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EDICIÓN | Enero 2016

Samurái

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
Samurái

El verano es refrescante en panoramas culturales. Las noches chilenas se llenan de música en la playa, o a orilla de los lagos. ¡Excepcional teatro en Santiago! En la misma capital y antes que se acabe, recomiendo la exposición Samurái: armaduras de Japón, de real calidad internacional. La valiosa colección de armaduras, cascos, máscaras y armas, la facilitó el Museo Ann & Gabriel Barbier-Mueller, de Dallas, Estados Unidos. Está abierta todos los días en el Centro Cultural La Moneda.

Si este verano está leyendo la tórrida novela El amante japonés de Isabel Allende, o bien si una de estas tardes veraniegas acompaña a hijos, o nietos, a ver el episodio VII de la Guerra de las Galaxias, entonces, debe saber un poco más sobre la imaginería japonesa. Porque George Lucas —autor original de esa saga— tomó varias ideas del gran Akira Kurosawa (ver La fortaleza escondida o Kakushi-toride no san-akunin, filmada en 1958); o los muchos guiños que Lucas le hizo al budismo nichiren (nichiren-kei sho shūha); solo a modo de ejemplo, Yoda, el pequeño gran maestro jedi, remeda al monje fundador del movimiento. Por lo mismo, si tiene algo más de tiempo, dese una vuelta por el Centro de Estudios Integrales de Japón (CEIJA); o conozca su oferta de cursos, en www.ceija.cl

Si su verano consiste en irse de camping y quiere de verdad despegar a sus hijos del televisor, de Netflix y del I-phone, puede recurrir a conversaciones acerca de los monitos japoneses. Si lo sabe hacer, cautivará a hijos, sobrinos, y nietos, con temas que debe llevar preparados, porque todos crecieron viendo animé y lo más probable es que se manejen mejor que usted. Estamos en el siglo XXI, y magia es sinónimo de mangas japonesas (el ancestro del animé). No se puede competir con ellas. Ergo, únase a su poder y creará tertulias muy entretenidas en torno a una fogata bajo el cielo estrellado, hablando de cultura urbana contemporánea, sin aparatos, ni multimedia, ni nada de eso. Como en los viejos tiempos, solo conversación, e imaginación. Entonces, le recomiendo que antes de organizar sus vacaciones, se instruya y averigüe quién fue Hayao Miyazaki, el genio del animé, gran dibujante y productor de cine, que junto a Isao Takahata y Yasuo Otsuka, crearon leyendas tan adorables como Heidi, o filmes llenos de enseñanza y fantasía inacabable como La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, o de Mi vecino Totoro (la lista es larga, y ciertamente va a tener que tomar notas y llevar una libretita).

Hay en todas esas historias ideales que se pueden aprovechar para dar gran contenido al verano, cultivar el amor por la naturaleza y, de paso, rejuvenecer el corazón. Entonces, permítame proporcionar un poco de información elemental para entender mejor lo ya mencionado.

No hay imagen más clásica, querida y hasta controvertida, que la del samurái. El samurái es el ideal japonés. Recio, disciplinado, cumplidor del deber, leal hasta la muerte. Descendiente de la tradición budista, el samurái es un monje-guerrero. Por eso es austero, ascético y solitario; a la vez reservado y silencioso. Fiel a su señor, es capaz de guardar los mayores secretos; jamás revelaría nada, sino sólo lo que es justo de ser conocido. Incorruptible, valiente; es el héroe por antonomasia. Los samurái existieron en paralelo al desarrollo político y social del antiguo Japón. Por mil años, fueron la casta guerrera al servicio de los daimyōs, es decir, los señores que poseían la propiedad de la tierra, ejercían dominio sobre ella, y recibían los impuestos del campesinado. Los samuráis, lejos de ser una fuerza intimidante y coercitiva, ejercían un papel de resguardo de derechos mutuos, tanto del señor como de sus siervos. Por eso, un samurái era culto, un fino letrado, una especie de administrador y de policía. De allí que lo más conocido de ellos era su extrema maestría en armas portables.

Cuando en el siglo XVI los europeos llegan hasta los viejos imperios asiáticos, Japón cerró sus fronteras a los extranjeros. Temerosos de ser contaminados con costumbres extrañas, por todo el período Edo (1615-1868) los japoneses se enclaustraron en su archipiélago. Mas, en el siglo XIX se dieron cuenta de que ese aislacionismo los había dejado al margen del progreso y en frágil situación de atraso respecto de Occidente. Comienzan entonces el proceso de modernización (“la restauración Meizi”); y en el medio de todo eso, los viejos samuráis ya no fueron necesarios. Se llegó a prohibir que portaran sus armas; no obstante algunos insisten en seguir existiendo. Los había buenos, otros se transformaron en vulgares matones. El tema, ha sido retratado muy bien por la literatura, y el cine. Pero quien lo ha recogido de manera especial, es el arte del comic; primero la manga, luego el animé. Finalmente, esas mixturas con samuráis galácticos, como los caballeros jedi. Creo que está listo para un verano con un toque japonés, comiendo sushi en Chiloé.

¡Felicidades!

Para más información, escribir a smcarrasco@vtr.net

 

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