Tell Magazine

Entrevistas » Mundo Empresarial

EDICIÓN | Marzo 2016

Tradición musical

Jorge González Chilepianos
Tradición musical

Aprendió el oficio de su abuelo y luego de dar varias vueltas buscando su destino, decidió que tenía que hacerse cargo de su herencia y de sus talentos. Afinador, restaurador y hoy vendedor de pianos, tiene involucrada a toda la familia en un emprendimiento que suena bastante bien.

Por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló A.

Por pinta nadie podría apostar que lo suyo son los pianos. Tiene más apariencia de rockero que de afinador, sobre todo cuando llega en su moto y nos cuenta que hace sólo unos meses se cortó los dreadlocks que le llegaban a la cintura.

Hace poco inauguró junto a su mujer, Paulina, la tienda Chilepianos en pleno corazón de Ñuñoa. Después de varios años en un espacio más pequeño, decidieron dar el salto y lanzarse con uno más grande, donde están instalados más de veinte pianos y donde también existe un taller de restauración, una sala de clases, un escenario para conciertos y una pequeña cafetería.

Recorrer el lugar es como viajar a un lugar mágico. De esos que uno no sabe que existen en la ciudad. Pianos modernos y otros antiguos, de cola y verticales, negros, cafés y blancos. Y en el segundo piso un taller, pianos desarmados y dos técnicos como sacados de una película que revisan piezas, limpian, aprietan clavijas y tensan cuerdas. Los niños de la familia corren por el lugar como si estuvieran en casa y tocan las teclas con total libertad. Se nota que crecen rodeados de música.

Jorge “Coke” González es el gestor de esto. Pero no el que inició la tradición. Fue su abuelo, Hernando González, quien empezó a trabajar con pianos a mediados de los cincuenta. Comenzó afinando y después aprendió a restaurar, motivado por su gusto por la música, su experiencia tocando el violín y su fascinación por construir instrumentos. Él fue quien le enseñó el oficio a su nieto mayor.

“Yo pasaba mucho tiempo con él y de a poco me fue incluyendo en su trabajo. Me acuerdo que a los nueve años me pagaba un peso por cada pieza que yo limpiara, desarmara o pegara. Y siempre estaba en eso. Me fui metiendo en el tema, aprendí a tocar y a leer música. Hasta que me presentaron la guitarra eléctrica y me volví loco, formé una banda de rock y me dediqué a eso”.

Cuando terminó el colegio entró a estudiar fotografía, pero no le gustó. Se retiró y acudió a su Tata para que lo ayudara a trabajar. Fue entonces cuando aprendió a afinar pianos. “Pero mis proyectos no pasaban por ahí, yo quería ser un rockstar, de hecho, tuve buenas oportunidades, toqué en bandas de metal bien reconocidas, grabé un disco y me fui a vivir a Suecia”. Pero antes de irse, su abuelo lo invitó a hacer algunos cursos, donde descubrió que todo lo que le había enseñado era correcto, pero donde, además, aprendió el fundamento teórico y científico detrás del mecanismo de un piano.

“Cuando estaba en Suecia me quedé sin plata. Como había llevado mi llave de afinación, partí a ofrecer mis servicios a una tienda de instrumentos. Caí parado, porque el afinador llevaba seis meses enfermo y necesitaban urgente a alguien que hiciera su trabajo. A los pocos meses comencé a hacer restauraciones, al principio con mi abuelo al teléfono dándome las instrucciones paso por paso”.

¿Por qué no te quedaste allá? Europa parece el paraíso para alguien que trabaja con pianos…
Llegó un momento en que necesité volver, me deprimí y estaba muy solo. Entonces pensé que si Dios me había hecho nacer en Chile era por algo y que era aquí donde tenía que estar.

LA HERENCIA Y EL TALENTO

Dos años después de su regreso, en 2005, don Hernando González murió. Para Coke la pérdida de quien fuera una gran imagen paterna fue muy fuerte, pero algo más le pasó a partir de ese momento.

“Todo fue un poco milagroso. No hay estrategias ni grandes ideas y la verdad es que nunca pensé que se pudiera vender un piano. Antes de morir, mi abuelo me pasaba pegas, me mandaba a afinar, pero yo nunca me lo tomé realmente en serio, trabajé en otras cosas, hacía sonido en un estudio, seguía tocando y trabajé en una productora. El 2008 me casé y ese mismo año me quedé sin pega y me vi en una urgenciade plata. En ese momento me acordé de un proverbio, que habla de una persona que se está quedando dormida en la tierra heredada sin aprovecharla y a quien Dios le está llamando la atención. Y sentí que me estaba hablando a mí, que yo tenía algo y debía usarlo”.

Partió a buscar las libretas de su abuelo y a contactar antiguos clientes. Mientras tanto, repartía tarjetas en los edificios y caminaba buscando pianos que necesitaran ser afinados.

Costó pero lentamente comenzaron a aparecer algunos clientes y el boca a boca empezó a funcionar. Hasta  que una llamada mágica le cambió la vida. “Recibí un llamado desde Viena, en que el representante para Latinoamérica de la marca Feurich me preguntaba si quería hacerme cargo de la marca en Chile. Nunca les he preguntado directamente como llegaron a mí, pero acepté de inmediato”.

“Ni siquiera tenía donde poner los pianos. Tuvimos que habilitar un galpón que había en la casa de mis abuelos. Cuando llegó el camión lleno no lo podía creer… antes de eso yo había visto cuatro pianos nuevos en mi vida. No pagué nada, fue un voto de confianza increíble, porque ellos no me conocieron hasta dos años después. Me demoré nueve meses en vender el primero. Estaba desesperado, tenía un piano que costaba dieciocho millones de pesos y no sabía cómo iba a responder si no se vendía. Hasta que se fue uno y ahí empezaron a caer, uno por mes. Desde ese día hasta hoy he vendido ciento cincuenta pianos, nuevos y usados”.

EL TOQUE MODERNO

“Chilepianos surge en el primer momento, cuando salí a repartir la primera tarjeta lo hice bajo ese nombre. Después del galpón en la casa de mis abuelos me fui a una casa en Seminario, donde tenía que meter todos los pianos en cincuenta metros cuadrados. Lo de la tienda se fue dando por la misma demanda”.

Pero con clases, cafetería, conciertos… igual hay un toque 2.0
Sí, cuando alguien me preguntó si daba clases partí a conseguir un profesor… lo del café es importante porque la compra de un piano no es impulsiva, los clientes vienen acompañados, se quedan mucho rato, se dan hartas vueltas. Y lo de los conciertos es porque realmente creo que uno tiene que ser un aporte a la cultura y muchos pianistas soñaban con tener un espacio para tocar; y yo se los entrego.

¿Cómo evalúas los resultados?
Estamos partiendo, pero el mes pasado ya vendimos cinco pianos, que era el promedio que llevábamos antes, así que supongo que es un buen augurio. Comprarse un piano no es como comprar pan, muy pocas veces me ha pasado que una persona viene, elige el piano y lo compra. Es muy raro. Y aunque hacemos negocios con instituciones, nuestro fuerte es el cliente particular. Pero en paralelo tenemos el negocio de afinación, mantención y reparación y ahí si funcionamos más con organizaciones, universidades u orquestas.

¿La ubicación de la tienda no es casual?
No, para mí era muy importante que fuera en Ñuñoa, porque se entrega una señal de no segmentar el acceso a un instrumento como este y a la cultura. La gente que puede comprar viene a buscarlo, pero no me llevo la tienda al barrio alto y les digo a los demás que esto no es para ellos, aunque no puedan pagarlo y sólo quieran venir a escuchar un concierto.

¿Los clientes se sorprenden con tu apariencia?
Sí, todos. Cada vez que voy a la casa de alguien a afinar un piano me dicen “yo esperaba un viejito”. Mi abuelo, cada vez que le advertía a un cliente que le iba a mandar a su nieto chascón y en moto, decía: “es joven, pero tiene paciencia de viejo”. Y así soy.

 

"Me demoré nueve meses en vender el primero. Estaba desesperado, tenía un piano que costaba dieciocho millones de pesos y no sabía cómo iba a responder si no se vendía. Hasta que se fue uno y ahí empezaron a caer, uno por mes. Desde ese día hasta hoy he vendido ciento cincuenta pianos, nuevos y usados”.

Otras Entrevistas

» Ver todas las entrevistas


OPINA

  • Verificación Anti SPAM, Ingrese el resultado de la siguiente operación4+6+8   =