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Entrevistas

EDICIÓN | Febrero 2016

Vocación INNATA

Peter Gorman Raby, profesor de ballet clásico.
Vocación INNATA

Inquieto y apasionado por el arte en sus diferentes expresiones, no tenía claro qué rumbo seguir al egresar del colegio. Sin embargo, en su corazón, el ballet clásico se fue anidando como un profundo deseo. Sus siete años de formación en Alemania y Suiza, una beca en la Royal Academy of Dance de Londres y más de treinta años enseñando ––lo que para él llena el alma y eleva el espíritu–– es una muestra de que nunca es tarde para aprender.

Por Verónica Ramos B. / Fotografía: Patricio Salfate T.

La música de fondo eriza la piel y los armónicos movimientos de un grupo de alumnas jóvenes y adultas, llenan el espacio en un ambiente que sobrecoge. Las instrucciones y los pasos son guiados por el maestro

Peter Gorman Raby, quien a simple vista se nota que disfruta de ese mágico momento, iluminado, además, por unos cálidos rayos de sol que ingresan al amplio salón. Peter es feliz enseñando una disciplina que descubrió cuando tenía veintitrés años. Hoy, las escuelas exigen que la formación en ballet clásico debe ser desde pequeño, sin embargo, eran otros tiempos y este bailarín, pese a todo, se propuso lograr su sueño. Egresó del colegio The Grange School sin saber qué quería estudiar. Trabajó en una firma publicitaria y luego optó por aprender pintura en el Bellas Artes de la PUC. El estilo moderno que se impartía entonces no le acomodaba y tomó la decisión de ingresar al Instituto Cultural Las Condes, para estudiar dibujo y pintura desde una base más clásica y con connotados profesores. En tanto, combinó estos conocimientos con un breve curso de paisajismo.

En el año 1968 conoció el ambiente del Teatro Municipal y se fascinó. “Tenía veintitrés años y dije “esto es lo mío, pero estoy muy viejo”. Entonces, dejé de a poco el paisajismo y comencé a bailar en el Municipal, como pasatiempo. Después, tomé clases particulares de ballet clásico para avanzar más rápido”, recuerda Peter.

¿Fue difícil aprender a los veintitrés años?
Al principio claro, porque era un mundo totalmente desconocido, pero yo tenía bastantes condiciones físicas. Siempre fui delgado y practicaba muchos deportes. Sin querer tenía una estructura apropiada para el ballet y eso me ayudó. Lo demás era aprender la técnica que es igualmente difícil.

¿Por qué decides irte a Europa?
Cuando se formó el Ballet del Ministerio de Educación a cargo de Malucha Solari, madre de la actriz, Malucha Pinto, fui invitado a participar y me quedé tres años. Hicimos muchas cosas. Era la época de la Unidad Popular y había una gran efervescencia. Como soy apolítico y solo quería bailar, opté por irme a Europa, en el año 1972, pues sabía que allá encontraría más oportunidades.

¿Qué te deparó el destino?
Llegué a Alemania al Theather der Stadt en Bonn. Conseguí trabajo y estuve tres años en el cuerpo de baile de esta compañía. Me retiré y bailé por dos años en el Deustche Oper am Rheim, en Düsseldorf. Después emigré a Suiza y participé en el cuerpo de baile y como solista en el Theather der Stadt Sankt Gallen. Luego de esto, regresé a Alemania, pero esta vez en una compañía de Wiesbaden. Aquí permanecí un año y después de todo este trayecto de aprendizaje y formación, quise regresar a Chile.

¿Por qué tantos cambios?
En Bonn no estaba conforme con el director y necesitaba progresar en una compañía más exigente. En Düsseldorf me lesioné la espalda y cuando llegué a Suiza se me pasaron todos los dolores. Creo que fue la tensión de estar en esa compañía alemana y en Suiza encontré un respiro. La carrera de bailarín es muy corta, entonces tenía que aprovechar el tiempo. Cuando regresé a Alemania me sentía cómodo, pero extrañaba a Chile y a la familia. Me bajó la nostalgia.

Regresas en una época complicada
¡Absolutamente! Ya me había acostumbrado a lo bueno de Europa, pero decidí rápidamente que lo mío era enseñar, así que con un colega comenzamos a dar clases de ballet clásico en diferentes colegios y nos fue muy bien. Fue un periodo de mucho viaje, incluso hice clases en Rancagua. Entremedio se dio la posibilidad de hacer un curso en la Royal Academy of Dance, en Sao Paulo, Brasil. Quería aprender la metodología para enseñar, porque saber bailar es muy distinto a dar clases.

BECADO EN LONDRES

Para cumplir su anhelo de enseñar, Peter se enfocó en conseguir una beca en la Royal Academy of Dance de Londres. “Fui a hablar al Consejo Británico y me dijeron que jamás se la habían dado a nadie. El director administrativo de la Royal Academy de Sao Paulo era amigo de la presidenta de la Royal Academy de Londres y famosa primera bailarina del Royal Ballet, Margot Fonteyn, así que le escribió una carta y al poco tiempo me llamaron”.

¿Por qué crees que te dieron esa beca?
En ese tiempo éramos muy pocos los bailarines hombres y yo estaba muy interesado en aprender. Debía ser un bailarín profesional que hubiese participado en compañías conocidas de Europa. Querían tener un representante en Latinoamérica y, además, no tenía problemas con el idioma.

¿Cómo fue la experiencia?
¡Maravillosa! Fue un regalo del cielo, jamás pensé que tendría la oportunidad de estudiar en la Royal Academy of Dance de Londres. En ese entonces tenía cuarenta años. Me pagaron todo y estuve diez meses aprendiendo de todas las personalidades de la danza. El método Syllabus lo aprendí allá y comencé a sentirme mucho más seguro para enseñar. Incluso, estoy facultado para traer examinadores de la Royal y para formar una escuela profesional.

¿Qué características tiene esta metodología?
Se adapta muy bien al cuerpo de los latinoamericanos. En Rusia la gente nace para pararse en puntas, son largas y estilizadas ¡perfectas! Acá la mujer tiene más cadera, pero con este método se puede trabajar el cuerpo y se logran excelentes resultados. La Royal se caracteriza porque mejora la postura y eje del bailarín, con una línea muy pura y simple.

CENTRO ARTE PEÑUELAS

Peter regresó de Londres con la idea de formar una escuela profesional y emigrar de Santiago. Vivió un año en Temuco y debía viajar a Villarrica todas las semanas para hacer sus clases. Cansado de esta rutina, decidió tomar un nuevo rumbo. Conoció La Serena en el año 2001, se encantó con la ciudad y dio un vuelco completo a su vida. Tiempo después, compró un terreno y formó la academia de danza clásica CentroArte Peñuelas.

¿Cuál es la diferencia con una escuela de ballet?
A esta academia vienen todas las personas que quieren aprender y les enseñamos de la mejor manera posible. No es para formar profesionales, porque el nivel de las escuelas es mucho más exigente y los niños deben ingresar desde pequeños, es como formar un músico. Hoy, la técnica está muy avanzada y tenemos bailarines espectaculares en Chile. Me encantaría formar una escuela profesional, pero eso requiere de mayores recursos económicos ¡Ese es mi sueño!

¿No es requisito tener las condiciones para aprender ballet?
Si las tienes mucho mejor, pero en mi centro no es necesario. El ballet practicado como afición no tiene impedimentos.

¿Qué beneficios da el ballet?
Corrige la columna, endereza las rodillas, alinea las piernas. La movilidad que da el ballet al cuerpo es ¡impresionante! Tengo alumnas de más de sesenta años y se ven estupendas.

¿Realizan presentaciones en público?
Este año hicimos una coreografía para el Día de la Danza en el Centro Cultural Palace de Coquimbo. Hacemos dos presentaciones en el año y usamos nuestro salón con capacidad para ciento cincuenta personas. Traemos también, cuerpos de ballet de Santiago, como una manera de contribuir a las actividades culturales de la zona.

¿Por qué te enfocaste en enseñar?
Siento que es una vocación innata. Me gusta comunicar a través de la danza. Por treinta años hice clases solo a niños, porque se me hacía fácil, tenía feeling con ellos y mi meta era que se entretuviesen aprendiendo. Hace dos años, hago clases solamente a adultos y Fernando Ascui hace clases a los más pequeños, desde los tres años.

¿Siempre tuviste el apoyo de tus padres?
¡Sí! mis padres eran personas muy cultas y no tenían prejuicios. Ahora, yo siempre hice las cosas por mi cuenta porque lo tomaba como un desafío.

¿Y sentiste el prejuicio de la sociedad?
En Europa no, pero acá sí existen más prejuicios. Decidí ser bailarín pese a todo. Si la gente piensa de otra manera ¡qué pena! Yo hago lo que me gusta y soy feliz.

¿Qué esperas de tus alumnos?
Que hagan lo mejor que puedan de acuerdo a sus capacidades y exigencias, porque mientras más se exigen en el ballet, más avances logran y, finalmente, eso produce una gran satisfacción personal. Qué estén contentos y motivados. En el ballet no terminan nunca los desafíos y eso ayuda en la vida, eres mucho más resiliente.

¿Y tu satisfacción personal?
Sentir que los alumnos logran avances, que lo hacen porque les gusta. Aunque sea un pasatiempo, el ballet tiene disciplina, estructura, exigencia y eso es muy bueno porque permite evolucionar como persona. Mejora el físico, la autoestima, desconecta, eleva el espíritu y, finalmente, eso hace feliz y da alegría de vivir, ¡llena el alma!.

 

"Me encantaría formar una escuela profesional, pero eso requiere de mayores recursos económicos ¡Ese es mi sueño!”.

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