Por cielo, mar y tierra emerge como un gran faro inconfundible del nuevo rostro porteño. Desde el cerro más alto, su formidable y espigada figura recibe con sus brazos abiertos a peregrinos y turistas. También refuerza la autoestima y la fe a sus propios vecinos. A quince años de su apertura, este imperdible ícono cristiano y turístico suma más de dos millones y medio de visitas.
Por Iván Fredes G. / fotografía Patricio Salfate T.
La fe mueve montañas. Literalmente fue lo que ocurrió en el cerro Vigía. Donde antes había solo rocas, hoy emerge la cruz más grande de Sudamérica. Un verdadero templo de la cristiandad y del turismo. Fruto del sueño de un humilde poblador de los cerros porteños, ungido primero alcalde y luego diputado —con sus luces y sombras—, que a la postre de los años transformó para siempre el, entonces, anónimo paisaje coquimbano.
La reflexión pertenece a los propios porteños, independiente de los sesgos y cálculos políticos y brota, espontáneamente, cuando uno intercambia impresiones con los vecinos al arribar a este encumbrado templo de dimensiones extraordinarias. Ello, tras sortear recovecos urbanos y empinadas calles, debidamente señalizadas para que todos los caminos lleven a la cruz.
Son las primeras horas del día, su boletaría aún está cerrada, la bruma envuelve el contorno y los madrugadores turistas registran fotografías y selfies desde todos los ángulos posibles. Las primeras filas de visitantes esperan ansiosos su apertura matinal para pagar los tickets que los elevarán a la cima monolítica.
MILLONES DE VISITAS
Los mismos guías explican que fue diseñada, construida e inaugurada por y para celebrar los dos mil años del nacimiento de Jesús, el Jubileo del año 2000. De cerca, también de lejos, la cruz alcanza dimensiones mayores que su mero espíritu religioso. Así lo revelan los miles de turistas que diariamente, de día y de noche, contemplan y recorren, por dentro y por fuera, la monumental figura, sobrecogidos por su colosal magnitud y por sus simbolismos católicos.
Desde el punto de vista arquitectónico, el icono cristiano cuenta con cuatro niveles: templo, plaza cultural, campanario y brazos. Pero en estricto rigor, son cinco, si se agregan boleterías y oficinas administrativas. O seis, al sumar también el parque aledaño donde comienzan las primeras escalinatas.
“Acá los turistas encuentran un espacio de reflexión, oración y también de esparcimiento para compartir con la familia y obtener las mejores vistas de Coquimbo y La Serena. No hay otro lugar como este”, dice, categórico, el encargado del monumento de propiedad municipal, Mauricio Gálvez.
Solo el año pasado, doscientos veinticinco mil turistas pagaron su entrada para acceder a la cumbre de la cruz. La cantidad completa bordea las trescientas cincuenta mil visitas al sumar a los que tienen entrada liberada para llegar hasta el primer nivel donde está ubicado el templo y el museo.
Gálvez calcula que, en los quince años, al menos dos millones y medio de turistas y vecinos han posado sus pies en esa imponente escultura. Lo primero que impresiona desde sus pies es la gigantesca y vertical escultura de hormigón y cemento, de noventa y tres metros de altura, sustentada en pilares triangulares y coronada con sus brazos desplegados de setenta metros, que parece surgir como una telúrica erupción
de las entrañas rocosas de la montaña.
El perfecto triángulo equilátero de su base representa los símbolos del catolicismo: la Santísima Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, a la que circundan, en diversos niveles, pilares representativos de los doce apóstoles y otros similares conmemorativos de los diez mandamientos.
Alrededor del parque circular de acceso, sorprende el inédito Vía Crucis, el más grande y el único del mundo con quince estaciones. A las catorce tradicionales, se agregó una nueva, la Resurrección, introducida por el pontífice Juan Pablo II. En esa visión revisada y renovada de la historia de la Pasión de Cristo, esta no termina con su muerte, sino con su retorno a la vida, explica Mauricio Gálvez.
Las figuras humanas y simbólicas de las estaciones, una amalgama de cobre y bronce, miden hasta dos metros de altura y sus cruces más de tres metros. Son las más grandes del mundo en su tipo y fueron diseñadas, fundidas y labradas por la escuela italiana “Domus Dei”, famosa por su detallada rigurosidad histórica y religiosa.
TEMPLO DE ORACIÓN
Ya en el primer nivel, un imperdible del recorrido es la capilla, elevada este año a categoría de templo y declarada así en memoria de Juan Pablo II. Ahí sobresale el altar bendecido por el mismo pontífice, el gran mural de la Última Cena, réplica de la Basílica de San Pedro, y el vía crucis labrado en piedras nobles italianas por el artista Poli Albano.
En este templo, además de ser lugar de oración, recogimiento y reflexión espiritual, vale la pena detenerse frente a sus tres colosales puertas metálicas. El portal de la izquierda simboliza la solidaridad cristiana en la figura del Padre Hurtado. El de la derecha representa a Chile con sus regiones. La puerta central sintetiza la evangelización en el mundo. En el relieve de todas ellas emergen figuras y hechos históricos y sagrados.
Un completo recorrido por este nivel debe incluir, necesariamente, las salas museográficas donde son exhibidos ornamentos litúrgicos, objetos conmemorativos del Pontificado de Juan Pablo II, reproducciones originales de las sagradas escrituras de los tiempos bíblicos y la propia historia de la cruz en imágenes desde su día cero.
Desde ese nivel nace la torre bicentenario, rodeada de una escalera caracol externa y un ascensor en su vientre, que conecta con los niveles restantes, mediante los cuales se accede a la plaza cultural donde descansa una réplica de La Pietá de Miguel Ángel, los miradores y el campanario.
El campanario que corona la mencionada torre representa la voz de la iglesia del tercer milenio. Sus nueve campanas metálicas —cada una es una nota musical—, puede sonar a la manera tradicional en su tañido o programarse con un computador para crear infinitas melodías. Por esta razón, también es conocido como el campanario 2.0 o de la nueva era de la información y comunicación.
COQUIMBO EN 360 GRADOS
El recorrido culmina con la ascensión imperdible a la espigada cruz. Dos ascensores cumplen el cometido aéreo. En un abrir y cerrar de ojos, se llega a los extendidos brazos. Otro museo con bustos papales recibe al turista. En este lugar cúlmine, la experiencia de estar más cerca del cielo, con una mezcla de vértigo, temor, audacia y asombro, hace brotar las más disímiles expresiones de los visitantes.
Entonces, desde sus amplios ventanales, los ojos de los turistas recorren el horizonte como nunca antes, contemplando Coquimbo en 360 grados, desde la Herradura hasta el Faro, en una inédita y emocionante experiencia que resulta inolvidable.
NUESTRO DATO
Tienda de suvenir: venta de rosarios, denarios, pulseras, cruces, llaveros, pinchas, libros y fotografías. Horarios Verano: 08:30 a 21:30 hrs. Resto del año: 09:30 a 18:00 hrs. Valor de entradas: Público general: $2.000, tercera edad: $1.500, niños: $1.000.- Teléfonos: (051) 2335300 / (051) 2335301 www.cruzdeltercermilenio.cl
Un completo recorrido por este nivel debe incluir las salas museográficas donde son exhibidos ornamentos litúrgicos, objetos conmemorativos del Pontificado de Juan Pablo II, reproducciones originales de las sagradas escrituras de los tiempos bíblicos y la propia historia de la cruz en imágenes desde su día cero.