“…De lo alto de una duna una muchacha le hace señas y grita palabras que el viento ahoga y se lleva. Marcelo reconoce vagamente a Paola, el “angelote umbrío”, como él había dicho, de la mañana siguiente a la reunión en casa de Steiner.
Con una sonrisa melancólica y una serie de gestos que él cree elocuentes, Marcelo hace señales de que no oye nada. Paola se encoge de hombros y se aleja para reunirse con sus amigas.
El monstruo sigue estando en la orilla, mancha clara e incongruente. Marcelo se aleja por aquella playa del fin del mundo…” Extracto final del libro: La dulce vida (La dolce vita), por Joseph-Marie Lo Duca, 1960.
Probablemente, muchos de ustedes han visto o al menos han escuchado hablar de La dolce vita, película italiana dirigida por Federico Fellini en 1960, con Marcello Mastroiani y Anita Ekberg, como parte del reparto.
Es un extraño final en una playa del fin del mundo junto a un monstruo marino que los pescadores del lugar acaban de sacar del mar atrapado en sus redes. Los finales muchas veces son inesperados y extraños. Por esas cosas de la vida, me he preguntado ¿cómo se escribe el final de una historia que tal vez no debería terminar?... Con qué palabras, en qué circunstancias, en qué lugar de esta ciudad…
Me puse, entonces, a buscar finales de historias. Así, me he metido en mi biblioteca a leer y a buscar aquel final, a descifrar esa sensación de los últimos momentos, de los últimos párrafos, de las últimas palabras…
Las historias se escriben para tener un final, para acabar en una última página, en un último momento donde viven y se hacen inmortales…
Hace tres años escribí una columna con motivo del fallecimiento del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer Soares (15.12.1907– 5.12.2012). A sus ciento cuatro años, escribió las últimas líneas de su historia, una gran historia construida a partir de la sencillez del hombre que nos regaló arquitecturas fantásticas, formas curvas de sutil belleza, colores y espacios que todavía parecen pertenecer al futuro.
Así la vida inicia y termina, comienza y finaliza en momentos y tiempos, en obras, textos y espacios… La ciudad ha escrito su historia una y otra vez sobre sus propios vestigios. Así las historias urbanas que escribimos a diario se funden con el tiempo que las indetermina…
Se acerca un nuevo término de año, el tiempo vuela, si parece que va mucho más rápido cada vez… Se ha preguntado ¿cómo será ese final que está por escribir este año?...
“El comprendió que se marchaba. Volvió lentamente la cabeza, pero no pudo mantenerla así mucho tiempo. Cuando miró de nuevo hacia Valerie, la joven se encontraba de espaldas al final del pasillo, entre las camas. La vio permanecer allí unos instantes y se alegró de que no se volviera de nuevo hacia él antes de dirigirse con paso vivo a la salida”. Extracto final del libro: La gran jornada, por Lionel Shapiro.
Por fin, él se movió, se levantó y vino, como dudando, hacia ella. Volveré, Allaye –dijo, serenamente-. Y que todos se vayan al diablo. -Ella percibió un dolor indecible en su voz.
¿Volverás, a quién? –dijo ella, sentándose. Volveré, y nos iremos a América –dijo.
Tú volverás a mí –susurró ella, en un éxtasis de dolor y alivio.
No le importaba adónde fueran, siempre que él regresara realmente a ella.
Volveré –repitió él.
¿Sí? –murmuró ella, abrazándolo.
Extracto final del libro: La mujer perdida, por D.H. Lawrence.
“Louis, creo que este es el principio de una hermosa amistad…”. Parlamento final entre Rick, interpretado por Humphrey Bogart, y el jefe de policía Renault, interpretado por Claude Rains. Casablanca, 1942.