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EDICIÓN | Abril 2016

De monte, algo; de mar, poco, y de bosques, nada

Bosques de Montemar
De monte, algo; de mar, poco, y de bosques, nada

José Pedro Vicente, Arquitecto. Magíster en Arquitectura Pontificia UC. Santiago. www.josepedrovicente.cl Instagram: JOSEPEDROVICENTE

Hace unos buenos años atrás, Viña del Mar se enorgullecía por el apodo turístico que la representaba, sin embargo, su propio Plan Regulador Comunal puso en un absurdo su condición de “Ciudad Jardín” debiendo reemplazarlo rápidamente por “Ciudad Bella”. Como las inmobiliarias —libres de culpa— ejecutan lo que les permiten hacer, Viña del Mar hoy no es ni jardín, ni bella, más bien, una sumatoria de torres destinadas a segunda vivienda que permanecen vacías gran parte del año y colapsadas en verano.

El ejercicio es simple. Si usted compra un terreno y pretende construir en él como una oportunidad de negocio, una de las primeras tareas que debe realizar es analizar el Certificado de Informes Previos. En dicho documento podrá confirmar, por ejemplo, si puede hacer dos o veinte pisos, o si puede ocupar el total de la superficie  terreno o solo una pequeña parte de este. Mientras más, mayor la rentabilidad. En consecuencia, sería un absurdo que por voluntad propia quiera ganar menos pensando en respetar los “jardines”, o a la supuesta “belleza” que caracterizaba a Viña del Mar. Además, no tendría sentido. Quién construya al lado, hará los veinte pisos o destinará el total de la superficie del terreno para construir. Si puede ambas, tampoco dudará en hacerlo.

Podemos concluir, entonces, que la responsabilidad está en la norma, la cual debe estar a favor de la ciudad, o al menos, ser consecuente con su identidad. Como dicen por ahí, la experiencia ajena, justamente es ajena y además no duele, por lo tanto, sería muy sabio aprender de ella. Bosques de Montemar hizo vista ciega y cometió el mismo error reemplazando el follaje de sus árboles por una selva de cemento. Hoy, la anhelada vista al horizonte, olor a bosque, puesta de sol y tantas bondades naturales fueron reemplazadas por una suma de fachadas de edificios que van brotando uno al lado del otro, regalándole una fría sombra a las tres de la tarde y extrañas corrientes de viento entre volúmenes. Cruda realidad si pensamos que esta consecuencia es producto de una interferencia entre edificaciones, una deslealtad de un proyecto con el otro, que deja de serlo, si es que la norma no establece lo contrario, pasando la arquitectura a un segundo plano, aun siendo proyectado por arquitectos.

Lamentablemente, los intereses apuntan a la venta inmediata y más elevada de tal seccional, evidenciando, de esta manera, que cualquier inversión que no esté directamente relacionada con la obtención de beneficios al corto plazo, no es de interés, pagando las consecuencias los propios habitantes de la ciudad.

PD: Como Bosques de Montemar nunca va a dejar de ser monte y tampoco va a perder el olor a mar, no era tan malo matar el tercero de sus potenciales.

 

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