Después de casi diez años de su instalación en el corazón serenense, la prolífera autora de arte público volvió a recorrer el camino de las “Flores Mágicas”. La artista irrumpe en medio de la polémica ante un eventual traslado del colorido circuito floral en homenaje a Gabriela Mistral y sueña con prolongar esa ruta multicolor desde Coquimbo al Valle de Elqui.
Por Iván Fredes G. Fotografías Patricio Salfate F.
Federica Matta Pope (60) regresa feliz de su caracoleado viaje hasta el sepulcro de Gabriela Mistral, en el siempre soleado y luminoso Valle de Elqui. En su última visita a nuestro país, completó un largo camino transcontinental que sembró con dialogantes flores simbólicas —“mágicas”, las bautizó—, iniciado en Montpellier (Francia) y La Serena (Chile). La misma vía floral que tiene su comienzo o final en la céntrica calle Cordovez y la misma que un concejal municipal serenense polemizó pidiendo sea reubicada lejos del corazón urbano por apartarse del estilo neocolonial de su zona típica.
La obra de arte público —doce espigadas esculturas multicolores de resina y acrílico—, que representa diversos estados emocionales y de la conciencia, cuya restauración comprometió el alcalde Roberto Jacob, la visitó después de nueve años de su instalación y se dio el tiempo para explicar a los transeúntes el significado de esa obra que rinde homenaje a la poetisa elquina.
La artista, hija del célebre creador surrealista Roberto Matta, reafirma su identidad ante la sola mención de su famoso progenitor. “Está muerto, junto con los muertos, y yo no hablo de los muertos”, dice categórica, molesta, porque prefiere hablar de sus obras, de sus proyectos internacionales y de cómo el arte puede cambiar el espíritu humano para hacer un mundo posible, con justicia, igualdad y libertad.
Esa visión humanista de la vida ha sido el leit motiv de sus profundos poemas y coloridos afiches, esculturas, pinturas, juegos infantiles, que hoy habitan espacios urbanos en lugares tan disímiles como Francia, Japón, Bélgica, Italia, Irán, Brasil, Argentina y Chile, por nombrar parte de la geografía planetaria donde su arte público ilumina rincones con estallidos de colores y formas oníricas y fantásticas.
LUCHAR CONTRA LOS MIEDOS
Para Federica, palabra e imagen forman la simbiosis perfecta para expresar su visión del mundo que la rodea y que recoge de los niños, del ciudadano común, a quienes escucha ensimismada para extraer ideas que convierte en mensajes reveladores y transformadores, como lo pretende hacer ahora con los estudiantes de Coquimbo para plasmar un nuevo proyecto —aún en ciernes—, que devuelva la amistad del hombre con el mar después del traumático maremoto del 16 de septiembre último.
¿Quién es Federica Matta?
Una mujer que está encandilada con las luces de la contemporaneidad y que lucha contra el miedo. Cuando veo que puedo hacer una intervención para terminar con los miedos, lo hago. Soy una persona que hace “acupuntura urbana” para despertar energías positivas dormidas.
¿Entonces su obra de arte público va más allá de lo meramente estético?
Cuando se mezcla la estética con la práctica se crean fuentes de energía que son independientes del artista. Entonces, pasan a tener vida propia, en comunicación con el entorno. Para hablar de estética tendría que hablar de filosofía y eso es más profundo. Pienso que otro mundo es posible porque es lo que sentimos en nuestra condición humana. Creo que hay que dejar el individualismo para crear territorios comunes donde podamos intercambiar. Tenemos que entrar en esta nueva dimensión del arte, con las imágenes, con las palabras invisibles, haciendo un trabajo profundo para encontrarnos en este territorio común.
¿De quién finalmente es el arte público, de la artista o del colectivo que la apropia para producir su propio cambio?
La artista es el colectivo. Recibe, como el “chamán”, informaciones y quiere retrasmitirlas. Entonces, soy receptor-emisor de ese colectivo. Es la misma forma en que veo las “flores mágicas” de La Serena y Montpellier. Veo cosas y las quiero contar con una visión particular desde el colectivo. Entonces, yo soy “nosotros”.
¿Qué rol juegan los más vulnerables, lo niños, los discriminados, los indefensos, los marginados?
Bueno, esa también es la situación del artista. Somos muy frágiles. Me identifico en esta lucha. No puedo soportar la injusticia. Me enferma. La siento en mi cuerpo y me rebelo. Participo a mi manera con mi imagen y con lo que yo siento porque no quiero morir de rabia. Entonces, lo transformo en imágenes. Por ejemplo, cuando estoy en Chile, estoy muy atenta al diálogo entre los hombres de la tierra y eso es lo que más me toca. Comienzo a dialogar de otra manera con las fuerzas de la tierra. En este caso hay un concepto de igualdad entre los hombres, mujeres, niños, plantas, animales. Cuando veo gente que tiene problemas de narcicismo, de ego, que se quiere apropiar más de la tierra, me da depresión, siento debilidad y hasta rabia. Estamos todos unidos en la injusticia. Nadie se salva de esta situación. Para hacer otro mundo posible tenemos que cambiar todos.
FLORES MÁGICAS
¿Hay algo de eso en las “flores mágicas” de La Serena?
Sí. Las flores mágicas son un camino. Para mí, es el camino de la poesía como conciencia y evolución colectiva. Empieza en Montpellier. También hay en otros lugares, en Bélgica y cerca de Niza. En Chile, las flores tienen la memoria ancestral del viaje del Meditérraneo al Pacífico. Y al final llegamos a Gabriela Mistral para que continúe irradiando su pensamiento de cambio para no convertirla solo en una estatua del Nobel. Gabriela fue una mujer muy moderna que pensó en la educación en Chile, Brasil, México y en la Unesco de su época. Fue gay, homosexual. Vivía en y con la libertad. El mensaje de Gabriela no es que la admiren o la idolatren, más bien es un mensaje para continuar trabajando por la educación.
¿Por eso siembras “flores mágicas” por el mundo?
Sí. Es también desarrollar en nosotros el deseo del cambio. La admiración es una trampa que nos inmoviliza. En este caso, me gustaría que ese camino de las “flores mágicas” fuese recorrido por los estudiantes, por los artistas, por el ciudadano. Que para cada aniversario del natalicio de Gabriela declamadores leyeran sus poemas y siguieran su camino de cambio social.
¿Y cómo se concilia arte público moderno en una ciudad tan tradicional y conservadora?
Lo que hoy es moderno, mañana será patrimonial. Da miedo cambiar y esa es la primera reacción. Hay una frase muy ilustrativa que encontré. “Su tiempo es ser de todos los tiempos”. Las cosas, como la vida, se renuevan siempre. Como las células de nuestro cuerpo lo hacen cada dieciocho días. Cada dieciocho días somos personas totalmente diferentes. Si en nuestro sistema ponemos información para cambiar, vamos cambiando. Las flores tienen ese sentido de cambiar el espíritu de las personas, una especie de “acupuntura urbana y espiritual” en el tráfago cotidiano.
¿Algún proyecto de arte público para cambiar el miedo al mar en Coquimbo?
Necesito estar conectada con el lugar. Después tomo un lápiz y dibujo. La idea es trabajar con los estudiantes de una escuela afectada por el maremoto. Que los niños pierdan el miedo. Para el terremoto del 2010 hice un afiche: Fuerza Chile. Me vino la idea de que un temblor nos despierta. Tengo la imagen que los animales cuando tienen mucho miedo, se hacen los muertos. Y cuando despiertan, tiemblan. También podemos temblar nosotros para producir cambios. Tenemos que vivir y pensar así para no quedar paralizados. Ese sería el espíritu de una obra colectiva con los estudiantes.
¿Quizás prologar el camino de las “flores mágicas” hasta Coquimbo?
Así lo pidieron los artistas de Coquimbo en un conversatorio muy participativo. Es una buena idea la prolongación desde Coquimbo al Valle del Elqui. Esa unión con La Serena. Un camino en el espíritu libertario, de conciencia social, emocional e intelectual de Gabriela Mistral. Y que avanza desde Montepellier hasta el valle del Elqui o viceversa.
¿A propósito, en esta visita hizo el camino hasta la tumba de Gabriela?
Sí. Cuando uno entra en el Valle de Elqui siente muy claramente que hay una puerta espiritual, como la hay en Macchu Picchu y otros lugares del planeta. Cuando uno traspasa esas puertas puede sentir las células a flor de piel. Te conectas a sabidurías cosmológicas que te pueden ayudar. Eso se siente, se palpa en el Valle de Elqui. Esa paz espiritual es el secreto para construir la libertad.
"La idea es trabajar con los estudiantes de una escuela afectada por el maremoto. Que los niños pierdan el miedo”.