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EDICIÓN | Febrero 2016

Cazando tesoros

Por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián.
Cazando tesoros

Con un sistema de mercado tan cuestionado, visitar un comercio como el persa de Franklin es volver a los recuerdos propios o ajenos, cachurear, encontrar una pieza de colección o adquirir antiguos anhelos.

Un fin de semana cualquiera, salir a caminar, ejercicio sano, a experimentar la calle, el bullicio y ajetreo del comercio informal y callejero, de oportunidad, sin precio fijo: el mundo del persa.

Inmersos en otro país, sin aire acondicionado, a pie, con vendedores voceando sus mercaderías, ofreciendo descuentos antes de haberlos pedido. Los tesoros de antiguas familias que ya no existen, antes del plástico, antes de la fabricación en serie. Navajas de afeitar, retratos enmarcados en nácar, copitas para licor, sombrero de noche, estampillas, postales de viaje, lavatorios de loza, gobelinos.

“Para cada roto existe un descosido”, dice el refrán. Así entendemos que cientos de personas se interesen por elementos tan disímiles como una campana de colegio, señalizacionesviales en desuso, insectos disecados, tenidas militares de combate. El sueño del DJ en tornamesas, radios con dial, casetes y discos. Libros, libros y libros, manuales de colegio, el infaltable Baldor, con su sabio persa en la portada. Y otras cosas bastante inclasificables, como botellas con Fanta de cuando el envase llevaba rollitos, las primeras dos letras de la insignia de un modelo Datsun, una máquina de fax o la cabeza de un muñeco Tiernecito, de Jesmar.

También hay grandes oportunidades en mercadería nueva. La camiseta de Messi, la toalla de Peppa Pig y el hit del momento: el chaleco reflectante. Muebles nuevos, a medida y otros usados. Roperos, vitrinas, biombos chinos. Brebajes orientales, tés de lejanos cultivos, la crema de cannabis, la pomada contra callos y la wira sacha que cura todo, desde picadas de insectos hasta torceduras de pie.

También funciona como centro gastronómico, con carros de supermercado acondicionados como parrillas. Otros más producidos, con mesa y mantel. Viajamos en unos pocos metros por los Totopos mexicanos, el Pho vietnamita, y el Pastel de Choclo hirviendo en su paila de greda. Precio y porciones realmente generosos.

Familias completas o nostálgicos solitarios, punkies, tatuados, melómanos, adolescentes, cachureros, turistas buscando al deep chilean o “chileno profundo”.

El persa Biobío o persa Franklin se fue manifestando desde mediados del siglo pasado en el sector de las calles San Diego, Víctor Manuel, Franklin y Biobío. No nació de un día fijo ni se anunció su inauguración, como ocurre hoy, por ejemplo, con un mall.

El sector de San Diego, desde sus inicios, fue popular y fabril. Allí, en la entonces periferia, se ubicó el Matadero para abastecer la ciudad. De inmediato surgió comercio asociado, de calzado y curtiembre y también otro más informal, con mercadería para vecinos y carniceros. Luego vino su consolidación como sector industrial, con la instalación, por ejemplo, de la Fábrica Nacional de Vidrios. Un par de cambios en el modelo productivo nacional y un par de crisis económicas fueron desocupando esos galpones y cuadras industriales, donde de a poco pulularon los mercaderes.

 

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