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EDICIÓN | Octubre 2015

Iquique es puerto… las demás caletas

Floreal Recabarren Rojas
Iquique es puerto… las demás caletas

Pasaron años. Devinieron guerras y la caleta mostraba una quietud de eternidad. Es cierto que no “hay mal que dure cien años ni tonto que lo aguante”. Un nuevo elemento se asoma en su historia triste: es la sal que revolucionará al mundo y se desparramaba a montones en las tierras de Tarapacá: el salitre.

Ignoro cuándo apareció esa frase tan soberbia y jactanciosa, entendida como una bofetada a otros pueblos marítimos del Norte, ignorados por el hombre y la historia. Cuando ya Iquique había alargado los pantalones, aún no se insinuaban los centros marítimos de Antofagasta, Taltal, Mejillones, ni Tocopilla: la única realidad rural era Calama, que vivía oxigenada por el comercio formado entre habitantes cordilleranos y changos del litoral. Lo restante era tierra y sol. No había sombras de seres humanos en estos parajes.

Iquique era el residuo de la actividad minera de plata que explosionó, en 1556, en el yacimiento de Huantajaya. Un desarrollo tangencial con una pequeña comunidad viviendo de la pesca, fundamentalmente. Sin abastecimiento de agua y muy retirado de los centros de suministros alimenticios, no se podía pretender un mejor destino. La permanente visita de piratas que arribaban para robar la plata, espejismo irradiado por Huantajaya, frenaban aún más el porvenir de la caleta.

Dicen que las desgracias llaman a las desgracias. Iquique fue el viviente ejemplo de la dolorosa situación. Más allá de los infortunios ya señalados, la epidemia de fiebre amarilla acosaba su existencia. Los años 1717, 1758 y 1804 prácticamente diezmó el pequeño poblado: unos sucumbieron y los restantes huyeron. Porfiadamente la caleta seguía siendo caleta.

NACE EL PUERTO.

En 1830, el gobierno peruano faculta la exportación de desmonte de Huantajaya y al mismo tiempo autoriza la venta de salitre al exterior. Desde ese año, los días se hacen más gratos y las noches se iluminan y se viven. Lentamente se corre el telón caletero y va apareciendo el puerto con gracia y esplendor.

Se siente y se palpa la urbe cosmopolita: los idiomas se entrecruzan en conversaciones apresuradas. No se puede perder el tiempo: inglés, francés, italiano y el sonsonete del huaso del centro de Chile… todo vale.

¿Fue entonces cuando ufanamente nació la soberbia expresión: Iquique es puerto y las demás caletas?

TAMBIÉN SOMOS PUERTOS

Afortunadamente van surgiendo en otros y abundantes terrenos calicheros: el Catón de Taltal y el Toco, en Taltal y Tocopilla y Aguas Blancas al sur de Antofagasta. Exploradores nacionales y extranjeros se atreven a desafiar la adversidad.

Entre los años treinta y sesenta nacen poblamientos humanos que desean competir con el soberbio puerto de Iquique. Así se va dibujando en el Desierto de Atacama una colmena de poblaciones que envían el producto elaborado a las caletas cercanas, las que se van acondicionando para una nueva función: exportar salitre. Calles, muelles, luces. Activa vida diurna y noches festivaleras. Son los nuevos puertos del norte: Taltal, Antofagasta, Coloso, Mejillones y Tocopilla que nada tienen que envidiarle al puerto de Iquique, que seguía ufanándose que “es puerto y las demás caletas”.

 

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