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EDICIÓN | Noviembre 2015

El fin de una era

Bodega Pedro Montt de Valparaíso
El fin de una era

El centenario emporio de Valparaíso, que los porteños conocen como Bacigalupo por el apellido de sus dueños, cerró sus puertas para siempre. Atrás queda un servicio irrepetible, personalizado, productos exclusivos y una tradición de inmigrantes que desaparece en el puerto. Así fueron sus jornadas finales.

Por Marcelo Contreras. / fotografía Teresa Lamas G.

Roselba Bacigalupo mira un viejo cartel turístico italiano que cuelga en lo alto de su negocio emplazado en avenida Pedro Montt 2797, a pasos del Congreso y del terminal de buses. Parece ligeramente ausente por un par de segundos, quizás ya se imagina descansando en algún punto de la nación de origen de sus antepasados. “Quiero ir a Sicilia”, comenta la dueña, sin dejar de atender la caja mientras a sus espaldas, como si fuera una guardia pretoriana, dos secretarias responden telefonazos, timbran facturas, y hacen consultas sobre pagos, despachos y mercaderías.

Es el mediodía de un lunes gris de esta primavera lluviosa en el puerto, y al interior de la bodega Pedro Montt —o Bacigalupo a secas en la jerga de los porteños— hay aserrín para evitar porrazos por el piso húmedo. Nada, pero nada presagia que el negocio tiene los días contados: el 30 de octubre es la fecha final. El sitio hierve de clientela y sus dependientes, la mayoría hombres maduros, parecen un equipo bien entrenado que juega de memoria. A ratos da la sensación de presenciar pasajes de una coreografía. Se saben los precios sin necesidad de mirar los cartelitos amarillos con cuidada caligrafía que exponen los valores; las medidas de los productos a granel que les solicitan son exactas cuando son puestos en las clásicas pesas Dayton, y los paquetes en papel y amarrados con pita los arman con asombrosa facilidad. El público se toma su tiempo. Muchos conversan y aprovechan de ponerse al día. Asoma gente que, probablemente, se acerca por primera vez al local ante la noticia del cierre, y le explican el sistema de venta. Simple: es por orden de llegada.

Algunos esposos esperan que sus mujeres hagan las compras. Uno de ellos, Eusebio Lillo, de setenta y nueve años, vecino del popular cerro Cordillera, comenta que no puede recordar desde cuándo concurre a Bacigalupo. “Estaba cabro, antes de casarme ya venía para acá. Para el pago compro todo lo que necesito para el mes. La atención es muy completa y mantienen los precios adecuados. Malo-malo que se termine esta bodega”.

Una señora se lleva unas trufas y al niño que le acompaña le regalan un dulce. Aquel gesto es una de las tradiciones del local fundado hace noventa y seis años por una sociedad de las familias Merlino, Oliva y Bacigalupo. El origen de este último apellido se relata en un cuadro, más allá un reloj con la bandera italiana está detenido, mientras en otro rincón una antiquísima foto muestra a los trabajadores posando en el frontis. En el lugar todo es de madera en un edificio levantado con roble americano después del terremoto de 1906, aludiendo épocas lejanas cuando la ciudad era el corazón económico de Chile —la Cámara Nacional de Comercio se fundó allí en 1858—, y la elite santiaguina abordaba el primer tren a Valparaíso para comprar las mejores mercaderías desde almacenes portuarios y emporios como este, y así regresar apertrechados por la tarde a la capital.

TODO TIENE SU CICLO

Roselba tiene sesenta y nueve años, pero su energía y semblante hacen difícil creer que esa sea su edad. Cuando le pedimos una foto, suelta una risa contagiosa —su gesto más característico—, y dice con cierta coquetería que se va a pintar un poco los labios porque en recientes fotos de la prensa ha salido “así no más”. Lleva medio siglo trabajando en la bodega, cuya propiedad comparte con su hermano Ezio y el socio Sergio Gandolfo, también de origen italiano. El intenso ajetreo disipa cualquier duda respecto de las causales de su final. Los motivos no son económicos. “Estamos cansados”, resume, y descarta alguna posibilidad de perpetuar su existencia porque “los hijos de nosotros están trabajando en lo que estudiaron, todos son ingenieros”.

¿Y qué piensa hacer ahora?
Voy a regalonear con mi nieto de dos años. Voy a salir a pasear, pero en la casa no me voy a quedar.

Se le ve con mucha energía…
Es que una está acostumbrada a este ritmo, pero me dedicaré a lo que no he hecho nunca, como juntarme con mis compañeras de colegio a tomar tecito, salir, ir para acá, ir para allá.

Mientras Roselba conversa, continúa pendiente de las consultas de sus secretarias y empleados, da vuelto a los compradores sin necesidad de recurrir a una calculadora, y devuelve el dinero de más que una desprevenida cliente le pasa. Atiende el teléfono y se sorprende de un llamado en que le preguntan por un trabajador que hace más de veinte años no labora en el negocio. “Suele pasar”, dice, y suelta otra risa contagiosa.

Este es el último gran negocio de estas características en Valparaíso... Me da pena, pero, bueno, es la ley de la vida. Todo tiene su ciclo.

Cuando arremetieron los supermercados, ¿mermó la clientela?
La verdad, no. Siempre nos dedicamos a los aliños a granel, condimentos, frutas secas, todo de primera. Traemos miel de una calidad que no se encuentra en otras partes. El charqui, por ejemplo, que es un producto que nos lo vende la misma persona desde siempre, es excelente. Y cuando no tiene charqui bueno, no me manda. En ningún otro lado lo venden así, sino que envasado y súper caro. Aquí lo vienen a comprar para llevarlo, incluso, fuera de Chile.

¿Y cómo es la clientela de la bodega Pedro Montt?
Todo tipo de público, desde los pobres hasta gente que tiene mucha plata. Nosotros le vendemos a todos los restaurantes que están en los cerros de Valparaíso. También atendemos hoteles, los casinos en las universidades, los colegios. Tenemos clientela que viene desde Quillota y La Calera.

Aparte de Sicilia, ¿dónde más le gustaría viajar?
Me falta conocer el lado del Adriático. Todo depende de la salud de uno. Y también quiero ir al sur de Chile, porque soy una enamorada de esa zona, visitar lugares que no hemos conocido todavía. Cuando salimos con mi marido y nos vamos para allá, paramos donde se nos antoja. Pescamos esos libritos de Copec y empezamos a mirar, tomamos nota, partimos y dormimos donde sea. Siempre hay hoteles con una pieza desocupada.

Y Roselba Bacigalupo suelta una última risa, que flota alegre por unos instantes sobre el bullicio de su negocio, en las paredes centenarias del último gran emporio del puerto de Valparaíso.

 

"Mientras Roselba conversa, continúa pendiente de las consultas de sus secretarias y empleados, da vuelto a los compradores sin necesidad de recurrir a una calculadora, y devuelve el dinero de más que una desprevenida cliente le pasa".

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