La aristocracia y el patriciado chileno, reacio a consagrar un poder ejecutivo poderoso en facultades, insta a la preponderancia del legislativo y a una absoluta descentralización, estimulando los caudillismos regionales. Pensaba que bastaba un gobierno antiautoritario y descentralizado para producir la felicidad del pueblo.
Un doctrinarismo inflexible significaba reducir la realidad histórica a la teoría. La trilogía compuesta por los principios de libertad dentro del orden para lograr el progreso debía ser administrado por la aristocracia, pues su prosapia, la riqueza, la nobleza y su cultura política le concedían el liderazgo colegiado.
La libertad individual fue sinónimo de federalismo, si el poder político se repartía en un mayor número de ciudadanos, mayor era la garantía para la libertad personal y prosperidad. Cada provincia tendría su propio gobierno en contacto directo con los electores y estos podrían fiscalizarlos en forma inmediata; a la menor falta debían ser removidos ya sea por incapaces o corruptos, sería el gobierno de los mejores. Los representantes de Coquimbo declararon: “…la Libertad nunca es bien pagada, cualquiera sea su precio, y que hay mucha más en la federación que en la unidad, nadie se atreve a disputarlo. De nada nos sirve un gran caudal, mientras estamos cargados de cadenas”.
Bolívar al presenciar los efectos del federalismo en Venezuela expresa su repudio señalando: “Las Leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su extensión, al género de vida de los pueblos; referirse al grado de libertad que la Constitución debe sufrir, a la religión de los habitantes, a sus inclinaciones, a sus riquezas, a su número, a sus costumbres, a sus modales…” Semejante forma social es una anarquía regularizada, o mejor, ley que prescribe implícitamente la obligación de disociar y de arruinar el Estado y a todos sus miembros”. El localismo provincial y la autonomía inorgánica conlleva al control social, político y económico generando rivalidades lugareñas y ambiciones personales sin sentido del bien común.
Craso error es separar lo que está unido, a menos que los regionalismos sacrifiquen los privilegios del autonomismo provincial en beneficio de la creación de un Estado vigorosamente dotado para ejercer el poder en el interior y, al mismo tiempo, para luchar con éxito en los mercados internacionales. El regionalismo no puede ser un instrumento de dispersión de la autoridad, obstaculizando la estructura orgánica del Estado. La extensa realidad geográfica de Chile, con un valle central, de corta extensión, encerrado entre los Andes y el Pacífico, con una población absolutamente homogénea y mestiza, con regiones o provincias carentes de los medios necesarios para desarrollar una economía propia y poder subsistir por sí misma.
En Chile, los localismos se han fundado en razones de predominio de una región sobre otra; por la imposición de las ideas o proyectos que se suponen superiores, la postergación financiera que conduce a la pobreza y bajos niveles de calidad de vida, la subordinación y sojuzgamiento de las ideologías, inequidad en ladistribución de los ingresos fiscales, intereses pospuestos o sentimiento de abandono del poder central, elaislamiento geográfico y la ausencia de políticas públicas para el desarrollo.
Coquimbo es consciente que para sobrevivir dependía de las otras dos hermanas: Santiago y Concepción. Por encima de todo lo expuesto es evidente que lo que se requiere es un gobierno con una burocracia estatal eficiente más una clase política preocupada de satisfacer y armonizar los legítimos anhelos de las regiones, por ello es que las tres regiones federadas, siempre mostraron una ferviente adhesión personal al Jefe de Estado.