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Entrevistas

EDICIÓN | Febrero 2016

Sueño nómade

Cristián Riquelme, actor y viajero

Lleva solo unas semanas de vuelta después de tres años recorriendo América a bordo de una casa rodante junto a su mujer. El aterrizaje, que incluyó un contrato con Mega para protagonizar su próxima teleserie de la tarde, todavía lo tiene un poco perdido, con la cabeza puesta en hielos milenarios, playas paradisíacas y pequeños pueblos de la selva en los que vivió el último tiempo. Y a los que piensa volver muy pronto.

Por Mónica Stipicic H. fotografías gentileza www.dealaskaapatagonia.com

Un amigo lo va a dejar al canal, saca de su bolsillo un celular completamente vintage y coordina con la persona que va a volver a conectar el gas en su casa. Mientras tanto, comienza a grabar los capítulos de la próxima teleserie del mediodía en Mega y se detiene en cada rincón para saludar a alguien y comentar su experiencia de vida nómade.

Cristián Riquelme es actor. Partió en TVN en la teleserie juvenil 16 y desarrolló una exitosa carrera en su área dramática. Pero siempre quiso algo más. Cuando niño había vivido en Puerto Varas y muchas veces le había llamado la atención que hasta ese lugar llegaran autos con patentes de sitios tan lejanos como Europa, Estados Unidos y Canadá. Su mujer, la abogada Claudia Quinzio, compartía el sueño de lanzarse a la aventura. Y cuando llevaban un año casados —ambos con trabajo estable, casa, auto y perro— decidieron dar un giro radical a sus vidas y partir a recorrer América. La idea era unir los extremos norte y sur en auto, por lo que llamaron a su proyecto “De Alaska a Patagonia”.

El viaje originalmente iba a durar un año, pero terminaron dos años y diez meses a bordo de una motorhome. Y no sólo llegaron a la Patagonia, sino que colocaron su bandera en Villa Las Estrellas, en la base chilena en la Antártica. Cuando pensaban seguir camino hacia el Atlántico por un año más, Cristián recibió el llamado de la producción de Mega. Ya no tenían plata, llevaban varios meses vendiendo artesanía para solventarse y decidieron parar, trabajar un par de años, juntar dinero, y planificar partir de nuevo. Es lo que quieren hacer, si en el camino tienen hijos, no importa, partirán en familia a seguir viviendo como nómades.

EL COMIENZO

“Esto salió como surgen las grandes ideas en la vida: radicalmente. Siempre habíamos pensado hacer un viaje así, pero un día decidimos ponerle fecha, comenzamos a planificar la ruta y a planear visas, papeles y seguros. Cerramos todo, hicimos una venta de garaje, arrendamos la casa, dejamos a nuestro perro en la casa de un amigo, vendimos autos y bicicletas, terminamos contratos con Isapre y AFP y en un acto de locura, rompí mi IPhone con un combo de fierro. Nos tomamos un avión a Canadá y llegamos a Vancouver, en pleno invierno y con treinta grados bajo cero”.

Extremo desde el comienzo…
Fue muy bonito, partimos de la nada, sin conocer a nadie. La Claudia consiguió una pega de abogada y yo de jardinero, mientras acondicionaba la camioneta que acababa de comprar. Vivimos así casi seis meses y partimos. Nuestro primer destino fue el Mar Ártico, manejamos ochocientos kilómetros por una carretera de barro donde sólo hay una estación de servicio en la mitad del camino hasta llegar a un pueblo de esquimales. Ese fue nuestro punto de partida.

¿Cuál era el objetivo en ese momento, había una necesidad de parar, de repensar la vida?
No había ningún objetivo mental, porque uno no puede plantearse desde ese lugar. Nosotros queríamos hacer algo distinto y ver qué sucedía. Siempre me ha gustado dejarme llevar por las circunstancias… sabía que necesitaba plata y dos pasajes a Canadá… el resto, llegaría. Por eso mismo, en el camino nos dimos cuenta de que nuestra idea inicial de pasar seis meses allá y después otros seis meses manejando de vuelta, era absurda… a los siete meses recién estábamos saliendo de Canadá. Había que vivir el día a día y no dejar que ningún imprevisto nos alterara.

Los imprevistos son los que pueden hacer un viaje entretenido…
El concepto de aventura está súper manoseado. La aventura empieza cuando todo sale mal. Y a nosotros muchas cosas nos salieron mal, nos trataron de robar, nos apuntaron con una metralleta cuando llegamos a comprar gas en Honduras, estuvimos en lugares donde hubo tiroteos y nos metimos por caminos malos, por ejemplo en la selva de El Salvador, donde nos pararon para advertirnos que era mejor salir de ahí. Pero también tuvimos una pana inmensa en un pueblito de México, por lo que terminamos trabajando un mes en un orfanato, porque descubrimos que existía una red de viajeros que hacían voluntariado en hogares de niños en todo el mundo… Empezamos con niños sordos en ese lugar, después estuvimos en un orfanato en Chiapas, luego en Guatemala con niños que hablaban en dialecto maya, a quienes les hicimos clases de teatro, también en Honduras, Perú, e incluso en Chile, a través de María Ayuda.

“De cada día y noche recuerdo algo, porque todas fueron distintas. Un día despertábamos en el cráter de un volcán y al día siguiente dormíamos en una playa comiendo langostas que yo mismo sacaba. De ahí saltábamos a una ciudad y un orfanato, y después un mercado lleno de futas, chanchos y gallinas”.

¿Qué cosas aprendiste que jamás te imaginaste que podías hacer?
Aprendí a ser flexible. Si uno está firme como palo se quiebra… aprendí a bucear más de diez metros y arponear pescados, a surfear con tiburones, a estar tranquilo en momentos de miedo, a poner la cabeza fría para analizar situaciones, a enfrentar fronteras, policías corruptos y a disfrutar momentos y lugares. Y una de las cosas más importantes; aprendí que los lugares los hacen las personas.

Y en términos de convivencia y tolerancia es un aprendizaje pasar tres años arriba del auto con la señora…
Nos preguntan mucho eso, pero la verdad es que tenemos una relación increíble y en todo el viaje creo que nos peleamos una sola vez. Lo hemos analizado y creemos que es porque durante un viaje como este cambias el patio de tu casa todos los días, entonces hay demasiados estímulos como para perder el tiempo peleando. No es lo mismo manejar veinte horas por una carretera que no conoces, que ir descubriendo, parando a comerse una piña, interrumpiendo el viaje por una playa que apareció en el camino.

¿Cómo enfrentaron los temas cotidianos, alguna enfermedad o que algo pasara en Chile mientras no estuvieran?
Eso fue difícil. En la mitad del viaje se murió el abuelo de la Claudia, se casó su hermana y mi papá tuvo un accidente. Pero por suerte existe internet, aunque conseguirlo no es nada de fácil… una vez estuve media hora en la punta del cerro tratando se bajar un mail. Y en tres años nunca nos enfermamos, yo creo que porque dejamos de tomar bebidas, jugos y alimentos envasados. Tomábamos agua y comprábamos en mercados. Y además estábamos felices y eso hace que tu vida sea mejor.

EL CAMINO

“Siempre pensé en esto como un programa de televisión, así que registramos todo el viaje. Tenemos miles de horas de grabación y trece capítulos editados. Antes de irme toqué miles de puertas buscando auspicios, mandé ochocientos mails y tuve sólo un par de respuestas. Partimos con un auspicio que nos financió el veinticinco por ciento del viaje, el resto salió de nuestro bolsillo, de lo que ganamos en Canadá y hay un cuarto de déficit con que nos quedamos al final. En Perú nos gastamos lo último que nos quedaba en comprar artesanía y nos dedicamos a venderla para financiar el último tramo”.

Cada cierto tiempo, los viajeros ubicaban vía Facebook a alguien que viajara a Chile y mandaban por mano los CD con las grabaciones. Acá los recibía Carolina Fandi, una editora que creyó en el proyecto y que ha ido trabajando cada uno de los capítulos. Todo a pulso.

Esta es una aventura en que hay que confiar en mucha gente. Pero me imagino que uno desarrolla instinto también para desconfiar…
Es lo primero que se desarrolla… a veces llegábamos a acampar a lugares muy bonitos que de noche se volvían peligrosos. O conocías gente que derechamente no te daba buena espina. Pero por otro lado, conocías gente increíble. Una vez tuvimos que hacer una pausa de dos semanas para viajar a Chile, estábamos en San Francisco y dejamos la camioneta con las llaves y todas nuestras cosas en la casa de un gringo buena onda que nos ofreció ayuda y al que conocimos media hora. Había que confiar y siempre que lo hicimos nos resultó. Una de nuestras grandes conclusiones fue que el mundo está lleno de gente buena… y que ser feliz es una decisión.

¿Si tuvieras que elegir un lugar?
Es difícil un lugar, pero sí recuerdo dos momentos increíbles. Uno en el Caribe colombiano, en el camping Los Ángeles al lado del Parque Tayrona, un lugar absolutamente idílico, con selva llegando al mar calipso, arena blanca, frutas colgando de los árboles y una lluvia de estrellas fugaces. Y el otro, fue en el Mar de Cortés, en Baja California, donde con un grupo de personas nos metimos a nadar con un tiburón ballena; lo lindo fue que cuando este se hundió, con la Claudia lo seguimos durante cuarenta y cinco minutos, nos aceptó y fue como si los tres nos comunicáramos… maravilloso.

¿Y las personas?
Cada país tiene lo suyo. Los colombianos son maravillosos. Los costarricenses son tan felices… que nos llevan muchos años en calidad de vida. La bondad de los canadienses. Los nicaragüenses, que son muy pobres pero con una dignidad increíble. Y los mexicanos, ellos sí que saben pasarlo bien y siempre ven el vaso medio lleno. Lo que nos hacía sentirnos parte de cada país era que conocíamos gente, familias. En Honduras, por ejemplo, conocimos gente increíble en San Pedro Sula, la ciudad más peligrosa del mundo. Y no nos pasó nada… incluso una vez comimos en un restaurante y tres días después un narco entró a ese mismo lugar con una metralleta y mató a todos los que estaban ahí por un ajuste de cuentas. No era nuestro momento.

LAS CONCLUSIONES

“Lo volvería a hacer de todas maneras. Queremos trabajar dos años y lanzarnos de nuevo. Si en el camino tenemos hijos, lo hacemos igual. Yo pensé que con esto iba a descubrir el mundo, pero me encontré con unas trescientas personas haciendo lo mismo, de los cuales cien lo hacían con familias completas. Y todos los que viajan con niños te dicen que es lo mejor, que ven como ellos crecen, gozan con la vida, aprenden grandes cosas y absorben como una esponja”.

Te gustó la vida nómade…
Es que el mundo es muy grande y entretenido. Lo más difícil es partir y volver.

¿Te sientes un poco encerrado en Santiago?
No es que me haya transformado en un antisistema, porque yo tomé la decisión de volver a trabajar, porque lo necesitaba y porque me gusta lo que hago, pero sí estoy bastante más crítico. Si esto fuera una partitura musical, yo vengo en reggae y me tengo que meter a un río que está en techno metal. La gente está enojada y me ha costado mucho el ritmo de ciudad sedentaria.

¿Qué hay que tener para hacer un viaje así?
No basta con tener ganas y soñarlo. Se necesita determinación. Para mí lo mejor es tener al lado un partner que te apañe y te complemente. A nosotros las cosas se nos dieron porque fuimos flexibles. Manejamos cincuenta y dos mil kilómetros, recorrimos catorce países. Y nunca nospasó nada, no tuvimos ningún  accidente. La hicimos.

 

"Los colombianos son maravillosos. Los costarricenses son tan felices… que nos llevan muchos años en calidad de vida. La bondad de los canadienses. Los nicaragüenses, que son muy pobres pero con una dignidad increíble. Y los mexicanos, ellos sí que saben pasarlo bien”.

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