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Entrevistas

EDICIÓN | Diciembre 2015

Sus vidas y sus regresos

Viviana Rodríguez, actriz.
Sus vidas y sus regresos

Salta de la actuación a la maternidad y a las clases de yoga con total naturalidad. La Kitty tiene varias vidas que corren en paralelo y una de ellas es la televisión. Aunque la ha dejado un par de veces, hoy está de vuelta en la primera teleserie de la tarde de Mega. Y espera que esta vez la vuelta dure mucho rato.

Por Mónica Stipicic H. / Fotografías Andrea Barceló A.

“Soy inconstante, inconsistente e incongruente”, repite en todo momento. Como tratando de justificar las lagunas en su carrera televisiva, como tratando de explicar el ritmo de su vida, como tratando de retratar quién es esta mujer que, en plena década de los cuarenta, luce espléndida, que se ríe con facilidad y que ha participado en grandes producciones dramáticas locales, como Sucupira, Iorana y Machos y que, en varias ocasiones, ha decidido bajarse del carro del éxito para respirar profundo y ordenar sus prioridades.

Has tenido una carrera dispareja. La primera vez desapareciste en 1998 y la segunda en 2005…
Es cierto, cuando miro para atrás pienso que habría sido bueno ser más constante, pero no lo soy. Me ahogo y cuando eso me pasa me arranco. La primera vez era parte de un elenco muy exitoso que estaba en lacresta de la ola. Pero la cresta de la ola cansa, sobre todo cuando hay que viajar mucho. En un minutome di cuenta de cuántos cumpleaños me había perdido y de que hacía meses que no podía ir al banco… e hice crisis. Y como la vida te obliga a parar cuando lo necesitas, justo en ese momento tuve un accidente, me caí del segundo piso de mi casa y me saqué la mugre… así que obligada a parar y desaparecerme un rato largo. La segunda salida tuvo que ver con la maternidad. Yo estaba grabando Brujas cuando nació Ágata (su única hija de diez años) y tuve que volver a los quince días a trabajar. Me transformé en una verdadera vaca lechera, que sólo se sacaba leche, la dejaba y volvía cuando la guagua estaba durmiendo. Terminé de grabar cuando tenía tres meses y, aunque me llamaron de TVN para participar en las nocturnas, dije que no era capaz. No quería saber nada de la tele, necesitaba ser mamá. Decidí tomarme un año, pero en el camino me di cuenta de que no era suficiente y lo alargué a tres. Además, me separé cuando ella tenía un año y más necesitaba estar presente. Los primeros tres años de un niño son demasiado importantes y yo lo compruebo viendo hoy a mi hija, que es una niña criada sin miedos, con certezas y seguridades.

Tantas idas y venidas han significado que, además de la actuación, la Kitty tenga varias otras pasiones. Una de ellas la descubrió justamente cuando estaba buscando recuperarse de su quiebre matrimonial: el yoga. Y no sólo lo practica, sino que lo enseña como instructora certificada de Bikram, disciplina que se practica a más de cuarenta grados de temperatura.

¿Cómo corren esos dos mundos en paralelo?
Soy inconstante, inconsecuente e incongruente, por lo que en mi vida todo corre en paralelo y yo salto de una a otra cosa como una loca. Pero me gustan todas y busco el tiempo para desarrollarlas.

Pero el yoga es una disciplina que necesita consistencia, consecuencia y congruencia…
Sí, y es lo único en mi vida en lo que soy constante. Me obligó a serlo y justamente llegué a practicarlo buscando eso. Necesito un poco de obligación y el yoga va creando en uno la necesidad física y biológica que te va forzando la consistencia.

¿Por qué pasaste de practicar yoga a ser profesora?
Uno está en la vida para crecer y evolucionar y esa búsqueda tiene como meta final adquirir algo de sabiduría. Es un proceso, igual que todo en la vida. Cuando llegué al yoga tenía la cagada en mi vida, además de un divorcio complicado había descubierto que tenía una enfermedad autoinmune y necesitaba estar bien para mi hija. La medicina tradicional no me funciona, porque me tomo los remedios tres días y después los dejo botados. Entendí que el yoga era mi única salida y me sané haciéndolo, pero cuando terminé mi propio proceso entendí que el camino seguía, viajé a hacer un seminario con Bikram y el siguiente escalafón era enseñar. Llegué al punto en que me di cuenta cuánto había recibido y cómo había cambiado mi vida y sentí que tenía la obligación de hacer lo mismo y cambiarle la vida a otros.

¿Cómo es la experiencia de enseñar?
Es maravilloso y te obliga a seguir aprendiendo. Vengo de una familia atea, así me criaron, por lo que el yoga me sirvió mucho para abrir un camino espiritual y comprender varias cosas. Hay que entender más allá de las posturas, estar preparado para caerse y levantarse muchas veces, y ayudar a que tus alumnos también se levanten. Cuando una llega al yoga es porque está al final del camino y se vuelca a la espiritualidad, y la mayoría de los que practican Bikram están enfermos o necesitan que los sostengan… y hay que estar ahí y tener la entereza y el temple para hacerlo.

Ser actriz implica entrar en la piel del otro, ¿el yoga sirve para eso?
El yoga sirve para todo… la tranquilidad con la que actúo, el lugar desde el cual lo hago… hay un sostén mayor para entrar y salir de los personajes. Antes me pasaba que al final del día sentía que estaba mucho más tiempo viva en otra persona que en mí misma, y necesitaba salir de ahí. Ahora no, todos los días después de la pega estoy muy viva.

LA MAMÁ Y LA FAMILIA

Viviana tiene una familia distinta, pequeña pero muy fuerte. Ella y su hija Ágata forman un núcleo poderoso, se acompañan, se aconsejan y se entretienen juntas. La maternidad ha sido poderosa para ella y no se demora en reconocer que “se cree la muerte” con la hija que tiene.

A tanto llega su compenetración que practican juntas una disciplina deportiva. Ágata es gimnasta y junto a su mamá hacen Gimnastrada, una disciplina nueva de conjunto que tiene una especialidad padrehijo. En este caso, madre-hija, que viajaronjuntas al mundial de Finlandia y que practican y entrenan tan unidas como siempre.

¿Cómo se vive la maternidad cuando se es tan partner de una hija?
Es que los espacios están muy definidos. Ella no es mi amiga, es mi hija. Tenemos una relación muy concreta en ese sentido y soy una mamá súper jodida, que tiene poco tiempo y quiere ser la que cría. En eso soy súper cuadrada, es una niñita súper exigida, a la que le tiene que ir bien en el colegio, ser una buena amiga, una buena gimnasta… no hay tiempo para intermedios. Ella elige sus opciones, pero una vez que las decide tiene que hacerlo bien.

Tu vida familiar no es muy tradicional, de hecho, tus dos hermanas viven fuera de Chile…
No somos una familia muy tradicional. No almorzábamos juntos los domingos ni siquiera cuando vivíamos todos aquí; mi mamá partía al campo, mi papá era piloto y vivía mucho tiempo viajando. No tengo esa formación ni tampoco la necesito. Y con la Ágata repito el modelo: si ella quiere, hace su vida. El Año Nuevo normalmente lo pasamos arriba de un avión y la Navidad en medio de un viaje, pero siempre juntas, aunque cuando sea más grande y me diga que se quiere ir a la playa con sus amigas, en esas fechas la voy a dejar.

¿No hay trancas con esa estructura familiar?
Para nada. Y si el día de mañana tengo una pareja que me haga ir a almorzar con la suegra todos los domingos me voy a arrancar. No puedo. Tengo una linda relación de amistad con mis hermanas; hay una que vive en Nepal, a la que extraño hasta que me duele el alma. Este año nos juntamos todas en Finlandia puras mujeres, porque somos tres hermanas y dos nietas… un matriarcado. Pero la vida familiar cotidiana la vivo con mi hija y con las familias de amigos que he ido construyendo, donde la Ágata tiene ‘primos’.

Aunque por el lado del papá son mucho más aclanados y ella vive eso también, lo que yo acepto y recibo con gusto.

NI TAN MALA

Hace algunos meses está de nuevo al aire en la teleserie Eres mi tesoro, la primera producción de las tres de la tarde de la exitosa y renovada área dramática de Mega. Allí es Carolina, una mujer malvada, infiel y que pasa por toda clase de dramas, pérdida de memoria incluida.

“Siempre me tocan los papeles de antagonista. No sé si tengo pinta de mala, pero asumo que puedo parecer pesada porque soy frontal y hablo fuerte. Y eso sirve para estos roles”.

¿No hay una mala vibra constante?
No, porque yo a las malas nunca las construyo malas; las hago desde el cariño. Soy una convencida de que hasta el más malo, en el fondo de su corazón cree que está haciendo lo correcto. Y así los veo… la Carolina no es mala, está equivocada. Y estoy segura de que más de alguien va a sentir que ella tiene razón… y por eso la defiendo hasta el final.

Hay mucho melodrama en esa historia… ¡si hasta pierdes la memoria!
Cuando lo leí me morí de susto. Pero lo trabajé con psiquiatras y en vez de construir el personaje tipo venezolano de ‘la ciega que no ve’, hicimos uno que sufre mucho. Y que se vuelve a equivocar y a cometer los mismos errores, porque sus karmas son sus karmas y tiene que limpiarlos, y la pérdida de memoria no implica que pueda transformarse en una buena persona.

¿Esta última vuelta es más definitiva?
Por primera vez fui capaz de sentarme y plantear que estaba preparada para la continuidad. Fue un súper cambio, aunque no sé cuánto me dure. Pero esta vez no tuve susto, no necesité firmar contrato tres meses después… ha sido un proceso más feliz y con una necesidad de arraigo totalmente nueva para mí.

 

"Soy inconstante, inconsecuente e incongruente, por lo que en mi vida todo corre en paralelo y yo salto de una a otra cosa como una loca. Pero me gustan todas y busco el tiempo para desarrollarlas”.

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