El vino es uno de los principales motivos para llegar hasta el noreste de la península ibérica y agregar a un itinerario de viaje por Europa la antigua ciudad celta de Cale, actual Oporto. Su puerto fluvial, conocido como A Ribeira, se ubica en la desembocadura del río Duero y esconde singulares atractivos para quienes se interesan por descubrir los secretos del viejo continente, ese que huele a historia, sabe de cultura e invita a la reflexión.
Texto y fotografía Constanza Fernández C.
conifernandez@gmail.com
Los primeros registros que se tienen del vino do Porto, que toma su nombre de la ciudad, datan de mediados del 1600, pero la leyenda cuenta que allí, en la costa del Atlántico, se bebía vino, incluso, antes de la llegada de los griegos, hace más de dos mil años.
Sin embargo, el carácter de Porto, como se le conoce en portugués —su lengua—, va más allá del vino y reside en la vieja zona portuaria, un paisaje urbano con más de diez siglos de historia, donde el encanto brota en cada detalle de la vida cotidiana.
Ventanas y balcones enfrentados al río, tan cerca unos de otros que parecieran estar estratégicamente orientados para que sus habitantes curioseen con facilidad la vida que transita abajo, al frente y al lado. Ellas usan sus barandas para colgar vestidos, sábanas y manteles con suaves aromas, casi como una forma sutil de limpiar la atmósfera de los sucios callejones por donde ellos, los varones, pasean en busca de un compañero con quien compartir un vaso de oporto.
Es ese auténtico olor a puerto viejo que se oculta entre sus calles gastadas por la bohemia. Azulejos con finos dibujos ilustran historias y cuentos, son piezas de cerámica vidriada, pintadas a mano hace cientos de años que, junto a los mosaicos, se encargan de cubrir parte importante de sus construcciones; pero otros tantos edificios añoran un toque de restauración, generando una atractiva mezcla entre lo discretamente elegante y lo evidentemente deteriorado, que hace de Oporto un lugar con identidad.
Su centro histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996, rememorando aquellos años de prosperidad del siglo VIII, época en que los ingleses apostaron por la producción de vino e impulsaron una industria que ahora es ícono nacional. En ese período de esplendor y florecimiento, el estilo barroco fue poblando sus calles con pomposos y atractivos monumentos que hoy guardan entre sus salones el recuerdo de fiestas en las que, sin duda, el vino estuvo presente.
Cada vez que una ciudad se ha levantado en el mundo, un cauce de agua ha estado cerca, y Oporto, la segunda ciudad más importante de Portugal después de Lisboa, es uno de tantos ejemplos que ilustran lo determinante que han sido, y siguen siendo, estos ríos para el desarrollo y el progreso. Los primeros fundadores valoraban y respetaban las bondades del agua, entendiendo que su presencia era un puente para la prosperidad y el bienestar.
Así es como el Duero ha sido testigo de los distintos pueblos y culturas que se han establecido en sus fértiles tierras aledañas, en las que griegos, romanos, godos, musulmanes, ingleses y portugueses han dejado su huella. Una estampa que vagabundea entre los arcaicos murallones de piedra, las oscuras bodegas y la particularidad de su vino. Un fortificado que nació con la incorporación de aguardiente a su preparación para detener el proceso de fermentación, lo que, además de hacerlo un toque más dulce y fuerte que los vinos tradicionales, lo hacía resistente a largos viajes de navegación marítima, única vía de exportación en el pasado.
Hoy la ribeira, para nosotros costanera, sigue siendo un punto importante de la ciudad; en ella se ubican los ravelos, réplicas de embarcaciones antiguas acondicionadas para realizar travesías por el río, siendo “El Crucero de los Seis Puentes” una de las rutas preferidas por extranjeros, con salidas cada treinta minutos. Durante casi una hora, estos ligeros barquitos pasan por distintos puentes y ofrecen atractivas postales, que incluyen un acercamiento a la desembocadura del río, justo frente al Atlántico.
Interesante es también navegar bajo el puente Don Luis I, ya que surge de inmediato el deseo de recorrer la ciudad a pie y atravesar sus trescientos noventa metros de longitud. Detenerse debajo, justo al centro del puente, es uno de los puntos más especiales del paseo, donde se puede sentir la fresca brisa que viaja desde el mar y admirar una panorámica completa del extenso Duero, frontera natural para las primeras civilizaciones de griegos y fenicios que se asentaron al lado izquierdo, y romanos que optaron por la parte derecha.
Más adelante, el desarrollo y las necesidades de las grandes ciudades harían indispensable la construcción de esta sencilla pero imponente estructura de fierro que sirvió para unir, en 1886, Oporto y Vila Nova de Gaia. Tiene dos pisos: por arriba pasa la línea del metro, la más larga de Portugal, y los peatones; vehículos y camiones transitan por abajo.
ADOQUINES CON PERSPECTIVAS
Desde Galicia, en España, lo más cómodo fue viajar en el tren regional, que tiene dos salidas diarias desde Vigo. Durante dos horas, las vistas hacia la costa son hermosas y, hacia el otro lado, las verdes colinas de la región hablan de campos donde abundan las riquezas vegetales; tanto es así, que uno de los típicos platos saboreados por extranjeros y lugareños es el “caldo verde”, una sencilla sopa a base de col.
Con tan sólo dar unos pasos desde el tren hasta el acceso principal de la estación Porto Campanha, una construcción de gran altura, cubierta de azulejos y robustos arcos, confirmé que afuera me esperaba un interesante panorama por descubrir.
Imponentes edificios circulares eran protagonistas de las principales calles de la ciudad, atravesadas por tranvías eléctricos, buses y automóviles que daban cuenta de un lugar despierto, con aires de modernidad e historia. En la caminata hacia el río, el sol comenzó a esconderse y las avenidas se hicieron cada vez más angostas, transformándose en misteriosos pasajes de adoquines, iluminados por bares y restaurantes, cada uno haciendo su mejor esfuerzo —unos de forma más elegante que otros— por seducir a algún caminante deseoso de probar la típica oferta de la zona: el bacalao y sus mil y una maneras de cocinarlo, como lo presumen sus habitantes.Y es que se dice que existen centenas de recetas de norte a sur del país para cocinar este clásico pez portugués.
Recorrer una de las ciudades más viejas del continente, declarada Capital Europea de la Cultura en 2001, puede ser un desafío cultural en compañía de un guía que aporte datos arquitectónicos, históricos y gastronómicos, o bien una libre aventura, dependiendo del objetivo del visitante. Aunque mi elección fue aventurarme entre los callejones para perderme y volver a encontrarme, a los pocos minutos de andar llegué hasta el Mirador Da Vitória, donde un grupo de italianos escuchaba atentamente a su guía. Juntos, disfrutamos de las mejores vistas de las bodegas de vino, al otro lado del río, mientras aprendíamos algo nuevo sobre sus habitantes, los “portuenses”, también conocidos como “tripeiros”.
Este último apodo nació como una manera de honrar el sacrificio que hizo la ciudad al regalar todas las reservas de carne a la expedición que, en 1415, iría a conquistar la ciudad norafricana de Ceuta, quedándose solamente con las tripas. Se dice que estas fueron cocinadas en un estofado espeso que dio origen a uno de sus platos tradicionales, que hoy ocupa un lugar destacado en las cartas de todos los restaurantes, desde el más popular hasta el más elegante. Sólo hay que preguntar por las “tripas à moda do Porto” para darse cuenta de cómo la austeridad y la escasez pueden llamar a la creatividad, creando un plato único y reconocido, al menos, por gran parte de los europeos.
Al bajar del mirador mi rumbo se desordenó; subí por varias colinas, entré en cada uno de los pasajes que encontré; algunos, sin salida, me obligaron a regresar y ver el mismo trayecto desde otra perspectiva, y descubrí una roñosa puerta que antes había pasado desapercibida. Es que las vistas son muy diferentes dependiendo de dónde nos ubicamos; incluso la luz y el panorama pueden cambiar a pocos metros de distancia y en breves minutos, si es que sabemos observar. Dejé la ciudad de noche, rodeada de los mismos edificios que me habían recibido hacía algunos días. Sin embargo, la imagen y el ambiente eran distintos.
Ventanas y balcones enfrentados al río, tan cerca unos de otros que parecieran estar estratégicamente orientados para que sus habitantes curioseen con facilidad la vida que transita abajo, al frente y al lado.