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EDICIÓN | Diciembre 2015

Vocación SOCIAL

Sergio Giacaman, presidente del directorio de CATIM.
Vocación SOCIAL

En instituciones varias, organismos públicos y privados, ha dejado huella Sergio Giacaman García, un hombre que lleva la solidaridad y la empatía por el otro a flor de piel, y que ha hecho de estas características su mejor arma en su vida personal y laboral.

Por Paz Moraga S. / fotografías Sonja San Martín D.

En los últimos seis años, Sergio Giacaman García estuvo a cargo del Hogar de Cristo en la Región del Biobío, fue Seremi de Desarrollo Social en tiempos de reconstrucción luego del 27/F y hoy es subgerente de Relación con la Comunidad y RSE de la sanitaria Essbio, además de presidir el directorio de CATIM, una corporación que apunta a la restitución de derechos en situaciones humanas de alta complejidad. El factor común en toda su experiencia laboral, es el trato con las personas y una búsqueda constante por entregar soluciones dignas a aquellos que, por uno u otro motivo, están en una situación vulnerable.

El camino que ha seguido Sergio Giacaman no es fortuito y tiene una antesala que se remonta a su época escolar. Con tan sólo diez años, tuvo que enfrentar la muerte de su mejor amiga en el colegio; fue allí, según cuenta, que un cura de los Sagrados Corazones lo tomó como su “mascota” y lo hizo participar en cuanta actividad pudo, “por ejemplo, me llevó a una semana compartida con niños con síndrome de Down y me permitió descubrir lo maravillosos que son, para mí fue un mundo nuevo. Después me llevó a unos trabajos de verano en Los Álamos, donde me quebré un dedo y mi única pega fue conversar con el caballero al que le estábamos construyendo un baño y ahí descubrí otra realidad súper distinta”.

Pero además, su padre también se encargó de mostrarle otros escenarios, invitándolo a las visitas que realizaba a distintas poblaciones donde atendía a pacientes en su rol de médico. “Esas historias me movilizan a estar siempre vinculado y ver al otro como un gallo tan legítimo como yo, da lo mismo lo que vista, tenga o no tenga”.

Estudió Ingeniería Comercial y luego de salir, comenzó su carrera ligado al ámbito de la solidaridad. “Tomé lo justo y necesario para que me fuera bien, pero siempre estaba armando proyectos, armé las misiones de la pastoral universitaria, y mi primera pega fue coordinador de la pastoral en el Duoc, después salté al Hogar de Cristo y ahora estoy en Essbio donde trato de ponerle un sello social a la compañía, pero no conforme con eso, estoy en CATIM, donde se ayuda a personas en situación de calle”.

CATIM

La organización que actualmente preside Sergio, tiene más de veinte años. Es ciento por ciento regional, sin fines de lucro y fue creada por médicos de distintas especialidades, principalmente pediatras. “Soy presidente del directorio, porque lo que los movió a ellos, también me movió a mí y hoy enfrentamos una realidad muy distinta a la que enfrentaron hace veinte años. Hoy el niño que está en la calle se viste distinto, tiene acceso a tecnología, entonces es más difícil de identificar”.

Esta corporación cuenta con distintas líneas que propenden a la protección de los niños, pero en los últimos años han comenzado a incluir nuevas líneas que buscan un enfoque diferente. Según explica Giacaman, durante años han estado sujetos a programas del Estado, principalmente del SENAME, en todas sus líneas. Son expertos en maltrato, lo que los llevó a preguntarse qué podían hacer de manera distinta. “Porque indicadores asociados a violencia sexual, por ejemplo, en esta región no hay, entonces deberíamos aportar desde nuestra experiencia, lo que vemos de nuestra cotidianeidad”.

Así fue que el equipo de CATIM generó una propuesta que busca no mirar al niño como un centro aislado del universo, sino que entender que el menor es parte de un entorno y que los adultos son parte de este, y que no sólo sufre violencia él, sino que todo lo que lo rodea.

“Desarrollamos un programa que se llama Centro Modelo, que busca generar un espacio donde se mide integralmente a ese niño y a esa familia que sufrió de violencia”, explica Sergio Giacaman, quien agrega que al no poder acceder a fondos públicos, porque no se enmarca dentro de las líneas de financiamiento existentes, se acercaron a la Fundación COLUNGA, de la familia Cueto, quienes se interesaron y decidieron apoyar esta iniciativa.

La estructura del Centro Modelo, pretende incorporar a la familia en una conversación distinta, “les hacemos talleres de cocina, de karate, de varias cosas, donde la familia y el niño pueden vincularse de manera distinta. Esta es nuestra joya hoy”. Pero además, continúa Sergio, somos los ejecutores de la línea Calle del Ministerio de Desarrollo Social en la región, que comprende tres centros, donde las personas pueden ir a tomar un café o lavar su ropa. Es un lugar donde pueden estar durante el día, interactuar con sus amigos y acceder a servicios básicos. Después está Residencia, donde hay poco más de veinte personas viviendo, comparten un espacio, se organizan entre ellos y se les presta soporte para que vivan ahí durante un tiempo. Y por último está el Suyai, que es como el origen de CATIM, es el trabajo con niños en situación de calle a través de un acompañamiento sicosocial, de búsqueda e identificación.

LEGITIMAR AL OTRO

Para Sergio Giacaman el gran problema de las personas en situación de calle no son ellos, somos nosotros, que los miramos con recelo “que cruzamos la calle, no los saludamos, que estamos llenos de juicios y no nos damos el tiempo de conversar con ellos, de entenderlos. La Mireya es un ejemplo, si hablas con ella es total, súper simpática, pero uno está pegado con que la ve desaseada, que grita, se enoja”.

En ese sentido, reconoce que debe haber un trabajo de parte de las instituciones. Según su visión, “hay que buscar la manera de cómo hacer que estas organizaciones conversen, se sienten en la mesa y aborden las mismas temáticas, de buscar cómo impactar positivamente al otro. A veces pasa que nos transformamos en muy buenos ejecutores, pero no llegamos a la gente que realmente lo necesita”.

Este concepto de “legitimar al otro”, Sergio lo ha llevado consigo siempre. Explica que en todos sus trabajos busca dejar un sello humano. “Me interesa mucho saber la historia de las personas, vincularlos, saber qué nos mueve, conectarlos. Me gusta entender al otro”. Cuando llegó al Hogar de Cristo, ese pensamiento le hizo más sentido al leer al padre Hurtado, “extraordinario, nunca había leído nada de él, pero hay un librito que tiene cápsulas de discursos de Hurtado, te mueve”.

Su paso por el Hogar lo marcó, al igual que sus días como Seremi de Planificación, especialmente por el momento que le tocó enfrentar. “Mi pega fue meterme con la gente de las aldeas, me preocupé de ser el lazo entre las personas y el Estado”. Asegura no tener interés en la política: “creo que en el fondo la política es muy importante y relevante, pero la politiquería hace daño”.

Pero tal vez su trabajo más importante es su familia, y allí vuelca su pasión por los demás, una característica que espera que sus hijas adquieran también. “A mi hija mayor la involucro en lo que puedo, y trato de que sea parte de su vida también. Lo que les quiero transmitir siempre es el valor de las personas, no lo que tienen”.

Esa validación busca día a día Sergio, porque le duele el no acceso a oportunidades, no sólo de las personas en situación de calle, sino que de los más vulnerables también. “Hay gente que no tiene acceso a servicios básicos aún y eso no puede ser. Chile está con un PIB de veinte mil dólares per capita, entonces eso no puede ser. Y eso me molesta, la pequeñez de la política”.

 

"Me interesa mucho saber la historia de las personas, vincularlos, saber qué nos mueve, conectarlos. Me gusta entender al otro”.

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