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EDICIÓN | Diciembre 2015

En el nombre de Dios

Por Carolina Arias Salgado @carolaarias
En el nombre de Dios

¿Es por medio de las armas que se pondrá fin a esta escalada violentista?, entonces armas contra armas, misiles contra misiles, vidas por vidas. Y pensar que todo esto es en el nombre de Dios. Si yo fuera Dios, no solo hubiera renunciado, tal vez ya me habría suicidado; por favor, no más religión.

Se irá a transformar en una constante, llenar esta columna de letras que cuenten sobre un sistema desolador. Miro esta página en blanco y les juro que quisiera escribir sobre alguna actividad cultural de esas que abundan es este puerto con poco espacio plano y harta pendiente que me gusta tanto. En épocas como esta, Valparaíso se llena de personajes doctos en materias disímiles que arriban para participar de algún conversatorio, charla o acción de arte. Me gustaría profundizar sobre eso. Pero no sería coherente, porque antes que sentarme a escuchar a alguien que lo más probable haga que mi alma se temple y se vuelva a sentir esperanzada, confieso que tengo miedo.

Confieso que veo al mundo y solo quiero agarrar a mi Augusta y prometerle que estará siempre a salvo. Y en la Augusta veo a todos los niños, incluso, los que jamás tocaré. Antes de tenerla, hace poco más de un año, nunca me preocupé mucho por ellos y resulta que ahora quiero abrazarlos a todos.

Hace unos días, cuando nos enteramos en tiempo presente que dentro de un teatro parisino había hombres yihadistas tomando vidas en el nombre de Dios, creo que por primera vez nos sentimos total y absolutamente vulnerables. Al parecer todo lo que ocurre diariamente en Siria o Palestina o en algún lugar anónimo asolado por la guerra civil, el hambre, la derrota y la desesperanza, que lleva a seres humanos con sus niños agarrados hasta el alma a emprender viajes en pos de una tierra ni siquiera prometida, y donde la vida los ha abandonado en una playa remota, no pasa de ser un hecho lamentable, que un medio de comunicación dio tribuna. Imagino las personas moviendo lentamente la cabeza pensando qué pena, qué pena y nada más sigamos con nuestra vida. Como si el minuto de atención fuera similar a una oración o penitencia que queda saldada.

Pero resulta que hace unos días la muerte tocó el corazón de Occidente y fue terrible, la humanidad puede tener la certeza de que no todos valemos lo mismo. Entonces ahora sí que ser musulmán es ser asesino. Escucho con susto, un tanto incrédula, las opiniones diversas, la ignorancia elevada a rangos insospechados antes para mí. ¿Cómo podemos resolverlo? Lamentablemente, cada vez existen más grupos fundamentalistas que dilapidan la religión musulmana.

Vi un video donde un grupo de musulmanes exhortaba, metralletas en alto y gritos incomprensibles, a una gran masa que los escuchaba y que respondían con gritos más altos y más frenesí. Eran solo niños, algunos no llegaban a los cuatro años. ¿Quiénes son los responsables de esas infancias fallidas?, ¿quiénes y con qué derecho los trasformarán en futuros inmolados?

¿Es por medio de las armas que se pondrá fin a esta escalada violentista?, entonces armas contra armas, misiles contra misiles, vidas por vidas. Y pensar que todo esto es en el nombre de Dios. Si yo fuera Dios, no solo hubiera renunciado, tal vez ya me habría suicidado; por favor, no más religión.

 

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