo de ese acto, me enternecen sus profundos ojos celestes y su sonrisa a flor de piel. Incluso, cuando relata los dolorosos episodios que le ha deparado su largo periplo por esta vida, luce luminosa.

María Eliana Duran hace un recuento de sus noventa años, con una memoria envidiable. Abre un álbum de fotos, ordenadas por año y en cada una de las imágenes aparece con amigos y reconocidos escritores, entre ellos, Francisco Coloane, Benjamín Morgado, Braulio Arenas, José Luis Rosasco, Enrique Lafourcade, Jorge Edwards y Carlos Mondaca. “Esta es mi foto favorita. En el año 2007 recibí la Medalla de la Ciudad de La Serena, máxima distinción que otorga el municipio a las personas que contribuyen a la comuna. Fue muy bonito”, recalca.

Sin duda, este no es el único reconocimiento a su extenso bagaje literario. El Colegio de Profesores le otorgó el Premio Comunal para el Bicentenario y, más tarde, fue galardonada con el Premio Regional. En el año 2013, el Círculo Literario Carlos Mondaca le otorgó el Premio Regional de Literatura. “Esta ciudad me ha tratado maravillosamente y le debo mucho también ¡pero ya no quiero más premios!”, afirma entre risas.

Estudió en las Monjas Alemanas y al egresar dio un examen de admisión para ingresar a la Escuela de Servicio Social. El examen escrito lo aprobó, pero en la entrevista fue rechazada. “Se dieron cuenta de que era una provinciana y que no sería capaz de enfrentar medios tan hostiles como las poblaciones vulnerables de Santiago. No me quedé y con mi madre decidimos que me iría a La Serena por unos meses. Unos tíos me invitaron a vacacionar y conocí toda la zona. Recorrí el Valle de Elqui, cuando en esos años el camino era de tierra, sinuoso y angosto”, recuerda.

¿Se cautivó con la tierra de Gabriela?
Estaba fascinada con el color de las montañas ¡nunca había visto una viña! Llegamos al Fundo Los Nichos y estaban celebrando la Fiesta de la Vendimia. Mi tío les comentó a los presentes que yo escribía versos y que  había ganado varios concursos en el colegio. Me pedían que recitara y decían “el mar del sur se abraza con el  Estaba tan motivada que dije improvisando: “Elqui querida. Tierra poderosa, obra del supremo…” El dueño del fundo quedó encantado y dijo ¡esta niñita merece un nicho! En el subterráneo tenían una bodega llena de licores y cada nicho tenía una dedicatoria para los personajes sobresalientes de la zona. Creo que pusieron mi nombre al lado del expresidente Gabriel González Videla”, relata la escritora.

TEMPLANZA Y SABIDURÍA

Cuando regresó al sur le pidió a su madre, funcionaria de educación, hacer un reemplazo en una escuela rural, como profesora. “Me enviaron a la Península de Rilan y tuve que irme a caballo ¡llegué molida! Rilan era un pueblo de sueño y me recibió una familia chilota muy amiga de mi madre y como no tenían hijos me regalonearon mucho. Aquí estuve cuatro meses haciendo clases”.

¿Eso la motivó a estudiar pedagogía?
¡Sí! Me fui a estudiar educación primaria a la Escuela Normal en Santiago. Cuando terminé la carrera, volví a mi tierra y me nombraron directora de la escuela de Caulín, donde permanecí once años.

¿Y formó familia con un chilote?
¡No! Conocí a mi primer marido en Santiago y tuvimos una hija. Él era piloto civil y tuvo un accidente aéreo. Enviudé cuando tenía treinta y seis años y una niña de ocho. Empecé a luchar sola ¡Fue una etapa muy difícil! Después de varios años, conocí a mi segundo marido en La Serena y tuvimos una hija. Él falleció joven, producto de un tumor al cerebro. Era un hombre maravilloso y me admiraba, siempre decía: “me enamoré de una poeta”…

¿Estas situaciones tan dolorosas, tienen alguna influencia en sus escritos?
¡Nada! Soy una persona que cree en la vida, amo la libertad y la alegría de vivir. Los recuerdos están, no se pueden borrar… Sufrí el dolor de perder a mi primera nieta… murió cuando tenía trece años… ¿dime si no he sufrido?, pero tengo mucha fe y todo lo que he vivido me ha templado.

¿Y qué la trajo de vuelta a La Serena?
El terremoto de 1960. Vivíamos en una hacienda frente al Canal de Chacao. El mar irrumpió silencioso y se llevó todo. Huimos hacia un cerro y presenciamos como la ola arrancaba árboles, casas, puentes y a mi “Cupido”, una pequeña embarcación que tenía en ese tiempo. Estuve mal mucho tiempo y nunca escribí acerca de esto porque me hacía daño, no por las pérdidas materiales, sino porque vi como el mar se llevaba a los pescadores y a la gente que conocía de toda una vida. De la escuela donde hacía clases no quedó nada. Vendí unas ovejas que se habían salvado y con ese dinero compré una casa en El Molle, localidad del Valle de Elqui. Ese ha sido mi gran refugio, hasta el día de hoy.

Un lugar idóneo para inspirarse…
¡Maravilloso! Cuando llegué a La Serena en el año sesenta y uno se realizó una Jornada Literaria, organizada por el municipio. Envié mis trabajos y fui seleccionada para que el público votara por el ganador. Leí un poema que se llamaba “Semblanza del niño campesino” y comencé diciendo “he llegado del mar, solitaria y vencida, añorando el amor, la esperanza para mis alas huérfanas de gaviota sin nido…”. Yo no conocía a nadie y resulté ganadora. En ese momento conocí a los directivos del Círculo Literario Carlos Mondaca y me invitaron a formar parte de este grupo extraordinario. Cuatro años después representé al círculo en un concurso y gané la Medalla de Oro, con un poema del Valle de Elqui.

¿Los paisajes y la gente de esta zona, se convirtieron en el centro de su temática poética?
Por razones literarias fui invitada a muchas ciudades del país, las que recorrí y me inspiraron a escribir, pero La Serena me adoptó y siempre he sido considerada como literata de esta zona. El Molle, en esos años, se transformó en un refugio de artistas. Yo buscaba ruralidad y, sin duda, era un lugar de inspiración, pero si Gabriela Mistral visitaba a su media hermana Emelina Molina que vivía en El Molle y después se iba al tren a mirar a Romerio Ureta (sonríe con cierta coquetería) ¡Es un pueblo muy especial!

¿Aquí nacen gran parte de sus escritos?
¡Linda, pero si yo escribo en cualquier parte! Puedo estar rodeada de gente y ruido, pero me puedo abstraer. Esta es una técnica que aprendí cuando estudiaba en las Monjas Alemanas. Nos pedían hacer un examen de conciencia. Meditábamos lo bueno y lo malo del día… eso me quedó y siempre lo practico.

DEJAR ALGO MÁS…

En el año sesenta y ocho fue nombrada directora del Museo de Vicuña y debió sobrellevar una intensa labor. “Realicé una investigación de la vida de Gabriela Mistral en esta casa de adobe, donde se levantaría el museo y lo cierto es que aquí estuvo muy poco tiempo. Lo más doloroso es que tuve que enfrentar la expropiación de todas las casas que estaban en el terreno. De Bienes Nacionales me pidieron que sacara las firmas de las personas y la gente lloraba. No entendían que yo era mandada. Finalmente, inauguramos el museo y trabajé aquí durante tres años. Después me fui a vivir al Molle y formé un parvulario”, recuerda María Eliana.

El 1985, publica su primer libro al que llamó Terramar, inspirado en todos los pueblos que conoció en el norte. Luego, vinieron las Crónicas elquinas, una recopilación de escritos que fueron publicados gradualmente en el diario El Día. En 1995 publica Salmos irreverentes y siete años después Cartas a Sebastián, un libro dedicado especialmente a los jóvenes. En el año 2003 surge su cuarta publicación titulada Calidoscopio.

Sus poemas han sido incluidos en diversas antologías, entre ellas, Poetas de Elqui al Limarí (1965), Poesía del Norte Verde (1968), Poemario (1977), 40 años del Círculo Literario Carlos Mondaca (1993), Libro de Oro de la Poesía Regional y El Burro del Diablo. Arqueo de la Poesía Contemporánea de la Región de Coquimbo.

¿Cómo resume sus noventa años, recién cumplidos?
¡Puro amor! Me han herido… pero no guardo rencor ¡Y he tenido suerte porque me han amado mucho también! Me fracturé dos vértebras, pero tengo mi cabeza perfecta y mis manos aún siguen escribiendo.

¿Un nuevo libro?
¡Sí! tengo un borrador con bastante material. Se titula Escrito en el viento y son poemas de reflexiones internas sobre la amistad, la sobrevivencia… Hace un alto en la conversación y de improviso nos regala uno de sus versos: “al morir quiero dejar algo más que la carne y los huesos. Algo más… a los tiempos venideros. Algo más que mis locos pensamientos. Algo más… que mi amor por la belleza. Algo más por los que amé en silencio…”. Cuando concluye, esa última palabra hace eco en la sala. No dejo de mirarla y sus profundos ojos celestes iluminados por su sonrisa, irrumpen el espacio y otra vez me sobrecoge.

 

"Por razones literarias fui invitada a muchas ciudades del país, las que recorrí y me inspiraron a escribir, pero La Serena me adoptó y siempre he sido considerada como literata de esta zona”.

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