Merodear por la ciudad cuando ya se había puesto el sol y emergía el tiempo social. La conversación, el entusiasmo, la embriaguez, el baile y las plumas decoraban la vidanocturna de Santiago en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Porque no siempre hubo previas ni bajones de hambre con un completo en carritos y bencineras.
“Quiero que vivas solo para mí, y que tú vayas por donde yo voy, para que mi alma sea no más de ti, bésame con frenesí”, implora la voz del cantante. Una pareja se desliza por la pista de baile y se susurra palabras de amor, en un semi abrazo, tocándose apenas. Noche, cadencia, cadera, trago, elegancia, turbiedad.
Nocturno merodeo que en los años cincuenta y sesenta incluía un Santiago mucho más pequeño. La Moneda, el Congreso, el Museo de Bellas Artes, el Club de la Unión y restoranes están circunscritos en unas pocas cuadras del centro. No es el mundo conectado de hoy. Se acaba el trabajo al atardecer y se acaba no más. Ni un mail de último momento ni un llamado al celular protagonizaban ni interrumpían ese tiempo para esparcimiento, para conversar, ingeniar, seducir. La noche siempre tiene sus dueños: los jóvenes, intelectuales, poetas, escritores, periodistas, políticos y diplomáticos. Niños y adultos para la casa. Algunos le llaman la época de la bohemia capitalina, que ya se extinguió.
Tuvieron sus lugares de punto fijo los poetas Neruda y de Rokha, Coke, el ilustrador y creador de Topaze, sátira política y comentario obligado del momento, Oreste Plath, cronista que nos relata estos acalorados ambientes en sus recuerdos de “El Santiago que se fue”. El café Torres, Il Bosco, el salón del hotel Waldorf daban la bienvenida a la conversa. Una comida abundante, amenizada por valsecitos, tonadas, boleros, canción folclórica y popular en vivo, interpretada por engominados músicos. El carrete continúa con los bailes de salón, brilla la música tropical, la percusión y el ritmo, con la Huambaly, composiciones de Dámaso Pérez Prado, el rey del mambo, y Agustín Lara, su majestad en boleros. Se baila en pareja, abrigos largos para la noche, peinados a la laca, cartera, vestidos vaporosos, cejas dramáticas, corbatas, perfumes, bigote y sombrero. El profesor Valero enseña a moverse con gracia y estilo a niños y señoras.
Prendiendo la noche, las luminarias anuncian fastuosos musicales del teatro Bim Bam Bum o la confitería Goyescas. Chilenas, argentinas, españolas y francesas siguen sensuales coreografías, ataviadas con plumas, medias y lentejuelas, cantan, sonríen. Tras bambalinas, pasión, locura y sabotaje. Las gráciles señoritas compiten por ser la “vedette” o estrella que protagonizará fantasías febriles de varones y damas del público. Se ofrecen tres funciones diarias con los mejoresespectáculos. Asistentes, coreógrafos, empresarios, maquilladores, bailarinas partirán al relajo de la noche santiaguina, a esperar el amanecer.
En boîtes, salones del baile, las copetineras amenizan con los clientes y les sirven tragos cortos. Algunos acordes de rock and roll se cuelan según avanza el tiempo. El suelo de vidrio iluminado del Tap Room, lo máximo de elegancia y tecnología. Eso en el lado amable. Siempre hay un lado B del que todos hablan y al que pocos reconocen ir. El tabú se vive hacia Mapocho, Bandera y, sobre todo, a Vivaceta, donde doña Carlina Morales, apodada cariñosamente “la tía”, ofrece las más desinhibidas muchachas de la noche. El asunto cobra fama internacional cuando el espectáculo lo complementan muchachos vestidos de dama. Turistas y delegaciones aparecen en el público junto a los notables chilenos.
Tantos parroquianos que ya no están con nosotros. Los que quedan, recuerdan con nostalgia un Santiago distinto, más tranquilo, noctámbulo, con la ciudad funcionando hasta las tantas. Probablemente, es algo humano eso de mirar con tinte rosa y dorado los años en que uno era “último modelo”, amo de la pista de baile, y como tal, invencible.