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EDICIÓN | Febrero 2016

El canto del cisne

Por Marcelo Contreras
El canto del cisne

Un par de días antes de morir, el pasado 10 de enero, David Bowie se sacó una foto impecablemente vestido. También le escribió a Brian Eno, uno de sus colaboradores más célebres, y se despidió entre líneas. Por cierto, en su cumpleaños el día 8 del mismo mes, editó Blackstar, el vigésimo quinto álbum de su carrera, que hoy se lee como un canto fúnebre no solo por los abundantes arreglos vocales en esa dirección y el tono crepuscular general de la obra, sino porque efectivamente, mientras era registrado, un cáncer le arrebataba su existencia extraordinaria.

David Bowie hizo de la muerte un episodio final con clase. Y él, que vino a este mundo a convertir la música popular en un acto de categoría —mensaje: la masa también merece lo mejor—, decidió que sus últimos días en la Tierra sellarían su obra con una mirada caleidoscópica sobre la idea del último aliento.

El lugar común dice que David Bowie escribía el futuro, pero en realidad destilaba el presente. Se puede decir que su mayor talento fue la capacidad de síntesis, de comprender qué necesitaba el público como espectáculo total en torno a la música, y en cada aspecto no descuidar detalle. Siempre trabajó con algunas de las figuras más avezadas, guitarristas extraordinarios como Mick Ronson, clave en sus mejores discos, el enigmático Robert Fripp de King Crimson, y Reeves Gabriels, hoy militante en The Cure. Hizo de su imagen una transformación permanente, como convirtió su voz en el registro de un crooner al servicio del rock, el pop, la electrónica y el jazz.

La calidad extraordinaria de Blackstar, su mejor título en un cuarto de siglo, sugería su renacimiento artístico en primerísima primera línea. Ahora sabemos que era el canto del cisne.

 

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