Creció en Antofagasta y eso ha marcado a fuego su personalidad. Es el cirujano plástico más importante de nuestro país y hoy reparte su tiempo entre Madrid y Santiago, pero cada cierto tiempo necesita viajar al norte para recargarse del sol y la inmensidad. Hecho a pulso, como el mismo desierto, ha conquistado el mundo con su trabajo estético. “Cada día me siento más artista y menos médico”.
Por Mónica Stipicic H. / Fotografías Andrea Barceló A.
Cuando habla del norte se le ilumina la cara. Como si caminara bajo el sol abrasador del desierto, como si recorriera las calles polvorientas del lugar en que creció. Como si volviera a ser el escolar de provincia y no el médico reconocido mundialmente, el cirujano plástico que posee una clínica en Chile y otra en España. El más reconocido de todos.
Es acogedor y risueño. Cuando habla de su propia vida, a veces hace pausas y se ríe sólo de los recuerdos que se le cruzan. Se nota que le gusta conversar, y lo hace pausadamente aunque una larga lista de pacientes lo espera, como todos los días en su elegante clínica ubicada en el Hotel Marriot y en la que hay que pedir una cita con meses de anticipación para alcanzar a atenderse con él, que intenta viajar a Chile una vez al mes.
¿Qué significa para ti Antofagasta?
Es mi materia prima. Yo me hice y crecí en esa ciudad. Me siento muy antofagastino y me ha marcado esa forma de vivir en que la gente vive más cerca. Cuando era niño, la ciudad tenía un cuarto de la población que hoy, por lo que todo era muy próximo, se compartía el vivir. Además, la aridez del desierto implica que no hay donde esconderse, no hay un bosque donde ocultarse, por lo que no queda más que dar la cara y salir adelante. Y ese sol… es tan azul e intenso que entrega una sensación de inmensidad, de que no existe techo y que siempre puedes ver el infinito. Para mí Antofagasta tiene un lenguaje y transmite sensaciones muy potentes. Y yo tengo mucho de la personalidad de esa ciudad, porque me he hecho muy solo, como el desierto.
¿Cómo es la personalidad nortina?
Con tesón minero; no te queda más remedio que luchar. Pareciera que en el centro y en el sur es más fácil alimentarse, que todo está más cerca. Allá hay que hacerlo muy bien para que nada te falte, vas desnudo y sólo vale lo que tienes adentro. Por eso es que soy peleador y autoexigente, soy mi peor enemigo, muy autocrítico, siempre quiero más… es una especie de inconformismo permanente, pero no uno que te deprime, sino que el que empuja a la perfección.
De Antofagasta a Santiago y de ahí a Madrid, ¿cuánto queda en ti de provinciano?
Mucho, sobre todo en mi pequeña liga. En lo público no te queda más que agarrar el micrófono y subirte al escenario, porque en las ciudades grandes el que no tiene la voz firme es aplastado. Mi primer desafío, de hecho, fue venirme a Santiago y entender que todos los que veníamos de provincia éramos vistos como los tontitos, los huasitos, los menos enterados, fuera de la moda y sin mundo.
¿Dan ganas de volver al desierto?
Me dan muchas ganas. Necesito ese sol y la energía que me da… y ese silencio contemplativo. Pero llega un momento en que estás por sobre el lugar, que sabes que no vales ni por tu nacionalidad ni por tu apellido.
ARQUITECTO DEL CUERPO
Lo pasó mal estudiando medicina. Nunca le gustó la carrera y reconoce que la estudió sólo porque su madre quería tener un hijo médico. “A mí me gustaban las cosas manuales y si hubiese podido escoger habría sido arquitecto. Siempre lo pasé muy mal con la enfermedad, el dolor y el sufrimiento ajeno me descompone, me entristece”.
Por lo mismo, y después de que terminó la carrera y pensó seriamente en estudiar Arquitectura, comenzó a buscar especialidades más cercanas a lo manual. Hasta que una amiga le habló de una nueva especialidad que se estaba haciendo popular en Brasil: la cirugía plástica. Era 1982.
“Agarré mi Combi y junto a cuatro amigos partí a Brasil. Toqué la puerta en universidades y hospitales, hasta que di con un nombre: Claudio Rebello, presidente de la Sociedad Brasileña de Cirugía Plástica, quien me invitó a ver algunas cirugías. Cuando vi a los médicos dibujando sobre los cuerpos de las personas quedé loco… y decidí que eso era lo único que yo quería hacer. Volví a Chile, reuní todos los requisitos que me pedían, incluyendo un año de cirugía general, y partí a Brasil a estudiar”.
¿Cómo recuerdas esa época?
Me fue espectacular, primero porque los médicos chilenos tenemos una excelente preparación universitaria, lo que nos hace destacar inmediatamente. Y además, porque mi interés era evidente; buscaba cirugías para observar, me ofrecía para ayudar y demostré que tenía muchas habilidades, más de las que yo mismo creía.
Has dicho muchas veces que te consideras un artista, ¿cuánto de arte y cuánto de medicina hay en tu trabajo?
La medicina entra a jugar como la conciencia, cuando te enfrentas a un paciente y sabes que puede haber ciertos riesgos o patologías que hay que resolver antes de operar. Pero la verdad es que me siento muy poco médico y, por lo mismo, derivo a las personas a especialistas que lo hacen mucho mejor. Jamás caigo en el juego de algunos que, en su afán de operar, minimizan algunas cosas; la instrucción a mi equipo es que yo sólo opero pacientes sanos o controlados, así tarden seis meses en arreglar algunas cosas. Pero hoy lo mío es veinte por ciento de medicina y ochenta por ciento de arte.
¿Todo tiene arreglo?
Hay límites, sobre todo cuando se trata de reconstrucción. Pero en estética, todo se puede hacer si uno se lo propone y no pide imposibles. Muchas personas piden cosas que no funcionan, fotos de referencia de actores o actrices que en ellos pueden verse terribles…pero ahí está el rol de uno, para entregar modelos de belleza adecuados.
¿Te molesta que la cirugía plástica siga siendo prohibitiva para muchos?
En Chile ya no es prohibitiva. Es más abordable para la clase media, siempre que la oferta no se separe de la calidad. Pero faltan unos veinte años para que masifique más, para que algunos seguros la cubran… primero necesitamos que haya cobertura para enfermedades como el cáncer.
SOY DE AQUÍ Y DE ALLÁ
Hace diecisiete años comenzó a vivir en Chile y Europa y hace ocho que funciona con su propia clínica en Madrid. Eligió España porque su mujer tiene esa nacionalidad y es ahí donde viven junto a ella sus cinco hijos.
¿Por qué te fuiste?
Por un desafío personal. Me siento muy chileno y vengo muy seguido, pero quería probarme en las grandes ligas. Hoy compito con los mejores cirujanos de Europa… soy el latinoamericano que les hace ruido.
¿Y no te agota el ir y venir?
Para nada, lo llevo perfecto. Planifico por anticipado todo el año, así que no hay mayores sorpresas. El asiento del avión es mi cama, tengo ropa perfecta para viajar, todo muy estudiado.
¿Y tu casa acá está siempre funcionando?
Completamente armada. Llego, prendo la luz y estoy. De hecho, tengo la misma ropa acá y en España; cada vez que me compro algo lo hago por duplicado: dos camisas, dos chaquetas, dos pantalones… uno para allá y otro para acá. Así viajo sin maleta, lo que es mucho más cómodo.
¿Y vas a Antofagasta?
Voy menos de lo que quisiera… pero allá están mis padres, mis hermanos y mis grandes amigos. Trato de mantener los vínculos con la ciudad, incluso le he ofrecido a la municipalidad hacer cirugías sin costo para personas que no puedan pagar… pero todavía nadie me lo ha pedido.
"Me gustaban las cosas manuales y si hubiese podido escoger habría sido arquitecto. Siempre lo pasé muy mal con la enfermedad, el dolor y el sufrimiento ajeno me descompone, me entristece”.