Ni patriarcado ni matriarcado, solo personas poniendo sus fortalezas al servicio del bien común, al interior de la familia o en el ámbito laboral.
Un largo camino ha debido recorrer la mujer para avanzar en el reconocimiento de su importante rol en la sociedad. Un camino de obstáculos que ha sorteado con sabiduría y perseverancia. Hace tan solo tres generaciones, salvo excepciones, las mujeres no tenían las oportunidades que tienen hoy. Ahora tienen acceso a la educación, estudian carreras profesionales y están integradas al mundo laboral. Pero estudiar una carrera y formar parte de la fuerza laboral de un país no es suficiente.
Falta camino por recorrer para una participación de la mujer más significativa y gratificante, desafío que le corresponde asumir a la educación, entendida como la escuela y la sociedad en su conjunto, con el fin de facilitar el desarrollo de mujeres y hombres.
Ofrecerle desde la infancia una educación inclusiva, que implique integrarse a un espacio de convivencia libre de estereotipos, sexismos y prejuicios de género, en el cual pueda desplegar todas sus habilidades y capacidades en igualdad con sus compañeros varones.
Una educación situada, que ponga a su disposición y despierte su curiosidad por la inmensidad de la cultura, con sus luces y sombras, su asombrosa belleza, sus códigos secretos, y sus múltiples significados explícitos e implícitos. Cultura que está en las calles, en los libros, en el arte, en las costumbres y creencias, en las instituciones, en la prensa, en la política, en los diversos discursos, en los espacios reales y virtuales.
Una educación para la convivencia, el cuidado del medioambiente, y la vocación social, útil para orientar el discernimiento hacia acciones concretas y consecuentes en la vida cotidiana. No se trata solo de ser eficiente y productiva en el trabajo y en el hogar. Se trata de saber que cada cosa que haga debe contribuir al bienestar de todos, incluido el suyo; se trata de disponer de mejores herramientas para gestionar sus habilidades y conocimientos, sin caer en manipulaciones de género que aún persisten en el imaginario social, ni en la trampa de su propio temor de no estar a la altura de las exigencias que se hace a sí misma.
Una educación compleja, que no le imponga límites al conocimiento. La educación superior, la universidad, puede integrar contenidos provenientes del llamado paradigma de la complejidad, promoviendo la formación de profesionales más completos, flexibles y abiertos, que no ven límites rígidos y artificiales entre las disciplinas. El mundo de hoy necesita profesionales capaces de afrontar los problemas desde un enfoque interdisciplinario y colaborativo.
Finalmente, una educación para el amor, que abra espacios a la espiritualidad, al sentido de la vida y al bienestar. La mujer tiene un gran potencial sanador, puede aportar decisivamente a robustecer lo que Teilhard de Chardin llamó la Noosfera, un estrato de inteligencia amorosa que opera silenciosa y concertadamente como expresión de la conciencia universal, para abrir paso a nuevas formas de comprender la vida, como un todo integrado donde la paz es un bien preciado, el llamado bienestar subjetivo es responsabilidad de cada persona, la austeridad es un modo saludable de vivir, donde disentir es necesario e implicarse en las pequeñas y grandes decisiones es un deber ineludible.