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EDICIÓN | Marzo 2016

Inicia el vuelo

Ignacio Gana, escultor.
Inicia el vuelo

Es uno de los artistas jóvenes más importantes del país y expone en paralelo en las más importantes galerías de Chile y Estados Unidos. Convencido de que es el momento de dar el salto y de que sus esculturas lleguen cada día a más personas alrededor del mundo, prepara sus maletas y a su familia para partir a vivir a Miami. Con camas, petacas, herramientas, niños y muchos sueños, Ignacio abre sus alas para comerse al mundo.

Por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló A.

Su taller es una casa de moderna arquitectura en lo más alto de La Dehesa. Ahí convive, día a día, con decenas de esculturas, con personajes que ha ido creando con los años, con expresiones y miradas que conoce de memoria, porque él mismo les ha dado vida.

Entre moldes y herramientas se cuelan papeles, cientos de documentos y formularios que debe recolectar para la visa que le permitirá vivir desde mediados de año en Estados Unidos. Sobre la mesa hay una carta de recomendación de la casa Christie’s. Ignacio Gana no es cualquier artista.

Arquitecto de profesión, reconoce ser un poco lejano al circuito de los artistas locales. Quizás porque no los conoció en la época universitaria, quizás porque vive el día encerrado y solo en su taller precordillerano. Casado y con tres hijos pequeños, se reconoce trabajólico. Todas las mañanas deja a los niños en el colegio y llega a trabajar, de lunes a viernes y en horario de oficina.

¿Por qué te vas? ¿Sientes que nadie es profeta en su tierra?
Me voy por una cosa más personal. Afuera hay una vorágine artística increíble y muchas veces Chile se queda más atrás. Aunque reconozco que se están haciendo muchas cosas, ellos ya vienen de vuelta. Mis esculturas acá llegaron a un formato que es el límite, pero en otras partes no hay escalas, se pueden hacer cosas monumentales. Hay infraestructura, pero también una red de apoyo, becas, fundaciones, empresas que financian y eso abre muchas opciones. En Chile los artistas remamos muy duro y, aunque sé que allá hay más artistas, me voy súper convencido de que mi trabajo se sustenta.

¿Te vas definitivamente o te impusiste un período de prueba?
Me voy. Y si tengo que moverme lo hago, estoy súper abierto. El mundo está globalizado y sólo me llevo el estuche con mis herramientas, porque puedo trabajar en cualquier lado. Soy de mochila liviana y voy a seguir trabajando con mi galería y mis dealers de acá, no me voy a desaparecer. Me encanta, pero también creo que si hubiera nacido en otra parte, a lo mejor habría crecido rodeado de arte. No hay duda que para un artista, por ejemplo, nacer en Punta Arenas es muy adverso.

¿Crees que ese aislamiento tiene que ver con el nivel de los artistas chilenos?, porque la mayoría de las veces cuando logran dar el salto les va muy bien…
El hecho de estar tan alejado de todo te hace ponerte más las pilas, trabajar el doble para conseguir un logro y hay un sello muy propio que tiene que ver con el esfuerzo. Para un artista que vive en Chile es mucho más difícil conseguir proyectos internacionales. A mí me acaban de ofrecer uno en Dubái y el gallo me preguntaba si era cierto que yo vivía en Chile.

DEL PLANO AL ARTE

Ignacio dedica parte importante de su tiempo a las redes sociales. A través de Facebook e Instagram da a conocer su trabajo alrededor del mundo y tiene cerca de cincuenta mil seguidores, todos amantes del arte. Por lo mismo, es un convencido de que la globalización es clave para su labor.

¿Por qué hiciste la vuelta larga y partiste estudiando arquitectura?
Nací en una familia donde había que estudiar una carrera tradicional. Como dibujaba bien, arquitectura era la opción. Y la verdad es que me gustó mucho y encontré que todos hablaban mi mismo idioma. Pero nunca dejé de pintar. Cuando egresé ya había expuesto varias veces. Trabajé tres años como arquitecto, pero lo otro comenzó a agarrar fuerza. Primero reduje la pega a medio día, pero a poco andar me di cuenta de que podía vivir y ser más feliz con el arte. Y ya no tengo vuelta.

¿Cuánto influye tu profesión en tu obra?
Soy muy perfeccionista y mi pintura no podría ser abstracta. Hay un juego con lo vertical, con que las cosas tienen que estar paradas, además de ciertos elementos reconocibles de la arquitectura, como las proporciones. Lo otro es la disciplina, trabajo sin parar… si no hay inspiración tengo otras cientos de cosas que hacer. Y soy muy autocrítico. Me gusta trabajar solo, mi taller es mi cueva, el espacio en que mejor me siento, donde trabajo y nacen buenas obras.

DE LA TELA A LA VIDA

Partió pintando. Cuando nació su tercera hija tomó la decisión consciente de dar un salto, de probar cosas nuevas. Quería ser un artista integral y probó con grabados e ilustraciones, pero su pasado como arquitecto y las maquetas lo llevaron a la escultura. El cambio fue más que positivo, marcó un antes y un después en una carrera que explotó desde ese momento.

Sacaste a los personajes de tus cuadros…
Sí, son los mismos. Los empecé a sacar. Me di muchas vueltas con los materiales. Pensé en la madera, pero cuando pintaba sufría de muchos dolores en los brazos, así que pensé en algo más moldeable. No me gustan los ruidos ni vivir todo sucio y la piedra no era una opción, menos la soldadura de estructuras gigantes. Así que decidí que la plasticina iba a ser mi mejor amiga. Mis obras nacen de ahí, las voy moldeando y armando, construyo de la nada. Cada pieza tiene un año de trabajo, un proceso larguísimo. Una vez que la figura está moldeada, la corto en varias partes y cada una de ellas se transforma en un molde con ocho baños de silicona y uno final de yeso. Después de eso, se le echa cera por el perímetro, varias veces. Entonces recién puedes abrir el molde y sacar una parte de la figura, que se sumerge en pegamento y cemento en varias capas, con días de espera entre medio, hasta formar una costra. De ahí va al horno, la cera se derrite y queda el cemento. Recién entonces partes a la fundición a echarle el bronce derretido. Después se golpea hasta que va apareciendo la figura. Se comienzan a soldar las partes, se pulen con arena a presión y se le aplica óxido de cobre con fuego para acelerar el proceso de oxidación y lograr tonalidades verdes. Cada pieza es carísima… yo tuve que vender mi auto para hacer las primeras.

¿Trabajas en líneas de producción, con varias esculturas en distintas etapas?
Sí, si no me voy a la bancarrota. Planifico desde el primer momento, si vendía una podía hacer otra. Trabajo varias en paralelo, siempre con una exposición en mente, que tiene entre quince y dieciocho obras.

¿Quién es la mujer de tus obras?
Mi señora me pregunta lo mismo… (se ríe). Es un personaje que he ido construyendo para que a mí me guste. Los hombres se parecen mucho a mí, en mis tiempos de gloria. La gente se relaciona con sus esculturas, les pone nombres, les hace cariño. Finalmente uno crea personas… y eso es muy loco.

¿Y hay una conexión con el agua?
Me encanta, me gusta mucho la sensación de refrescarme, es como empezar de nuevo. Y todas mis culturas cruzan esa temática, me interesa que sean frescas, alegres. Lo mío es la imagen y me da lo mismo si alguien lo encuentra muy liviano… la belleza me importa y prefiero que mi trabajo sea bonito. No podría ser algo agresivo ni violento.

 

"Soy muy perfeccionista y mi pintura no podría ser abstracta. Hay un juego con lo vertical, con que las cosas tienen que estar paradas, además de ciertos elementos reconocibles de la arquitectura, como las proporciones”.

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