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Columnas » Pilar Sordo

EDICIÓN | Febrero 2016

Agradecer y quejarse

Psicóloga
Agradecer y quejarse

En los últimos talleres que he realizado, empecé a trabajar estos dos conceptos, preguntándoles a personas de diferentes edades y condiciones qué palabra repetían más durante el día.

Me quedé impresionada cuando descubrí que el noventa por ciento de las personas decían que agradecían muy poco, pero que sí se quejaban todo el día. Algunos mencionaban que eran conscientes de que tenían cosas para agradecer, todos los días, pero no lo verbalizaban nunca o casi nunca.

Al preguntar por qué no agradecían, la mayoría respondía que sentían que su día había sido “común y corriente” y que, por lo tanto, no encontraban cosas que agradecer. Cuando yo les mencionaba situaciones que vivimos todos los días, como comer algo que nos gusta, estar con alguien que queremos y que nos quiere, ducharnos con agua tibia, mirar el cielo o las estrellas por la noche, muchos decían que esas cosas eran obvias y que no se les había ocurrido que tenían que agradecerlas.

Algo nos pasa con lo simple y pareciera que no estamos viendo. Se nos olvida, por ejemplo, que más de la mitad del planeta no tiene agua caliente para bañarse y que hay demasiada gente que se muere de hambre.

Con respecto a la queja, la gente manifestaba reconocer que era frecuente en el día sentir rabia y no saber muy bien por qué. Que la queja tenía o tiene, al parecer, un refuerzo social que nos hace sentirnos menos solos frente a los abusos o las tremendas injusticias sociales. Pero además, la queja tiene que ver, según me decían, con la dificultad creciente de no ver lo positivo, con la disminución de la capacidad de observación con una mirada que vaya más allá de lo inmediato, con cierta incapacidad de analizar las cosas para “darles una vuelta”, que nos centre más en los aprendizajes que en la permanente mirada de lo que falta en vez de mirar un porqué o dónde hay una oportunidad, por más escondida que se encuentre.

Parece mucho más simple prejuzgar que preguntar, para desde ahí hacer un análisis de lo que está ocurriendo. Quiero invitarlos a practicar el ejercicio de registrar, en forma natural y como simples observadores, cuánto se quejan y cuánto agradecen en un día. Al día siguiente intenten agradecer todo o casi todo lo que viven y observen cómo se sienten.

Es muy fuerte lo que descubrirán y si no es así, podrán enseñarles a otros a agradecer como lo hacen ustedes y tendremos el regalo de mirar el día desde la abundancia, aunque sea poca, y no sólo desde las carencias permanentes.

A todos nos faltan cosas, y menos mal que es así, porque la abundancia total nos estacionaría, nos haría muy mal al alma y la vida sería muy aburrida. Parece que la diferencia está en lo que miramos y cómo analizamos eso que vemos.

¡Buena suerte!

 

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