Tell Magazine

Columnas » Archivo Histórico

EDICIÓN | Diciembre 2015

Frenesí escénico

Por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián.
Frenesí escénico

Por más de ciento cincuenta años, en el Teatro Municipal bulle la pasión por compositores, directores, instrumentistas, bailarines e intérpretes del firmamento musical. El espectáculo, eso sí, no siempre es en el escenario.

Antes de que el arte se envasara y se pusiera a disposición de las masas por un precio, antes de Youtube y Netflix, del MP3, del casete, de la pista atlética del Estadio Nacional, de los centros de eventos, la ópera italiana y francesa estrenada a la par que en Europa, con artistas extranjeros, cantada en vivo, causaba furor, enamoramiento y muerte entre las familias aristocráticas santiaguinas. (Esto último no es exageración, hubo un crimen pasional al término de una función, en 1905). El templo escénico en que se venera a Gounod, Puccini y Verdi, esa “divinidad estética”, que con sus amantes separados, rencillas familiares, intrigas de palacio, infidelidad y avaricia, inflama el sentimiento romántico. Igual que hoy, los rockstar de la época, divas y directores, conmovían y electrizaban a la selecta audiencia; ramos de flores, joyas y poemas se deslizaban por el aire desde los palcos; en la ventana de su alojamiento, los jóvenes se agolpan e improvisan la serenata. Aparecen en revistas y diarios. Se publican los libretos, el argumento, los asistentes a la función y las vestimentas traídas desde Europa que usaban. La reventa de entradas alcanza precios siderales. La fuerza pública debe contener a los curiosos.

El espectáculo ocurre sobre el proscenio y en sus alrededores. El frac masculino, las lacas, afeites, broches, tocados, los “vaporosos vestidos femeninos de tenues colores, hormados en la rígida crinolina, impuesta por la emperatriz Eugenia de Montijo”, de las damas se robaba atención de la lírica, según relata don Eugenio Pereira Salas en Centenario del Municipal, 1857 - 1957. Los impertinentes o largavistas se usaban más para pololear que para atender la música. Cuenta el mismo historiador que el Municipal era el centro de la vida social, donde se arreglaban romances, negocios de la Bolsa o nóminas para llenar los ministerios durante la época dorada de fines del siglo XIX.

Algo de eso ocurre aún en el Teatro Municipal de Santiago. Año a año, cercados por esos mil doscientos kilos de cortina de terciopelo rojo, cada pocos años vuelve el Cascanueces con los niños rumbo al país de las flores, el Pagliaci lamenta la infidelidad de Nedda, Aída permanece con su Radamés por la eternidad. Todavía se sufre, cunde el estremecimiento, nace el aplauso y la ovación.

Desde 1857, en la esquina de San Antonio y Agustinas, se emplaza este edifico. Años bien celebrados y sufridos también. La tercera calle del cuadrante, fue nombrada en honor de Germán Tenderini, fundador de la sexta Compañía de Bomberos de Santiago, quien pereció combatiendo el incendio del 8 de diciembre de 1870 que lo dejó en ruinas. Como estamos en Chile, otros incendios y terremotos lo estremecieron. El de 1906 pilló a los artistas ya caracterizados para Tosca, con sacerdotes, sacristanes y monaguillos huyendo despavoridos por las calles céntricas, detenidos solamente por los vecinos que les pedían absolución ante tamaña conmoción. Su construcción se inició en 1853, según planos del arquitecto francés Francisco Brunet de Baines, continuados tras su fallecimiento por su socio Luciano Huenault. La decoración interior incorporó la máxima elegancia: cielo pintado, asientos forrados en terciopelo, lámpara de cristal de Baccarat y la novedad tecnológica: iluminación a gas que “cambiaba la noche por el día”.

En esos tiempos, las compañías completas provenían de Europa. Pasaron décadas antes que hubiese artistas locales y más todavía para que contara con cuerpos estables, que hoy llenan de orgullo y reconocimiento internacional al teatro. En los palcos y platea nuestra aristocracia criolla y más arriba en las galerías los nacientes sectores medios: universitarios, profesores y empleados se someten al influjo de la ópera, el ballet, el teatro, la danza, zarzuelas y recitaciones. Muchas estrellas destilan talento y fama: desde la bailarina rusa Ana Pavlova, los maestros chilenos Claudio Arrau y Roberto Bravo, los cantantes líricos Ramón Vinay y Plácido Domingo, el compositor y guitarrista Andrés Segovia.

 

Otras Columnas

Fiebre de la hamburguesa gourmet
Rodrigo Barañao
La Voz
Presta Oído
Más respeto
Presta Oído
Conciencia de muerte
Pilar Sordo
Everest
Cine Paralelo
HONRADEZ
Monocitas
Feliz Navidad 2015
Asia Dónde Vamos
» Ver todas las Columnas


OPINA

  • Verificación Anti SPAM, Ingrese el resultado de la siguiente operación9+2+2   =