E l curador es, por así decirlo, el “autor intelectual” de una exposición. Generalmente es un especialista en una determinada área del conocimiento (artes plásticas, historia, botánica, numismática, tecnología, zoología, arquitectura, cartografía, videoarte, textiles, por ejemplo) que, además, conoce y tiene acceso a diversas colecciones. El curador también requiere tener ciertas nociones de cómo conservar en buen estado las obras, seres u objetos que propone exhibir.
La tarea del curador es elegir un tema que pueda ser expuesto, luego debe explicar cómo se propone transmitirlo al público y cuál es la finalidad de la exposición. Un curador es un autor, porque a lo largo del espacio de exposición desarrolla un argumento. Pero, ¿cuál es exactamente la función del “curador”? La palabra —del inglés curator— designaba originalmente a la persona encargada de custodiar —to keep— una colección. Era una suerte de guardián, concentrado en la conservación y restauración de las obras a su cargo.
Su gravitación se volvió enorme en el ambiente del arte, pero también —efecto no deseado— en el mercado. Esta figura tiene en sus manos el poder legitimador, función que tradicionalmente había ejercido la crítica. El curador puede imponer obras, nombres y técnicas, elegir un cuadro de tal museo o de tal colección privada; dar forma al catálogo; dialogar y negociar con los auspiciadores, etcétera.