En el último tercio del siglo XIX, la Araucanía enfrentaba un franco proceso de modernización. A la primera penetración de 1862, que dio lugar a exploraciones y a la fundación de Lebu, le siguieron varias campañas discontinuas y sucesivas, dirigidas por Cornelio Saavedra, que culminaron con la fundación de Temuco, en 1881, y la ocupación y reconstrucción de Villarrica, en 1883.
La modernidad de la Araucanía llegaba de la mano de fundación de fuertes, luego devenidos en ciudades, como Mulchén (1861), Collipulli (1867) o Victoria (1881) y la refundación de antiguas ciudades, perdidas desde Curalaba, como Angol (1862) o Cañete (1868). Las nuevas urbes eran parte de la estrategia que perseguía la incorporación efectiva de los territorios indígenas a la administración chilena. Un proceso iniciado espontáneamente con la llegada de cientos de colonos libres al sur del Bío-Bío, pero que ahora el Estado estaba resuelto a completar. Fuertes, jueces y policías, la instalación de colonos europeos, el traslado de los indígenas a reduccione y el remate masivo de tierras fiscales, fueron algunos de los mecanismos utilizados.
Para el logro de sus objetivos de control e incorporación económica de las antiguas tierras indígenas, era indispensable el control del territorio y el mejoramiento de las comunicaciones. Era necesario desarrollar exploraciones y cartografía, tender líneas de telégrafos y teléfonos y, sobre todo, hacían falta ferrocarriles. Se trataba de una tarea mayor. Las vías debían cruzar tierras inexploradas y no pacificadas, ríos correntosos y bosques tan tupidos, que bajo ellos reinaba la oscuridad y los árboles, enredados al infinito, no siempre caían al ser cortados.
Concluida la Guerra del Pacífico y dotado de los ingentes recursos que esta allegó, la administración del Presidente Balmaceda se fija la meta de tender mil kilómetros de vías férreas, enfrentando dificultades en apariencia insuperables, como el valle del río Malleco. Para esa titánica labor no bastaban los recursos. Era también necesaria la ingeniería experta, que por entonces solo podía contratarse en Europa. Decenas de técnicos y especialistas de diversas nacionalidades, en especial norteamericanos, ingleses, alemanes y franceses, llegan a desempeñarse en las obras de la Araucanía. La mayoría regresa a su país de origen, hecha su fortuna, o bien afectados por las dificultades de adaptación a un territorio que les resulta extraño. Unos cuantos se quedarán para siempre.
Junto con los colonos franceses, suizos o alemanes, que siempre se mencionan y estudian, no debemos olvidar a esos otros extranjeros. Aquellos que diseñaron y construyeron los puentes y las ferrovías que hoy, ciento veinte años más tarde, todavía forman parte del paisaje chileno. Y en el futuro, ojalá, podamos usar nuevamente.