José Pedro Vicente, Arquitecto. Magíster en Arquitectura Pontificia UC. Santiago. www.josepedrovicente.cl Instagram: JOSEPEDROVICENTE
En la ciudad de Cracovia, Polonia, se elaboró un documento denominado Principios para la conservación y restauración del patrimonio construido, donde se señala que "el patrimonio es el conjunto de las obras del hombre en las cuales una comunidad reconoce sus valores específicos y particulares y con los cuales se identifica", por lo tanto, podemos aventurarnos y sostener que los palafitos de Castro, cumpliendo con dicho enunciado, no solo son un ícono de la isla, sino también, una de las postales de Chile en el mundo.
Hasta el momento todo bien, fácil y claro. El problema se presenta con todo lo que acompaña al correr del tiempo. Hoy en día vivimos una realidad que enfrenta una evolución de modo exponencial, no solo en todas las disciplinas, sino también, en las conductas asociadas al comportamiento humano. Tal consecuencia se ve reflejada en los requerimientos del espacio público y privado, la necesidad de nuevos servicios comerciales, actividades, ritmos de desplazamiento, contaminación de sectores antes inmunes y privilegiados, nuevos gustos, tendencias, valores, aspiraciones y tantas demandas como cantidad de personas se involucren.
Dichos cambios en la sociedad ponen en jaque a la infraestructura que está a su servicio. La arquitectura muchas veces, presenta la paradoja de comenzar su obsolescencia a partir del momento en que se le puso al servicio de las personas. Por esta razón, el mismo documento señalado hace hincapié en que “cada comunidad, teniendo en cuenta su memoria colectiva y consciente de su pasado, es responsable de la identificación, así como de la gestión de su patrimonio", es decir, involucra a todos en la definición de los valores que presenta su ciudad, idealmente en el minuto indicado, protegiéndola de cualquier diferencia —o indiferencia— que se presente con el correr de los años.
El gran tema de fondo de esta columna, es que la conservación puede ser realizada mediante diferentes tipos de intervenciones como son el mantenimiento, reparación, restauración, rehabilitación y, por sobre todo, la renovación. Por su parte, el premio Pritzker 2007, Richard Rogers, sostiene que “un edificio debe ser capaz de adaptarse a los cambios. Si lo hace, continuará teniendo un uso, si no lo hace, se volverá una pieza de museo o será demolido”. En síntesis, si es normal que las costumbres y demandas muten a lo largo de la historia, lo es también la intervención en edificaciones con sello patrimonial.
Es importante sacarse de la cabeza el criterio que sostiene no tocar simplemente porque es antiguo. En el caso de los palafitos, se agradece que un grupo de privados les inyecte recursos para mantenerlos a flote. Hoy, lo que eran las antiguas casas de pescadores, que además les permitían realizar sus actividades pesqueras, han comenzado a transformarse en interesantes cafeterías, restaurantes y hoteles logrando no solo mejorar las condiciones de esta infraestructura, sino además, prolongar sus existencia y fomentar el turismo con todas las externalidades que esto conlleva.
Pd: Es de mayor interés usar el patrimonio, que verlo descomponerse a la distancia.