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Reportaje

EDICIÓN | Diciembre 2015

EL DULCE PLACER DE HACER NADA

Las gallegas islas Cíes

Se dice que Julio Cesar peleó para tenerlas y que su belleza era tal que los romanos las bautizaron como “Las Islas de los Dioses”. En la Edad Media, distintas órdenes religiosas, cautivadas por la quietud y la cercanía de sus paisajes, levantaron allí sus monasterios; pero el silencio terminó con la llegada de los piratas, quienes rápidamente se volvieron una amenaza, obligándolos a partir. Recuperada la paz de antaño, la clase alta española de los sesenta regresó a este paraíso marítimo para descansar y, después de cinco décadas de turismo, la pureza de sus playas sigue cautivando a miles de personas que buscan un espacio de calma, a menos de una hora de la ciudad.

Texto y fotografía por Constanza Fernández C. conifernandez@gmail.com

Encontrar un lugar sin intervención humana a tan solo catorce kilómetros de casa, donde la naturaleza sea la protagonista y no exista nada que pueda opacarla parece algo impensable, pero existe, y los gallegos son los afortunados. No hay hoteles ni cabañas en las Cies; no se admiten animales, solo perros lazarillos; ningún tipo de vehículo terrestre tiene acceso al lugar, incluso las bicicletas deben quedarse en el continente; las tiendas de suvenires y el comercio no están invitados y cada persona debe hacerse cargo de su basura porque tampoco hay basureros. Saborear el “dulce placer de hacer nada”, como dicen los italianos, es el panorama de quienes visitan este Parque Nacional, porque en las Cies todo es natural y está dispuesto para descansar.

Para llegar a ellas hay que navegar durante cuarenta minutos desde los puertos de Vigo, Cangas o Baiona, ubicados en la norteña región española de Galicia, conocida por sus rocosas costas y acantilados. La única vía de acceso es el mar y solo en época de verano hay compañías marítimas encargadas del transporte con varias salidas cada día, pero como el número de turistas está restringido a poco más de dos mil diarios, se recomienda comprar el ticket con tiempo. Durante el resto del año, solo se llega con un permiso especial y en barco privado. Esta es la realidad de “Illas Cíes”, un virgen escenario declarado Parque Natural en 1980 y Parque Nacional en 2002; un lugar donde cada temporada miles de turistas se comprometen con una visita responsable con el medioambiente, permitiendo que este paraíso marino perdure en el tiempo.

LA MEJOR PLAYA DEL MUNDO

“La mejor playa del mundo se llama Rodas” y está en las Cíes, lo dijo el periódico británico The Guardian el año 2007 y, este pequeño archipiélago de tres islas se hizo mundialmente famoso. El arenal de Rodas es un silencioso espectáculo constantemente sometido a la acción de las mareas de un Atlántico fascinante que, con sus colores turquesas y esmeraldas, rodea la playa por ambos lados. La panorámica se aprecia por primera vez desde el barco y, en cuanto aparece, las personas tienden a moverse hacia la proa para admirarla y tomar sus mejores fotografías. Este brazo de arena finísima y blanca se fue formando de forma natural con las marejadas, los vientos y el paso del tiempo; tiene sesenta metros de ancho y un kilómetro de largo que sirven de unión entre Monteagudo, la isla del norte e “Illa do Faro”, la del centro, que recibe su nombre junto con la inauguración del primer faro.

Praia de Rodas está en la costa este del parque, donde las laderas son suaves y las playas extensas, a diferencia del oeste donde se encuentra San Martiño, la tercera isla con una geografía más abrupta que sólo se puede explorar con un barco privado, porque los ferris no desembarcan en el lugar.

Son cuatro playas que invitan a tenderse bajo el sol y la agradable temperatura de la arena ofrece el mejor abrazo para el cuerpo, permitiendo que, en pocos minutos, la mente se entregue al descanso. Mientras brazos, piernas, cuellos y pies se empiezan a relajar, los oídos se van acostumbrando al griterío de la mayor colonia de gaviotas de Europa que juega en el cielo. Patiamarilla se llama la especie y anida entre las cuevas que se han ido formando por la erosión; son veintidós mil parejas que habitan en los acantilados que alcanzan los ciento noventa y siete metros de altura.

Junto a ellas existe una gran variedad de flora y fauna nativa y también migratoria, que hacen de estas tierras flotantes un importante patrimonio cultural y natural que, además de ser un Parque Nacional, integra el Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas de Galicia, lo que aumenta las normativas y cuidados para su preservación. Adicionalmente, el Ayuntamiento de Vigo, preocupado por la mantención de su ecosistema, espera la aprobación de una reciente petición que lo declararía Patrimonio de la Humanidad.

MODO VACACIONES

El panorama que ofrece este solitario rincón de tierra europeo es ideal para experimentar, fácilmente, “el dulce placer de hacer nada”. La aventura puede durar un día o más, siempre que “la acampada”, como le dicen los españoles, sea una alternativa agradable, porque la única opción para dormir es reservar uno de los ochocientos cupos del único camping del lugar. Acampar fuera del recinto está prohibido y las multas son altísimas; atrás quedaron los tiempos de libre acampada de los sesenta cuando los hippies llegaban para compartir “amor y paz”.

Si bien el parque cuenta con nueve playas, algunas sólo son asequibles en barco privado, por lo que entre las más conocidas se pueden mencionar cuatro. Liderando el ranking de belleza está la ya mencionada Rodas justo al costado del muelle de desembarco; al final de esta orilla comienza Dos Viños y, a continuación de esta, un poco más alejada y solitaria, aparece Nuestra Señora, una pequeña bahía de aguas turquesas. Para quienes buscan libertad total, la opción es caminar un poco más hasta Figueiras, la única playa nudista, también conocida como la playa de los alemanes porque, se dice, fueron los primeros que se atrevieron a desnudarse.

Dormitar bajo el sol es un placer en compañía del canto de las aves y el tenue sonido del mar que con sus ligeras olas reventando una y otra vez en la orilla se vuelve la mejor canción de cuna. El paso siguiente es nadar en sus refrescantes aguas para volver a tenderse y seguir descansando y, después de algunos minutos, regresar al agua y repetir el ciclo para que el cuerpo entienda este modo vacaciones.

Por la tarde, la opción es caminar y existen cuatro senderos de trekking dispuesto para ello y muy bien explicados en un folleto que se entrega en el barco. Todos parten desde la isla Monteagudo y utilizan el mismo camino de ida y regreso; la ruta más larga y ascendente es la del Monte Faro que conduce hacia el Faro de Cíes desde donde se ven claramente las tres islas y sus acantilados, son siete kilómetros para ir y volver.

Le sigue en dificultad la ruta de Monteagudo que incluye el observatorio de aves y las mejores panorámicas de la Ría de Vigo; tiene casi seis kilómetros que se recorren en poco menos de una hora. Más sencilla es la ruta Del Faro da Porta con cinco kilómetros, en una hora y media se puede ir y volver.

Alto do Príncipe es la última y termina en el mirador del mismo nombre con las mejores vistas de las islas; si bien en una hora se completa el sendero en ambas direcciones es bueno contar con más tiempo para sentarse a contemplar. La gracia de cada una de estas sencillas rutas, además de que se pueden hacer en familia, es que la brisa marina “despabila” el cuerpo, alistándolo para embarcar y regresar a casa renovado.

 

 

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