Algunos lo viven los domingos en la tarde, otros después de un fin de semana largo y el resto lo vivirá al regresar de vacaciones. Se experimenta como una parálisis, angustia, panza apretada y la sensación de que hay mucho que hacer pero no se hace nada. Esta sensación aumenta en la medida que anochece o se acerca la fecha de empezar otra vez con la rutina.
Es como sentir que se nos viene todo encima y que no sabemos por dónde empezar, solo la cabeza funciona a mil y el cuerpo es incapaz de moverse y en la medida que aumentan las horas esta sensación de parálisis también aumenta, lo que para algunas personas es un momento en el que casi habría que tomar un medicamento para calmar esa sensación tan desagradable.
Parece que lo que ayuda es obligarse a ordenar, hacer una lista de todo lo que se hará, ya sea al otro día, o al inicio de esa nueva etapa, pero para nada quedarse quieto o quieta; eso sólo aumentará la angustia. Planificar, ordenar desde los placar o closet, o lo que se quiera, pero que implique movimiento. La quietud es lo peor.
En países como el nuestro, donde a finales de febrero se terminan para muchos las vacaciones, se le podría llamar a esto estrés post vacaciones, ya que muchos experimentan sensación de agobio por todo lo que hay que enfrentar en ese inicio de año virtual pero real que comienza en marzo.
Que cambien las etapas es maravilloso, es señal de que avanzamos. Que se acaben las vacaciones para los que las pudieron tener también es un regalo. Significa volver a sentir que uno aporta a este mundo desde su lugar y que ese trabajo es el que, además de disfrutarlo —como debiera ser siempre— es el que nos permitirá continuar cumpliendo sueños, incluso planificando futuros descansos.
Marzo, un lunes, un regreso de un fin de semana largo, no es el problema; el problema parece ser cómo lo enfrentamos y planificamos para comenzar livianos del alma lo que haya que comenzar. Este verano, particularmente, mezclé descanso y trabajo y la angustia de comenzar la enfrenté moviéndome; ordenando closet, eliminando cosas, dejando más livianos los espacios, limpiando y haciendo listas.
Puede que no esté regresando de vacaciones, que esta angustia la viva los domingos, por el ingreso a clases, por volver a asumir responsabilidades, etc.; sea por lo que sea, respetemos esa sensación, tratemos de sentirla como una información sobre lo que hay que hacer, pero por sobre todo una invitación hacia el movimiento y, por qué no decirlo, a seguir creciendo, a enfrentar la vida con todo lo que nos traiga.
Muévanse, anoten, hagan listas, pero saquen la información de sus cabezas, así se podrán conectar con el presente y dejar de anticipar el futuro que parece siempre hacerse desde la angustia.
La pregunta ¿dónde estoy y que estoy haciendo?, es un buen ejercicio para que estos síntomas disminuyan. Es maravilloso, recomenzar, solo hagámoslo bien.