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EDICIÓN | Marzo 2016
Infancia, adolescencia y juventud

La especie humana ha tenido cerca de 110.000 millones de seres humanos (hoy somos casi 7.000 millones), y es difícil considerar alguno como insustituible. Pero podemos hacer unas contadas excepciones. Sin Abraham, ni Moisés y, sobre todo, sin Jesús, la religión y la historiacompleta de Occidente (y del mundo) sería  diferente. Sin Sócrates, ni Platón, ni Aristóteles, la filosofía no hubiese existido como la conocemos. Sin Darwin, ni Freud, ni Einstein, la ciencia y la comprensión de la mente, estarían notoriamente más retrasadas. Sin Tolstoi, a la literatura le faltaría una parte esencial e irrepetible. Lev Nicoláievich Tolstoi (1828-1910) provenía de una de las más nobles y antiguas familias rusas — eso significa, con casi ochocientos años de historia —-, y está considerado como el mayor exponente del realismo ruso. Solo Dostoievski se le acerca en grandeza, sin perjuicio de estar unos escalones por debajo. Sus ideas políticas y morales, y su doctrina de la “no violencia activa” inspiraron, entre otros, a Gandhi y Martin Luther King.

En esta obra, injustamente relegada por los otros hitos del monumental universo tolstoyiano, como La muerte de Ivan Ilich, Hadyi Murad, Anna Karenina y Guerra y Paz, entre otras obras maestras, se relata en primera persona, la vida del escritor, desde los diez años. Es un texto autobiográfico que se destaca por la profundidad de la autoexploración psicológica, la honestidad a la hora de evocar sus vivencias y sentimientos, su prosa impecable y su capacidad de captar los momentos trascendentes de su propia infancia y juventud (la muerte de su madre, sus primeras amistades, enamoramientos y frustraciones). Además, aparece un elemento que estará presente en toda su obra posterior, la reflexión ética, tanto a nivel personal, familiar (destacándose el juicio sobre su propio padre) y de su época (la Rusia de los zares y de los siervos). Algunos de los párrafos como el que dedica a la muerte de su madre (“Tal vez, al volarse hacia un mundo mejor, el alma de mi madre se volviera entristecida hacia el mundo en que nos dejaba y, al ver mi pena, bajara sobre las alas del amor, con la divina sonrisa de la compasión para consolarme y bendecirme.”), a la muerte de su anciana ama de llaves Natalia Savichna (un ejemplo de virtud, a pesar de su extrema pobreza y sencillez) o la descripción que hace del príncipe Ivan Ivanovich (a quien conoció a los diez años, pero describe como si lo hubiese visto hace poco), son sencillamente sobrecogedores y bastan por sí solos para recomendar la lectura de esta obra escrita entre los años 1852 y 1857.

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