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EDICIÓN | Noviembre 2015

“Mi ambición está en el arte”

Julio Silva Valenzuela, pintor.
“Mi ambición está en el arte”

Con cincuenta y seis años de trayectoria, este pintor y profesor oriundo de Rancagua, se formó en Italia estudiando junto a un maestro de la Escuela Romana el oficio del dibujo y la pintura. Siendo siempre consecuente con sus valores y convicciones, ha desarrollado una destacada carrera y sus propuestas son muy cotizadas.

Por Bernardita Watkins V. / fotografía Danny Bolívar U.

El taller de este pintor fue construido a un costado de la casa en la que vive con su mujer, con material reciclado y todo lo que pudo rescatar después del terremoto de 2009, hecho que los llevó de vuelta desde Rancagua a una propiedad familiar ubicada en El Olivar, específicamente en el sector de El Molino. La calle principal tiene su nombre y, según comenta, el hecho le ha traído más de un dolor de cabeza, dado que todas las cartas, cuentas y cobranzas, llegan hasta su casa.

Dueño de un espíritu libre y pese a que camina con dificultad, se ayuda con un bastón, porque las molestias en su cadera han avanzado con los años, sin embargo, se niega a una operación para poner una prótesis, ya que por nada del mundo quisiera perder la libertad de ir a la montaña a caballo. Amable, sencillo, entretenido, así es Julio Silva, transparente, lleno de anécdotas y absolutamente vigente a sus setenta y seis años.

¿Cuándo empieza su interés por el arte y la pintura?
Desde niño me vi atraído por los animales, los árboles y dibujaba alamedas, charcos de agua, caballos… trabajé en el campo y por consejo familiar entré a agronomía. A los dos años me salí porque no tenía nada que ver con lo que esperaba para mi vida. Cuando un día el profesor de geología empezó a hablar de la lixiviación, dije ¿qué hago acá?, no puedo seguir acá, y me retiré.

¿Qué hizo después de retirarse?
Tomé clases de arte en los cursos vespertinos de la Sociedad Nacional de Bellas Artes con el maestro José Caracci, quien fue la continuidad del profesor de artes plásticas del instituto O’Higgins de los Hermanos Maristas, profesor que encaminó a varios jóvenes de esa época hacia el arte. Muchas veces él llegó a mi casa en Santiago y me decía, “¡qué haces tú en Agronomía, hombre! Tú tienes que ir al Bellas Artes, ¡no puedes estar aquí!”. Él influyó notablemente en el gusto por la buena música, la buena pintura, el buen oficio y buen dibujo de muchos compañeros, sus clases eran muy entretenidas, el colegio nos marcó.

SU FORMACIÓN EN ITALIA

A los veintiún años, a Julio se le presentó la oportunidad de estudiar en Roma. Su intención no era ir a la universidad, sino que aprender junto a un maestro que lo formara. Y así fue. Su padre, que en la juventud debió dejar de lado su vocación por la música para dedicarse a las responsabilidades familiares, quiso dar una oportunidad a su hijo y lo apoyó en esta aventura: “Mi papá analizó la situación y me dijo te voy a apoyar... tienes que ir y aprender todo que lo puedas”.

¿Cómo conoció al maestro que lo formó en Italia?
Creo que estaba todo escrito, todo programado, fue providencial. Al llegar, participé en una cena de fin de año donde me presentaron a alguien que me podía ayudar, don Vittorio Di Girolamo, y fue él quien concertó una cita con Carlos Sócrates, pintor de la Escuela Romana de la pre y post Segunda Guerra que había sido su maestro. Nos recibió en su taller y estudié dos años con él... por eso digo que tuve mucha suerte y que todo estaba escrito.

¿Cómo se presentó usted ante él?
Llevé un trabajo con el que había ganado un concurso en Melipilla. Lo tomó, lo miró y le dijo al embajador: “déjeme a este niño... me comprometo a decirle la verdad; si va a aprender, bien, pero si no tiene pasta, lo devuelvo a Chile”.

¿Cómo fue la relación con este profesor?
Lloró cuando me vine. El empezó a acordarse del idioma, había regresado a Italia a los diecisiete años. Hasta me llevó a su casa. Tenía sesenta y tres años cuando lo conocí. Cuando me fui de Italia, me dijo que había sido uno de los pocos alumnos aventajados que había tenido y me pidió difundir esta escuela, por eso hago clases hasta el día de hoy.

LOS INICIOS DEL ARTISTA

Cuando volvió a Chile, en 1959, su papá le ofreció un sector de las bodegas que estaba vacío; ese fue su primer taller y sus primeros trabajos fueron retratos, naturalezas muertas y propuestas simples, pero con alguna característica de color. Participó en varios concursos y fue ganando muchos de ellos. Sin embargo, fue un concurso de pintura histórica el que le trajo mayor visibilidad: “Hubo bastante publicidad, noticias, televisión y, a partir de ese momento, me empezaron a llamar bastante de Rancagua y de otros lugares”.

¿Cuál ha sido su exposición más exitosa?
Recuerdo una en la Estación Mapocho, en la que expuse treinta y seis cuadritos pequeños, se llamó Persistencia de lo cotidiano y vendí harto. Una turista me escribió una nota: “su propuesta es lo más lindo en arte que he visto en este viaje, lo felicito porque me llegó al alma”.

¿Cuándo empezó a hacer clases?
El año 1989. Ahí me instalé en Rancagua y comencé a hacer clases. Óleo, acuarela, pastel seco y dibujo.

¿Le gusta enseñar?
Me encanta hacer clases y compartir. Uno debe enseñar las técnicas... pensar que los alumnos serán competidores es una estupidez, la idea es que el alumno supere al maestro.

¿Se puede vivir del arte?
Sí, de acuerdo con mi experiencia se puede, siempre y cuando hagas concesiones contigo mismo.

¿Dónde están sus ambiciones?
¡Mi ambición está en el arte! Ahí he logrado siempre lo que he querido.

¿Cuál ha sido una de las mayores satisfacciones de su trabajo?
El cuadro que está en la iglesia de San Javier en Los Lirios. En él está Cristo, San Juan, la Virgen y María Magdalena. Ese cuadro resultó el día que murió mi papá, que se fue de improviso. Hacer ese cuadro fue una terapia para mí. De lo único que me arrepiento es de no haber puesto la cara de mi madre a la Virgen.

¿Qué satisfacciones le ha dado su rol de maestro?
Muchos alumnos han tenido éxito. También me da mucha alegría cuando algún alumno que se ha retirado por algún motivo, después me escribe y me agradece por haberle enseñado, por ejemplo, a apreciar la vida de otra forma.

 

Mi ambición está en el arte! Ahí he logrado siempre lo que he querido”.

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