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EDICIÓN | Marzo 2016

Cerebro y corazón de la memoria

Por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián.
Cerebro y corazón de la memoria

La Biblioteca Nacional cobija nuestras hazañas dignas de ser recordadas, preservadas en soporte escrito y audiovisual. Lo verídico en crónicas, libros y periódicos; lo mítico en novelas, cómics o radioteatros.

Es buena idea guardar todo el conocimiento acumulado por la humanidad en un solo lugar. Es una noción parecida a la que tenemos con internet y sus buscadores: inmediato, transporta la mente desde el escritorio a otras latitudes, en reportajes, fotos o leyendas. Claro que por más de doscientos años, el hipervínculo lo hizo uno mismo, de libro en libro, manuscrito en manuscrito, sala en sala de la majestuosa Biblioteca Nacional.

Fue una de las primeras instituciones de la República ya independiente, porque nuestros próceres anunciaron públicamente su creación el 19 de agosto de 1813. La Junta de Gobierno pedía a los vecinos que donaran material bibliográfico: los nuevos ciudadanos debían estar informados y la letra era la vía al conocimiento en la época.

Se fue nutriendo con colecciones de la Universidad de San Felipe y las de grandes “bibliófilos” y literatos, como Andrés Bello, Mariano Egaña, Benjamín Vicuña Mackenna, Claudio Gay o Diego Portales. A poco andar se estableció la práctica de canje y el depósito legal, que obliga hasta hoy a todas las imprentas del país a entregar una copia de cada libro que publiquen. Fueron a reposar allí los archivos de los juzgados, tesoros bibliográficos de siglos anteriores, grandes “clásicos”. Custodia primeras publicaciones realizadas en suelo nacional, como el Modo de ganar el Jubileo Santo (1776) y la Aurora de Chile. También manuscritos originales de estrellas nacionales.

No solo de letra escrita vive este centro. Otros recuerdos también se acomodan en sus estanterías y subterráneos: partituras, libretos y registro sonoro de música, se recopila nuestras tradiciones orales, cuentos, refranes, devociones, remedios populares, recetas de cocina, imágenes, fotografías, películas de cine y de familias, mapas y cartas topográficas. Por eso, su rol venerable de custodia de la memoria de la nación.

Para tan noble propósito se han destinado varios espacios públicos. Cinco en total. Primero en la manzana actual que ocupa el Teatro Municipal (a la sazón, edificio de la Universidad de San Felipe). Quedó chico, así que los volúmenes residieron otro tiempo en el antiguo edificio de la Aduana de Bandera y Compañía, luego hubo edificio propio en Bandera y Catedral. Un siglo después de su fundación, en 1913, se buscó un terreno propio, donde las monjas clarisas, y ya en 1925 se inauguró su flamante ubicación actual, en Alameda, Miraflores, Mac Iver y Moneda. Fue diseñado por el arquitecto chileno Gustavo García del Postigo en estilo neoclásico, que se usó en varios edificios públicos de la época.

En el siglo XIX ya era conocida dentro de la vida intelectual del país. Ahí han tenido su sede y oficina de trabajo numerosos escritores e investigadores y curiosos personajes, como el que consulta los obituarios o el que lee las noticias del día, pero del año anterior.

La emoción genuina del estudiante de humanidades cuando se acerca al mesón y vive su iniciación en un nuevo vocabulario que incluye catálogos, legajos, microfichas. Allí accede por primera vez al mundo entero: nunca vamos a conocer a Medina, pero sí su escritorio de trabajo, ni la guerra de Arauco en persona, pero sí La Araucana. Copiar a mano en innumerables fichas temáticas el resultado de los hallazgos del pasado. Tardes enteras leyendo en silencio, cabeceando apenas.

Sus salones altos, suelos de mármol, hermosas obras de arte plástico, los retratos de antiguos directores del lugar, como don Manuel de Salas o Fray Camilo Henríquez o reliquias que celebran nuestras letras, como la prensa en que se imprimió La Aurora de Chile.

Ya en pleno siglo XXI, continúa su necesaria labor, incorporando tecnología para los que no manejan tanto el papel, pero sí viven de la información que contiene. Ya el catálogo, publicaciones y contenidos propios, y el portal Memoria Chilena son consultables desde la pantalla. Que no se crea nuevamente que la biblioteca es un depósito. El conocimiento a la disposición del mundo, esta vez desde lo virtual.

 

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