En Chile, en el año 1611, se introdujeron y plantaron 498.500 plantas y otras muchas más los años siguientes, las cuales y sin lugar a dudas, debieron producir un verdadero impacto en la producción de mostos. La técnica aplicada en los cuarteles de viñas de todos los valles es semejante a la utilizada en Andalucía y en Castilla, viñedos bajos en altura, a diferencia de otras regiones de América del Sur. Lo que se gana en altura también redunda en la producción, según Vásquez de Espinoza.
La conquista y colonización de América, desde Cristóbal Colón en adelante, obligó a los Reyes Católicos y luego al Emperador Carlos V, a aplicar políticas eficientes para lograr la permanencia de miles de pasajeros ansiosos de hacerse ricos al más breve plazo, aunque la vida se les fuera en el intento. En Chile, el oidor don Alonso de Solórzano y Velasco señala al gobernador Pedro Porter y Casanate, que en ciento cinco años de guerra se han perdido veinte mil hombres y gastado diecisiete millones de pesos. Para la monarquía, era el precio a pagar para conservar los territorios y sus pueblos originarios para evangelizarlos, cumpliendo el Patronato Regio. El proceso de colonización se desarrolla con los españoles intentando alcanzar plena autonomía en América y la Corona y su Real Consejo tratando de imponer un férreo control con sus virreyes, gobernadores, oidores y obispos. Los primeros, coaccionando con la amenaza de abandonar América si la Corona no accedía a sus demandas, y la Corona cediendo a medias, pero reafirmando cada vez más su autoridad. Así, una de las primeras concesiones hechas por los Reyes Católicos y refrendados por Carlos V, quien en 1523, concede trasladar cepas y estacas a Centroamérica y su distribución hacia las fronteras del norte y del sur. Pedro de Valdivia al regresar del Perú a Chile, en 1549, tuvo el deleite de saborear las uvas del Mapocho y Francisco de Aguirre de cosechar sus vinos de Copiapó, Elqui y Limarí. Estudios realizados el año 2007, por un grupo de biólogos moleculares, enólogos, ingenieros agrónomos e historiadores, han identificado la Uva Canaria o Listán Negro y la Negra Moll Canaria, en un ciento por ciento y sin mezcla, en la elaboraciónde los vinos de Perú y la Misión de California. Canarias, a inicios del siglo XVI, exportó pequeñas cantidades de vino y en mayor medida aguardiente hacia Yucatán, Venezuela y las Antillas, siendo monopolio exclusivo de Andalucía y el puerto de Sevilla, capaz de abastecer la creciente demanda y producir miles de arrobas de vino y aguardiente. Desde 1550 cubre los mercados de Nueva España y toda Centroamérica hasta Nueva Granada. El Virreinato del Perú, pese a este monopolio y al desabastecimiento estimuló la producción de vino, en tres regiones: Ica, con 800 mil botijas al año; Arequipa más de 170.000; Majes más de 90.000; Nazca con 70.000 y Pisco con 12.000. Moquegua es el centro más importante de producción de botijas peruleras, que llega al millón, según estudios norteamericanos. El Reino de Chile, a su vez, será autosuficiente para abastecer sus mercados interiores y exportará por Cobija, Iquique y Arica hacia el Alto Perú, Lima y Trujillo. Sin embargo, la carencia de mano de obra, las modestas extensiones de tierras bajo riego, la falta de capitales para financiar la infraestructura, condicionan la producción de vinos y aguardientes. La fabricación de botijas queda en manos de órdenes religiosas y empresarios.
La preocupación de los señores de viña es lograr la calidad del vino, por ejemplo, en el Valle de Elqui está la cepa italiana, huasquina y torontel, uva negra, viña blanca, San Francisco Negra y uva del Padre. En Punitaqui, la Torontel, Diaguitas y Marquesa La Alta y Baja. Las grandes propiedades jesuitas, tienen registradas para el siglo XVII la uva Italia y la moscatel de Alejandría. En la zona centro-sur es más común la uva País. Y esta es una de las líneas claras y precisas de la materia primigenia para fabricar el aguardiente durante cuatro siglos, con sus peculiares características aroma sabor y suavidad.