Un ejemplo de barrio desapercibido pero con buena mochila patrimonial existe en la breve trayectoria de calle Esmeralda, una conexión entre el clasicismo del sector de las Bellas Artes y el bullicio y ajetreo del Mercado Central.
Pintaba para nuevo hit turístico y comercial el barrio Esmeralda, ubicado en paralelo a tres cuadras de Plaza de Armas y dos del río Mapocho. Un pasaje tranquilo que se prolonga por solo tres cuadras adoquinadas entre Miraflores y 21 de mayo y que une dos polos, el Mercado Central y sus alrededores, importadoras, tiendas de tuercas, papel mural, disfraces, lanas y cotillón, hacia el barrio de las Bellas Artes, con sus museos, tiendas de diseño, cafés y restoranes.
Atractivos para mirar le sobran a Esmeralda. En la entrada, el hermoso edificio de estructura semicircular que se orienta hacia el parque, la sede del Servicio Electoral o la casona que alberga el centro cultural del Colegio Médico, en la numeración 680, la misma donde residió durante un tiempo el presidente Pedro Aguirre Cerda.
Su postal es la Posada del Corregidor, una casona de estilo colonial que se comienza a construir hacia 1786, de las pocas que conservamos de arquitectura hispana, con sus gruesos muros de adobe y balcón corrido de madera, que conecta varias habitaciones del segundo piso y mira a una pequeña plaza. Su entrada principal, que sale a Esmeralda, se resguardó con un característico pilar de esquina. Dicho acceso se rescató en la última refacción que sufrió este monumento histórico, de propiedad de una entidad bancaria que lo usó como sede desde mediados de los años ochenta. Hace escasos meses reabrió como una galería de arte de la municipalidad.
La calle fue bautizada en la Colonia por el oficio que allí se ofrecía: diversión y descanso. Las Ramadas se le llamó, porque muchas mujeres solas tomaban las ramas que traía el Mapocho —antes de su canalización, cuando la ciudad en su límite norte llegaba literalmente hasta el río— y allí se armaban estos locales típicos de música, baile, risotada, refrigerio y chicha.
El sector era la primera detención de un largo viaje desde la costa o uno más breve por el frente, La Chimba, actual Recoleta. Carros, carretas, caballos, transeúntes, animales, mercancía, víveres llegaban para consumo o ser transados en el Mercado Central. La posada permitía recuperar fuerzas o despedirse de la capital del reino. El único punto de cruce del río era el puente Cal y Canto.
Quizás por esta obra de infraestructura se bautizó la posada y la plazoleta en honor a don Luis Manuel de Zañartu, Corregidor y Justicia Mayor de Santiago, pero sabemos que el implacable gobernante no vivió allí, aunque se instaló cerca, para supervisar personalmente la construcción del viaducto.
Vivieron otras familias notables, como la Fernández Concha, que amenizaba sus tertulias con funciones de teatro al aire libre en el pasaje que enfrenta la plaza. Cuando una de las hijas de don Pedro entró como religiosa a la Orden del Buen Pastor, donó un terreno cercano en 1867. Por Mac Iver se puede apreciar la fachada de la Iglesia San Pedro que pertenece a dicha congregación.
A comienzos del siglo XX, el cuadrante en cuestión fue sinónimo de bohemia santiaguina, que practicaba el arte de conversar y arreglar el mundo hasta el amanecer. Pero algo mandó la gente fuera del centro. El abandono y consolidación de otros barrios desvaneció esa vivacidad hacia el recuerdo. Durante buena parte de los noventa y del dos mil, el sector es oficialmente peligroso: riñas, alcohol, mugre, vagabundeo y comercio sexual.
¡Un barrio con tanto cuento…! Para insuflarle otra vida, jóvenes gestores culturales han promocionado su re colonización, desde hace poco menos de una década, para que el diseño de modas habite en sus altas casonas, salgan las mesas de café a las veredas y el arte al espacio público, atrayendo visitantes y residentes cercanos. Varios se entusiasmaron con el llamado, pero pocos emprendedores se quedaron. Ya veremos.