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EDICIÓN | Enero 2016

Vive y deja morir

Por Marcelo Contreras
Vive y deja morir

La ex esposa de Scott Weiland pide que nadie glorifique la muerte del padre de sus hijos, el hombre que por años puso su voz y figura andrógina en Stone Temple Pilots, luego Velvet Revolver, y en un puñado de discos solistas. A semanas de su deceso por una mezcla de éxtasis, cocaína y alcohol mientras dormía en el bus de una gira por sitios menores, junto a los mediocres The Wildabouts, cuesta darle alguna connotación heroica o particularmente rocanrolera a su partida. Hay unos cuantos artistas buenísimos que murieron por excesos, pero el rock y la cultura pop en general han madurado, y ya no se alucina como antes con la desaparición de un adulto que no supo controlar sus adicciones. Al revés, se venera a los sobrevivientes como Keith Richards y Ozzy Osbourne, entre varios.

Scott Weiland es paradigmático del que no pudo teniendo las oportunidades. Lo despidieron dos veces de la banda con la que logró hacerse conocido en el mundo entero. En Velvet Revolver —una pandilla de ex adictos— fue el único que no podía superar o al menos manejar el consumo de sustancias. Otros frontman de su generación se hicieron drogadictos como parte del ritual para acceder a la categoría leyenda —Layne Staley por ejemplo—, mientras Weiland lo era genuinamente. Consumía cocaína y alcohol, y cultivaba amistades en el narcotráfico desde los dieciséis años. Sin embargo se enganchó en la heroína a los veinticuatro. Sentía que era el eslabón que le faltaba en su condición de estrella.

Su voz, que supo ser versátil y rastrear en fuentes como David Bowie para rehuir los clichés del rock duro, se había deteriorado notablemente. La muerte de Scott Weiland no tiene ribetes glamorosos, menos algo que se pueda descifrar como onda. En eso su ex tiene la razón.

 

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