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EDICIÓN | Abril 2016

Palmira: que la destrucción, el robo y el abuso sirva de advertencia

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
Palmira: que la destrucción, el robo y el abuso sirva de advertencia

Alguna vez se llamó Tedmurta, y también Tadmor. Como otras ciudades de la Mesopotamia, fue un activo centro de comercio, una gran urbe llena de gente y de curiosos contrastes: bazares repletos de mercaderías, callejones estrechos, edificaciones apretadas, puertas y escaleras que comunicaban techumbres y terrazas; en otras áreas, el fasto, la elegancia. El evidente deseo de expresar poder. Palacios sobrecargados, templos celestiales. Fue incorporada a los imperios que dominaron el Oriente: asirio, babilonio, persa; el helenístico, finalmente quedó bajo la égida del imperio romano.

Para entonces, Palmira ya era un poderoso enclave, fluido centro de negocios, y cruce de caravanas provenientes desde la Arabia, de África, desde el Asia Interior. Palmira era la conexión preferida hacia la Ruta de la Seda. Por lo mismo, por Palmira pasaban todos los tipos humanos; se oía y hablaba toda lengua importante; no obstante los habitantes y dueños de Palmira eran árabes parlantes de arameo; todos dedicados o relacionados —de un modo u otro— con el comercio. Todos prósperos, magnánimos, orgullosos; cada quien según su riqueza y posibilidad, contribuía y donaba generosamente a su ciudad. De esa manera se financió, a lo largo de siglos, la colección de obras monumentales que exhibía Palmira, ciudad que desafió en belleza a Babilonia, a Persépolis, más tarde a la misma Roma. Fue por siglos, unas de las joyas del Oriente.

Por dos milenios, Palmira estuvo en su cenit; ciudad de mercaderes, los palmirenses amaban y buscaban la paz necesaria para hacer sus negocios. Por eso, se aseguraban la protección poniéndose al alero y cuidado del imperio de turno; obviamente eligiendo al más fuerte. Pero, en el año 260, Odenato, rey de Palmira, se involucró en una guerra sin fin entre Roma e Irán. Craso error. La amistad de Roma siempre tenía su lado muy costoso. Odenato, apoyado por los romanos, se dio el gusto de derrotar al emperador persa Shapur I. Mas no sacó bien sus cálculos porque el enfrentamiento apenas sí comenzaba. Quedó obligado a una amistad filosa con Roma; mientras al otro lado de la cercana frontera, el imperio persa mostraba los dientes amenazante. Al morir Odenato, su viuda, la reina Zenobia, decidió apostar por el bando opuesto. Anunció su independencia de Roma, creyendo que los persas la apoyarían; y no fue así. El césar Aureliano llegó hasta Palmira con una fuerza terrorífica, atacó la ciudad y la arrasó. ¡Escarmiento ejemplarizante! Roma hacía esas acciones cada cierto tiempo y cada vez que tenía la oportunidad, para advertir qué le sucedía a una ciudad rebelde. Zenobia fue llevada encadenada a Roma y paseada por las calles en cruel, vil, e indigno espectáculo.

Tiempo después, Diocleciano restauró la ciudad de Palmira; aunque la hizo más pequeña. Con todo, volvió a ser la importante urbe comercial; atestada, polvorienta, fragante en aroma de especias y perfumes, siempre abierta a las novedades. Así, llegó el cristianismo, más tarde el Islam; y junto a los viejos templos mesopotámicos se levantaron pequeñas iglesias, después las mezquitas. Pero Palmira seguía siendo la misma; sus calles estaban disponibles a todo el mundo; sus bazares, repletos de alfombras y tapices de Afganistán, sedas de China, pieles de Rusia, perlas de Persia.

Y pasaron los siglos. La expansión de los turcos acabó con la Ruta de la Seda. India y China quedaron mejor conectadas por mar, y Palmira se fue derruyendo a zarpazos y asaltos. Siempre ha sido igual; del árbol caído todos hacen leña hasta que no queda ya nada que robar. Llegó el presente, y se podría decir que las ruinas de Palmira estaba intactas hasta no hace mucho. El resto lo sabemos. La intolerancia fanática, el radicalismo obtuso, la estupidez e ignorancia disfrazada de piedad, demolieron las piedras venerables de Palmira.

No obstante, esa destrucción tiene su parte aún más tenebrosa. El tráfico de obras antiguas, alentado por los mismos que se horrorizan con la demolición de Palmira. El Museo de Palmira fue destruido deliberadamente, para ocultar el robo descarado de piezas que hoy están en mansiones y caserones de Europa y América. No justifico las atrocidades hechas por los yihadistas del estado islámico. Mucho más me disgusta y entristece el cinismo y la hipocresía que destruye Palmira, Hatra, o Nimrud, cada día; y que en mi propia patria hace la vista gorda mientras se quema a Chile de a poco, o se le transforma en un triste y hediondo basural.

 

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