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EDICIÓN | Noviembre 2015

Una vuelta en grande

Restaurante Sarita Colonia

Tras años de silencio, retoma vuelo el proyecto más sentido de Gino Falcone. En honor a su fallecido amigo DJ Rocco, y saldando lo que considera una deuda con la ciudad, hoy propone un restaurante más maduro, lleno de simbología y con alusiones permanentes a la muerte, a lo sacro y a la transexualidad. Bienvenido al Santiago 2.0.

por Carolina Vodanovic G. / fotografía Andrea Barceló A.

La reedición del mítico restaurante Sarita Colonia no podía ser de otra forma. Tras una década de silencio,hace doce meses echó a andar la máquina nuevamente, y no sólo dio un giro drástico a su cocina — bautizándola como “peruana travesti”—, sino además relanzó el concepto de “gran local” que existía hasta hace algunos años en Santiago.

Sarita Colonia fue un exitoso restaurante que, hasta el 2004, funcionó en la casa del propio Falcone y que debe su nombre a la “Santa del Pueblo”, una joven peruana que tras morir comenzó a ser venerada por delincuentes y prostitutas y a quien se le atribuyen numerosos milagros, aún no reconocidos por la Iglesia Católica.

“Sarita Colonia había quedado pendiente. El primer local lo armé junto a mi amigo Rocco, quien falleció el 2011. Un año después sentí que era el momento de reeditarlo; un poco en honor a él, un poco en honor a la deuda que sentía con la ciudad, pues ese primer restaurante nunca debió cerrar. Finalmente entendí que era necesario que eso pasara para convertirse en lo que es hoy; un lugar bastante más adulto, con una cocina mucho más sofisticada y seria”.

Compró dos casonas colindantes de calle Loreto, en Independencia, e invitó a trabajar al arquitecto Pedro Martínez. Juntos decidieron mantener sólo las fachadas de las construcciones; todo el resto se desplomó y se volvió a levantar. “Las casas estaban completamente destruidas y no queríamos que fuera un local más de Bellavista, algo hechizo”.

Con cuatrocientos setenta metros cuadrados, que se distribuyen en tres plantas —más un techo que los fumadores agradecen— y con una capacidad para doscientas veinte personas, cada uno de los elementos que Falcone incorporó en el restaurante habla de su personalidad. Aquí nada está por azar. “Esta es una mezcla de iglesia, templo inca y lugar chicha. Súper ecléctico”, dice.

Sin duda una buena mezcla, porque si bien a primera vista parece algo recargado y kitsch, recorriendo los rincones nos damos cuenta de que cada uno de los elementos decorativos aporta y da carácter al lugar. Un local algo fúnebre, oscuro, misterioso, repleto de simbología, pero asimismo rebosante de vida e historias sabrosas protagonizadas por su dueño en sus cincuenta y tres años de vida.

“Soy un tipo recargado en mis gustos y Sarita tenía que venir así, reloaded, por todas las historias que hay en el primer restaurante y que tienen que ver con lo que a mí me ha pasado en todos estos años”.

¿El restaurante tiene mucho de tu personalidad?
Muchísimo, a mí me gusta de todo un poco y de todo hay en este local. Leather —cuero—, las tachas, el látex, lo militar, las antigüedades, lo reciclado, lo camuflado, lo religioso.

Su fascinación por lo religioso se muestra por todos lados; en el restaurante hay un gran confesionario, un pedestal de iglesia que correspondía a un limosnero, además de muchas imágenes religiosas que se trajo de Perú, su tierra natal.

Su cercanía con la muerte también es algo que se impone; es cosa de entrar al restaurante y mirar al frente: decenas de nichos se levantan en un muro que recorre los tres pisos del recinto. “He invitado a amigos artistas a que vengan e intervengan estos nichos. Se ha demorado una eternidad pero ya van a empezar a aparecer; la idea es que recuerden a algún amigo o familiar, porque yo también estoy recordando a un amigo muerto”.

¿De dónde viene esta cercanía con la muerte?
Durante mis primeros años de vida fui el mamón de mi abuela y ella siempre me llevaba a las iglesias de los barrios altos de Lima. Veía los vitrales, las imágenes y me encantaban. Hoy me fascinan las catatumbas, los cementerios, la iconografía que hay ahí; todo ese lado que la gente encuentra súper oscuro, yo lo veo clarito.

EL DETALLE

Si de elementos icónicos se trata, Gino Falcone repasa con la mirada su local y va recordando, “tenemos un altarcito en memoria de Rocco y una gran lápida. Él pintaba, así que aquí tengo también uno de sus cuadros; hay además varios cuadros que estaban en el otro local y que me los traje, muchos de los próceres de la guerra de Chile por la Independencia, otros antiguos de Rodrigo Cabezas y Bruna Truffa. Dado que me gusta la escuela del Old School y los tatuajes, muchos cuadros tienen que ver también con eso”.

Uno de los elementos más significativos en el restaurante es una gran lámpara de lágrimas que pertenecía al casino Monticello y que han ido restaurando e interviniendo después de los daños que sufrió con el terremoto del 2010.

Su gusto por las telas hace que las incorpore también en el mobiliario, logrando así un efecto patchwork. “Yo no soy de los interioristas que compran todo en tienda. Esa es una pega más fácil, me gusta agarrar el mueble y que lo intervengan, construyo a partir de cosas que encuentro”.

Hoy trabaja junto a Magdalena Olazábal, dueña de la marca de ropa MO, en lo que serán los nuevos uniformes. “Traje telas de Cuzco y quiero armar uniformes inca-punk, con letras en la parte de atrás, con los nombres de los garzones, que tienen que ver con el lettering callejero”.

En el local también hay un gran papel mural que mandó colocar tras la barra del bar y que despliega cientos de imágenes eróticas. “Cuando era chico, mi hermano tenía una baraja de puras minas en pelota y yo tenía la misma con puros minos en pelota. Agarré estos dos naipes y los digitalicé. Hice esta suerte de papel mural que tiene que ver con mi adolescencia”.

Además del papel, hay dos venados con la bandera gay atravesada y un gran pene con la bandera de EE.UU., que se trajo junto a su pareja, José Salkeld, desde Sidney. Y es que aquí no hay tabúes, en Sarita Colonia el tema de la transexualidad y el travestismo se expresa de forma natural.

 

En el restaurante hay un gran confesionario, un pedestal de iglesia que correspondía a un limosnero, además de muchas imágenes religiosas que Falcone trajo de Perú, su tierra natal.

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