Los integrantes de Coldplay le enviaron un tema como oferta de colaboración y la respuesta fue “no es una canción muy buena, ¿no?”. Hasta para negarse David Bowie tenía estilo, pero acá en Chile el público, en masa, aprueba con reacción entusiasta al cuarteto inglés. Mientras The Rolling Stones montaron una insistente campaña en televisión para tratar de llenar el Estadio Nacional, el próximo 3 de abril la bandaliderada por Chris Martin se presentará en el recinto más grande del país agotado con meses de antelación y en pocas horas, marcando un hito. Traen su séptimo álbum, A head full of dreams (2015), donde retoman la senda del rock de vocación absolutamente transversal, después de un título más taciturno como fue Ghost stories (2014), inspirado en el divorcio del vocalista y la estrella del cine Gwyneth Paltrow.
Esta vez retoman los coros de carácter litúrgico, herederos de los primeros años de U2, cuando los irlandeses no ocultaban sus cercanías con el cristianismo, y se abanderizaban con las grandes causas. Es un disco más preocupado de los consensos que la propia personalidad. Aparece Beyoncé, el DJ estrella pop del momento Avicii, en un tema toca guitarra el ex Oasis Noel Gallagher, y la ex esposa del líder canta por ahí, demostrando que aún son amigos.
La música de Coldplay es así, como si cada canción fuera el cierre de una cruzada para que la gente levante los brazos y se emocione en una calculada comunión de efecto balsámico. No se puede culpar al público por inclinarse ante una banda con actitud arrulladora. Tampoco se olvida que el verdadero rock, aquel que ha trascendido, busca sacudir cuerpos y conciencias. Para lo otro existen las canciones de cuna.