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EDICIÓN | Diciembre 2015

Corazón artesanal

Carola Barison, diseño de sombreros.
Corazón artesanal

Los sombreros, gorras, turbantes y accesorios de Carolina Rudloff han llamado la atención por rescatar la confección a la vieja usanza, pero rompiendo la estructura clásica con diseños modernos, personalizados y sofisticados. Un emprendimiento en el que mezcla el diseño de autor, el arte textil, la identidad local y lo sustentable.

Por María Inés Manzo C. fotografía Teresa Lamas G.

Al mirar los sombreros de Carolina Rudloff Barison (28) uno de inmediato piensa en aquella época pasada, cuando nadie salía a la calle sin alguno de estos elegantes o útiles accesorios. La diferencia es que logró reinventarlos en nuestra época con materiales locales y un diseño sustentable que le han vuelto a dar valor a estas piezas. “Mis diseños buscan, principalmente, romper con la estructura del sombrero clásico, ese que estamos acostumbrados a ver y catalogar. Lo interesante de cada producto es que, singularmente, tienen su propia personalidad y estilo”, nos cuenta.

Bajo la marca Carola Barison, ha buscado que sus sombreros sean un reflejo de la identidad, cuyo valor va de la mano de las técnicas, texturas, colores, diseños y con producción nacional. Por eso los define de “corazón artesanal y confección sofisticada” y se han vuelto un complemento perfecto, atemporal y a la vez moderno, tanto para hombres como mujeres.

VOLVER A LAS RAÍCES

Carolina es de Concón, estudió diseño de vestuario en el DUOC de Viña del Mar e hizo su proyecto de título en la técnica del fieltro, que sin saberlo fue parte de los inicios de lo que se convertirían sus sombreros. Pero aunque estaba con todo el ímpetu de trabajar, el destino le tenía otros panoramas y sorpresas. “Al terminar la carrera, estuve un año en cama, me operaron dos veces de la espalda y pasaba en el hospital, tuve un periodo bastante triste, pero después “la venganza de la vida” fue bastante buena y postulé a un concurso internacional que daba una universidad en Milán, Italia (Nuova Accademia di Belle Arti). Quedé seleccionada gracias a mi proyecto de título y me fui sola para allá a fines del 2011”.

¿Por qué Italia?
Este viaje era algo que tenía que hacer, desde muy chica me propuse volver a mis orígenes italianos. Mi bisabuelo fue el arquitecto y artista Arnaldo Barison, quien vino a reconstruir Valparaíso después del terremoto de 1906. Es famoso por su legado con obras como el Palacio Baburizza o la Biblioteca Severín, entre muchos otros.

¿De qué se trataba el curso?
Hice un máster en arte, enfocado al diseño de moda y textiles. Si bien estudié diseño de vestuario, no me siento como una “fashionista”, que se dedica a esa área. Este curso era perfecto, lo que necesitaba, fue muy enriquecedor. Fueron dos años y medio de estudios más la tesis.

¿Cómo llegaste al diseño de sombreros?
El curso consistía en pasar por varios workshops, trabajar junto a distintos diseñadores y realizar proyectos en conjunto. Uno de ellos, Federica Moretti, con quien aprendí el arte de la sombrerería. Desde el primer momento me sorprendió, porque en un par de minutos, y mientras nos contaba de su experiencia, armó un sombrero maravilloso. Quedé impactada y así empecé a pensar: “fieltro, arte, textil, moda, sombreros”. Me hacía coherencia todo lo que había aprendido antes y estaba aprendiendo en ese momento.

¿Y qué hiciste?
Me di cuenta de que el proceso de hacer un sombrero es lo que me gusta hacer también en la ropa… pero me entró la duda de cómo llevarlo a Chile, porque no estamos acostumbrados como sociedad, hoy nadie diseña sus sombreros. En Santiago hay varias sombrererías, pero todas usan paños de Bolivia o Estados Unidos, y son modelos estándar. Pero decidí tomar esta inspiración y mi experiencia en Italia, donde, incluso, hicimos un par de exposiciones.

EL APRENDIZAJE

“Al volver a Chile me puse a investigar, no era llegar y hacer sombreros. ¿Cómo iba a trabajar? ¿Quiénes iban a ser mis proveedores? ¿Qué tipo de sombreros?... me fui a meter a todos lados, hasta a la misma fábrica Girardi de Santiago y los Woronoff de Valparaíso. Lamentablemente, estos últimos, cuando murió su maestro sombrerero, dejaron de hacerlos y ahora todo lo importan. Fue una pena, porque hoy nadie aprende esta técnica y los que saben no quieren traspasarlo a los más jóvenes”.

Fue en esa búsqueda que Carolina llegó, hace un año, a don Samuel Álvarez, el último sombrerero de Valparaíso, quien en su taller guarda todos los secretos de este arte. “Yo lo adoro, su llegada a mi proyecto fue súper importante. Lo que él hace no se encuentra en ninguna parte y agradezco mucho que me aceptara, porque al final mis sombreros son mis locuras, mis sueños personales”.

¿Cómo trabajan?
Reúno mi materia prima que es la lana, hago las clochas, la base de los sombreros y él me en la terminación. Me da la forma, le pone el apresto, el tafilete y los cepilla. Es mi mano fuerte. Aunque me ha costado que me suelte las técnicas, de a poco he ido aprendiendo, a colocar la cinta correctamente, por ejemplo.

¿Cómo obtienes los materiales?
Por ejemplo la paja, para la colección de verano, la conseguí gracias a Chile Atiende; fue muy complicado, porque quienes la producen viven en zonas rurales al sur, cerca de donde arman las chupallas, y muchos no tienen cuentas bancarias para transferir. Pese a ello quería trabajar con materia prima de mi país, que mis sombreros fueran producidos en Chile, con proveedores locales y con mano de obra de acá. Para para mí eso es mucho más interesante que traer el material de afuera y hacer los típicos sombreros.

Has buscado también ser sustentable…
Sí, he sido muy terca con eso, de hecho mis hormas son de madera nativa y las mandé a hacer, especialmente, con un ebanista. Ser sustentable es difícil y más aún al ciento por ciento, pero mientras sea mi filosofía lo voy a hacer siempre.

ARTE TEXTIL

Todos los sombreros Carola Barison (www.carolabarison.com) son hechos con materiales como la lana de oveja y alpaca; detalles en seda, cuero y paja teatina. “Este es mi primer año con la colección de fieltro y de paja. Ha sido un proceso de conocer, experimentar y ve cómo reacciona la gente, porque si bien el sombrero es conocido, los chilenos no están acostumbrados a usarlos. Cuando estaba en Italia, comencé a observar, y empecé a ver que en verdad se estaban usando. Pensé que si en Europa se estaba desarrollando, seguro acá iba a pasar lo mismo en unos dos años. Espero no estar equivocada y puede ocurrir algo similar a lo que vivimos con los zapatos de taco. Cuando era chica solo se usaban en el trabajo y hoy son para toda ocasión”.

¿Cuáles son los principales errores?
No saber cuál sombrero te va bien, porque es igual que la ropa, tiene distintas medidas, formas y colores. Es importante tomar en cuenta nuestro cuerpo si tiene forma de pera, triángulo, etc., lo mismo con la cara y cabeza.

¿Qué hizo volver a usarlos?
En una época nadie salía a la calle sin su sombrero, era extraño, dejó de usarse cuando los peinados comenzaron a ser tendencia. De a poco han empezado a volver, porque así ocurre con la moda. Hoy hay mucha gente que sabe, gusta ocuparlos y se les hace mucho más fácil tener diseños como los míos. No es colocarse un sombrero y disfrazarse, es vestirse y que refleje tu personalidad. Es alta costura y exclusividad, porque todo es hecho por pieza.

¿Cómo trabajas el fieltro?
Trabajo con fieltro mojado, no es de aguja. Se amasa, hasta que se compacta y le doy forma triangular. Después paso a las hormas y con el apresto se le da la forma final. Eso es lo entretenido, es como hacer un cuadro, agarrar los colores, darle una forma con la lana y experimentar.

¿Cuánto te demoras en hacer un sombrero?
Si trabajo sin parar hasta que esté listo, alrededor de cuatro días. Porque también hay que esperar por el secado que es en sombra.

¿Haces otro tipo de piezas?
Para el invierno hice turbantes de fieltro, a la gente le gustó mucho e incluso me han pedido para el verano, porque en las noches es más helado. Hago gorras y accesorios. Además, he aprendido un montón de técnicas textiles, porque me gusta mucho el arte y tengo una colección de sedas teñidas con hojas. Es teñido orgánico, no natural, ya que no hay ningún químico de por medio.

¿Cuál es tu sueño?
Me gustaría vivir en Cerro Concepción o Alegre, porque me encanta Valparaíso, y tener mi taller-tienda showroom para que la gente pueda ver los procesos y entender el real valor de los sombreros. Lo que pasa es que no mucha gente se imagina cómo se hicieron y les llama la atención los precios. Estos son productos únicos, ciento por ciento naturales y con mano de obra local. Es importante entender el valor de lo auténtico, más aún hoy que la sociedad lo está pidiendo en todo ámbito de cosas.

“Emprender no es fácil, partí con esto sola, sin tener un equipo y me atreví a volver a introducir esta cultura del sombrero a los chilenos. Me gusta llamar la atención, porque muchos no entienden por qué una diseñadora está interesada en vestir cabezas. Siento que es el momento de hacerlo, cuento con el apoyo de mi familia, mi pareja y eso ha sido fundamental”.

 

"En una época nadie salía a la calle sin su sombrero, era extraño, dejó de usarse cuando los peinados comenzaron a ser tendencia. De a poco han empezado a volver, porque así ocurre con la moda. Hoy hay mucha gente que sabe, gusta ocuparlos y se les hace mucho más fácil tener diseños como los míos”.

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