Se han formado bandos. Los vapuleados AC/ DC declaran que jamás se apartarán del formato álbum mientras Muse, la banda británica que aspira a suceder a U2 como monarcas del rock de estadios, no parece interesada en lanzar nuevos discos. No se trata de abandonar las grabaciones, sino que el formato no convence como antes. En el pop y la música electrónica la tendencia es lanzar sencillos antes que un título tradicional. Otros hacen del álbum un ejercicio elástico. El jerarca del hip hop Kanye West editó su última placa The life of Pablo en la plataforma Tidal, alterando durante semanas el listado de canciones, dotando a la idea de álbum de una configuración inédita.
Es curioso porque este sistema promocional dominante, donde sitios como Spotify y Apple Music destacan los singles por sobre los nuevos discos, resulta prácticamente idéntico al aplicado en los orígenes del rock y el pop en los años cincuenta, cuando el long play (LP) era secundario y solía armarse con sencillos ya editados junto a material de relleno. El LP solo adquirió categoría en la década siguiente gracias a The Beatles y Bob Dylan, quienes decidieron formatear un concepto, contar una historia por partes, o girar en torno a una idea con distintas canciones aprovechando los cuarenta y cuatro minutos disponibles. Y fueron los de Liverpool los pioneros, además, en visualizar al álbum como una pieza de colección poniendo talento en el arte de las carátulas e imprimiendo las letras, a partir del clásico Sgt. Pepper’s lonely club hearts band (1967).
Si el compact disc casi acabó con el viejo vinilo, en la era digital se ha revalorizado entre flamantes melómanos y amantes del vintage. Un artefacto del pasado que sobrevive en un nicho, aunque los artistas nuevos amenazan al producto. Prefieren el fuego graneado de canciones sueltas al bombazo único de un solo título.